INTELIGENCIA ARTIFICIAL vs. CIUDADES: la guerra silenciosa por el megavatio

DURANTE AÑOS, LA IA FUE PRESENTADA COMO UNA REVOLUCIÓN PRÁCTICAMENTE ILIMITADA. GOBIERNOS, CORPORACIONES Y MEDIOS TECNOLÓGICOS ANUNCIARON EL INMINENTE REEMPLAZO MASIVO DE TRABAJADORES, OFICINAS AUTOMATIZADAS Y UNA ECONOMÍA COMPLETAMENTE DOMINADA POR ALGORITMOS. SIN EMBARGO, DETRÁS DEL ENTUSIASMO FUTURISTA COMIENZA A EMERGER UN PROBLEMA MUCHO MÁS CONCRETO Y MENOS VISIBLE: LA IA ESTÁ CHOCANDO CONTRA LOS LÍMITES FÍSICOS DE LA ENERGÍA Y LA INFRAESTRUCTURA.

La IA no funciona en el vacío. Detrás de cada consulta, imagen generada o proceso automatizado existe una gigantesca maquinaria compuesta por centros de datos, sistemas de refrigeración, redes eléctricas, fibra óptica y millones de chips funcionando las 24 horas del día. Y todo eso consume cantidades colosales de electricidad.

A medida que los modelos se vuelven más complejos, también aumenta la presión sobre las redes energéticas nacionales. Lo que muchos usuarios perciben hoy -respuestas más limitadas, restricciones de uso o degradación de servicios gratuitos- empieza a reflejar un fenómeno más profundo: el sector tecnológico comienza a percibir que han llegando a un cuello de botella estructural.

El problema ya no consiste solamente en desarrollar modelos más inteligentes, sino en encontrar suficiente energía para sostenerlos.

Esto explica por qué las predicciones apocalípticas sobre la desaparición inmediata de millones de empleos probablemente estén exageradas. La automatización masiva requiere una capacidad de procesamiento gigantesca y permanente que hoy la infraestructura global no puede sostener a gran escala.

Cada “agente autónomo” que promete reemplazar administrativos, operadores o empleados de oficina necesita millones de inferencias diarias, enormes cantidades de GPU, refrigeración constante y consumo eléctrico permanente. Y el cuello de botella no es únicamente económico. Es físico.

No existen suficientes centros de datos, suficiente capacidad energética ni suficientes chips avanzados para automatizar simultáneamente todas las estructuras laborales del planeta.

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Por eso, aunque la IA efectivamente transformará numerosas tareas -traducción básica, atención automatizada, clasificación documental o procesos repetitivos-, el reemplazo masivo e inmediato del trabajo humano parece todavía muy lejano. Paradójicamente, la misma escasez energética que limita la expansión de la IA también ralentiza la sustitución laboral.

Pero detrás de esta discusión emerge otro fenómeno todavía más profundo: la relocalización geográfica de la economía algorítmica.

Las grandes corporaciones tecnológicas comienzan a buscar regiones con determinadas características:
energía abundante y barata; clima frío para reducir refrigeración; baja congestión urbana; disponibilidad territorial; y menor presión de consumo residencial.

En otras palabras, territorios donde gran parte de la electricidad pueda destinarse al procesamiento de datos y no al sostenimiento de megaciudades densamente pobladas.

La geografía económica del S.XXI podría comenzar así a reorganizarse alrededor de corredores eléctricos, nodos de datos e infraestructura energética, alterando parcialmente la vieja lógica industrial basada únicamente en puertos, ferrocarriles y grandes áreas metropolitanas.

Y allí reaparece una cuestión decisiva para países como Argentina: la relación entre energía, soberanía territorial y poblamiento.

Porque si ciertas regiones adquieren valor estratégico precisamente por su baja densidad poblacional y disponibilidad energética, entonces puede emerger una tensión silenciosa entre las necesidades de la economía de datos y las políticas tradicionales de expansión urbana.

Cada nueva ciudad implicaría consumo eléctrico, infraestructura, transporte, climatización y presión sobre redes energéticas. Es decir, megavatios que dejarían de estar disponibles para centros de datos y procesamiento computacional de gran escala.

En ese contexto, proyectos de repoblamiento de regiones como la Patagonia o la región del sudoeste bonaerense podrían entrar en tensión con intereses vinculados a la nueva economía digital global.

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La discusión deja entonces de ser meramente tecnológica: se desplaza hacia lo energético, lo territorial y lo geopolítico. El gran desafío de la próxima década será impedir que los territorios mencionados se reduzcan a simples plataformas energéticas subordinadas a corporaciones globales -Microsoft, Google, Meta, Amazon y Apple-. La cuestión no es solo quién consume la energía, sino quién controla el territorio y define las reglas de juego. Si la Argentina se convierte en proveedor pasivo de infraestructura para el poder digital, la consecuencia será una pérdida efectiva de soberanía. La tarea estratégica consiste en diseñar políticas que integren el desarrollo local con la revolución tecnológica, evitando que la Argentina quede atrapada en un esquema de dependencia energética y territorial al servicio de intereses externos.

La inteligencia artificial avanzará y transformará la economía mundial. Pero el futuro ya no dependerá únicamente de los algoritmos. Dependerá de quién pueda alimentar las máquinas.

Luis Gotte
Mar del Plata
luisgotte@gmail.com
Coautor de Buenos Ayres Humana I: la hora de tu comunidad (Ed. Fabro, 2022); Buenos Ayres Humana II: la hora de tus intendentes (Ed. Fabro, 2024); y en preparación: Buenos Ayres Humana III: La Revolución Bonaerense del Siglo XXI, las Cartas Orgánicas municipales; y, Buenos Ayres Humana IV: Junín, capital de los bonaerenses.