El órgano invisible: por qué la microbiota es clave para la salud

LA MICROBIOTA NO ES UNA MODA, SINO UN COMPONENTE FUNDAMENTAL DE LA SALUD DIGESTIVA Y DEL FUNCIONAMIENTO DE TODO EL ORGANISMO. AUNQUE EL CONOCIMIENTO SOBRE ESTE ECOSISTEMA HA AVANZADO DE MANERA EXTRAORDINARIA EN LOS ÚLTIMOS AÑOS, TODAVÍA QUEDA MUCHO POR COMPRENDER. POR ESO, ES IMPORTANTE INTERPRETAR LA EVIDENCIA CIENTÍFICA CON CRITERIO, DESCONFIAR DE TRATAMIENTOS O SUPLEMENTOS SIN RESPALDO CIENTÍFICO.

Microbiota y microbioma: dos conceptos relacionados

La microbiota intestinal es el conjunto de microorganismos vivos (bacterias, arqueas, virus, hongos y otros microorganismos) que habitan naturalmente nuestro tubo digestivo. En el colon se concentra aproximadamente el 90-95% de estos microorganismos, que conviven con nosotros en una relación de beneficio mutuo. Cuando hablamos de microbioma, en cambio, nos referimos no solo a esos microorganismos, sino también a su material genético, los metabolitos que producen y las interacciones que establecen con el organismo. Por la enorme cantidad de funciones que desempeña, el microbioma es considerado por muchos investigadores como un verdadero órgano metabólico adicional.

Mucho más que digestión

Durante mucho tiempo se pensó que la microbiota solo era importante para la digestión. Hoy sabemos que su influencia va mucho más allá del intestino. Participa en la digestión y fermentación de fibras alimentarias, en la síntesis de vitaminas, en la producción de ácidos grasos de cadena corta (como el butirato, el propionato y el acetato), en el mantenimiento de la barrera intestinal y en la protección frente a microorganismos patógenos. También cumple un papel clave en la modulación del sistema inmunológico, la regulación del metabolismo de la glucosa y los lípidos, la sensibilidad a la insulina, el control del colesterol, la producción de neurotransmisores y el funcionamiento del eje intestino-cerebro.

Una red de regulación para todo el organismo

Por eso, su impacto no se limita a los síntomas gastrointestinales. Las alteraciones de la microbiota pueden relacionarse con enfermedades digestivas, como el síndrome de intestino irritable, la enfermedad inflamatoria intestinal o el sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado (SIBO), pero también con enfermedades extraintestinales, entre ellas trastornos metabólicos, obesidad, alteraciones cardiovasculares, enfermedades hepáticas, inmunológicas y algunos trastornos neurológicos. En otras palabras, la microbiota funciona como una red de regulación que participa todos los días en el equilibrio general del organismo.

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No existe una microbiota “normal” única

Una de las características más importantes de la microbiota es que no existe una microbiota “normal”, perfecta o única. La composición de la microbiota intestinal es tan individual que suele compararse con una huella dactilar: cada persona tiene un ecosistema microbiano propio. La microbiota de una persona puede ser muy distinta de la de otra, incluso en una proporción muy alta, sin que eso signifique necesariamente que una sea mejor o peor. No importa únicamente qué microorganismos están presentes, sino qué funciones cumplen, cómo interactúan entre sí y cuál es el equilibrio del ecosistema.

Además, la microbiota es un ecosistema extraordinariamente dinámico. Su composición cambia a lo largo de toda la vida y está influida por múltiples factores, entre ellos el tipo de parto, la lactancia materna, la alimentación, la edad, la genética, el ambiente, la actividad física, el estrés, el sueño, el uso de antibióticos y distintas enfermedades. Incluso en una misma persona puede modificarse de manera significativa en pocas semanas, por ejemplo después de cambiar la dieta, recibir antibióticos o atravesar una situación de estrés intenso.

Eubiosis, disbiosis y SIBO

Cuando este ecosistema mantiene un equilibrio funcional hablamos de eubiosis. En cambio, cuando se altera su composición, su diversidad o su función hablamos de disbiosis. La disbiosis no constituye una enfermedad en sí misma, sino un desequilibrio del ecosistema microbiano que puede favorecer procesos inflamatorios, alterar la barrera intestinal y asociarse a síntomas o enfermedades tanto digestivas como extraintestinales.

Desde el punto de vista gastroenterológico, es importante diferenciar disbiosis de SIBO. El SIBO implica una contaminación o crecimiento excesivo de bacterias en el intestino delgado, donde normalmente la carga bacteriana debe ser menor. La disbiosis, en cambio, puede ocurrir a nivel del colon, un segmento del intestino que naturalmente debe estar lleno de microorganismos. Por eso, una persona puede no tener SIBO y, sin embargo, presentar disbiosis colónica, con síntomas similares como distensión, gases, dolor abdominal o cambios en el ritmo evacuatorio. En esos casos, el abordaje no necesariamente requiere antibióticos, sino cambios sostenidos en la alimentación, el estilo de vida y el tratamiento de los factores que perpetúan el desequilibrio.

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Diversidad y resiliencia: claves de una microbiota saludable

Otro concepto fundamental es que una microbiota saludable no depende de una única bacteria “buena”, sino de que el ecosistema sea diverso, funcional y resiliente. La diversidad permite que distintas especies colaboren entre sí y cumplan funciones complementarias. La resiliencia, por su parte, representa la capacidad de recuperarse después de una agresión, como una infección, un tratamiento antibiótico, un cambio brusco en la alimentación o una etapa de estrés. Cuanto más diverso y resiliente es el ecosistema, mayor es su capacidad para sostener sus funciones y volver al equilibrio.

Aunque muchas veces se buscan soluciones rápidas o suplementos capaces de “reparar” la microbiota, cuidarla implica mucho más que tomar probióticos. La base sigue siendo promover hábitos que favorezcan su estabilidad y funcionalidad: mantener una alimentación variada y rica en fibras, frutas, verduras, legumbres, cereales integrales y frutos secos; reducir el consumo de ultraprocesados; evitar el uso innecesario de antibióticos; realizar actividad física de forma regular; dormir adecuadamente; controlar el estrés y tratar oportunamente las enfermedades digestivas cuando están presentes.

Microbiota en Argentina: qué datos disponibles ayudan a dimensionar el problema

Argentina no cuenta todavía con una estadística nacional que permita decir cuántas personas tienen disbiosis o alteraciones de la microbiota intestinal. Esto se debe, en parte, a que no existe una definición única de microbiota “normal” ni un parámetro universal que permita clasificar a toda la población como sana o alterada.

Sin embargo, sí existen datos nacionales que permiten identificar factores que pueden afectar la salud de la microbiota y que muestran que el tema tiene relevancia sanitaria en nuestro país. Uno de los principales es el patrón alimentario. Según la Segunda Encuesta Nacional de Nutrición y Salud, solo el 32,5% de la población de 2 años y más refirió consumir frutas al menos una vez por día, y el consumo fue marcadamente menor en los hogares de menor ingreso. Además, la encuesta advierte que el consumo diario de alimentos recomendados, como frutas y verduras, se encuentra por debajo de las recomendaciones, mientras que es frecuente el consumo de productos no recomendados como bebidas azucaradas, productos de pastelería y productos de copetín.
También hay datos locales sobre enfermedades y condiciones metabólicas relacionadas con la microbiota. En la población adulta argentina, la 4° Encuesta Nacional de Factores de Riesgo informó una prevalencia de 66,1% de exceso de peso por mediciones antropométricas, y una prevalencia de 32,4% de obesidad. El mismo informe señala que los principales factores de riesgo para el sobrepeso y la obesidad incluyen el consumo elevado de productos altamente procesados, bebidas azucaradas y actividad física insuficiente.

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La actividad física también aparece como un factor importante. En la misma encuesta, la prevalencia de actividad física baja fue de 44,2% en adultos, con valores más altos en mujeres y en personas mayores. La falta de movimiento no solo se asocia con mayor riesgo metabólico, sino que también puede influir indirectamente sobre la microbiota a través del metabolismo, la inflamación, la sensibilidad a la insulina y el estado general del organismo.

Síndrome de intestino irritable: una señal relevante

Desde el punto de vista digestivo, uno de los cuadros más relacionados con síntomas compatibles con alteraciones del ecosistema intestinal es el síndrome de intestino irritable. La Sociedad Argentina de Gastroenterología estima que en el país la prevalencia del síndrome de intestino irritable es de aproximadamente 12%, con mayor frecuencia en mujeres. Aunque no debe confundirse intestino irritable con disbiosis, la microbiota es una de las líneas de investigación relevantes para comprender sus mecanismos y posibles abordajes.

Antibióticos y resistencia antimicrobiana

Otro factor clave es el uso de antibióticos. Los antibióticos son herramientas indispensables y salvan vidas, pero su uso innecesario o inadecuado puede alterar la composición y la diversidad de la microbiota. En Argentina, la resistencia antimicrobiana fue reconocida como un problema de salud pública: la Ley 27.680 creó el Plan Nacional de Acción para la Prevención y Control de la Resistencia a los Antimicrobianos, y la OPS destacó que Argentina fue el primer país de la región en contar con una ley específica sobre este tema.

Finalmente, es importante recordar que, hoy por hoy, la mejor estrategia para cuidar la microbiota sigue siendo mantener hábitos de vida saludables.

Sofía María Navar (MN 161861)
Médica gastroenteróloga
Miembro de la Unidad de Intestino Delgado
Instituto de Enfermedades Digestivas
Hospital Alemán