La ultrapersonalización no sirve si el estudiante se siente invisible

EN EDUCACIÓN SE HABLA CADA VEZ MÁS DE INTELIGENCIA ARTIFICIAL, ANALÍTICA AVANZADA, AUTOMATIZACIÓN Y ULTRAPERSONALIZACIÓN. LAS INSTITUCIONES INVIERTEN EN NUEVAS PLATAFORMAS, ASISTENTES VIRTUALES, SISTEMAS ACADÉMICOS Y HERRAMIENTAS CAPACES DE RECOPILAR UNA ENORME CANTIDAD DE INFORMACIÓN SOBRE SUS ESTUDIANTES. SIN EMBARGO, EN MEDIO DE ESTA REVOLUCIÓN TECNOLÓGICA, VALE LA PENA HACERSE UNA PREGUNTA INCÓMODA: ¿REALMENTE ESTAMOS CONECTANDO MEJOR CON ELLOS?

Porque la realidad es que muchos estudiantes hoy atraviesan una experiencia fragmentada. Antes de hablar con una persona, ya han pasado por formularios, portales, plataformas académicas, correos institucionales, aplicaciones móviles y chatbots. En cada paso deben volver a explicar quiénes son, qué necesitan y cuál es su problema. La tecnología prometía simplificar la experiencia, pero muchas veces ha terminado convirtiéndola en un laberinto.

La paradoja es evidente: nunca hubo tanta tecnología en la educación y, al mismo tiempo, nunca fue tan fácil que un estudiante se sintiera invisible. Hoy, el verdadero desafío no es personalizar más al estudiante, sino volver a verlo como persona.

Muchas veces confundimos personalización con acumulación de datos. Creemos que conocer el historial académico, los hábitos de navegación o las calificaciones es suficiente para construir una experiencia relevante. Pero saber mucho de alguien no significa necesariamente comprenderlo.

Cuando la tecnología se utiliza únicamente para recopilar información y optimizar procesos, corremos el riesgo de caer en lo que podríamos llamar una “vigilancia eficiente”: sistemas que saben todo del estudiante, pero que no logran hacerlo sentir acompañado. El objetivo debería ser exactamente el contrario: utilizar la tecnología para liberar tiempo humano y fortalecer las relaciones.

La inteligencia artificial tiene un enorme potencial en educación, pero no porque pueda reemplazar a docentes o consejeros académicos. Su valor está en automatizar tareas repetitivas, responder consultas frecuentes, gestionar matrículas o certificados y detectar tempranamente señales de riesgo de deserción. Cuando eso ocurre, los equipos educativos recuperan el recurso más escaso de todos: tiempo para escuchar, orientar y acompañar.

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En nuestra experiencia, existen tres momentos críticos que definen la relación entre una institución y sus estudiantes. El primero ocurre durante la admisión, cuando una experiencia compleja puede costar matrículas reales. El segundo se vive en el día a día académico, donde los alumnos deciden constantemente si sienten pertenencia o no. Y el tercero aparece al momento del egreso, cuando la relación puede terminar o transformarse en una comunidad activa de exalumnos.

En cada una de esas etapas, la tecnología debe actuar como un puente y no como una barrera.

Las instituciones que marcarán la diferencia en la próxima década no serán necesariamente las que tengan más inteligencia artificial, plataformas o automatización. Serán aquellas que logren combinar innovación con cercanía. Aquellas capaces de utilizar los datos para anticiparse a las necesidades de sus estudiantes, sin perder de vista que detrás de cada interacción existe una persona.

La educación siempre ha sido una actividad profundamente humana. Y aunque la tecnología seguirá transformando la manera en que aprendemos, enseñamos y gestionamos instituciones, hay algo que no debería cambiar: poner al estudiante en el centro de cada decisión.

Por Julio Farías, Cofundador de Zerviz