Más del 80% de las empresas ya usa IA, pero el 95% no logra impacto: por qué la transformación digital ahora es estratégica

LA TRANSFORMACIÓN DIGITAL DEJÓ DE SER UN TEMA EXCLUSIVO DEL ÁREA DE SISTEMAS PARA CONVERTIRSE EN UNA DECISIÓN DE NEGOCIO QUE ATRAVIESA A TODA LA ORGANIZACIÓN. EN UN CONTEXTO DONDE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL ACELERA LOS CAMBIOS, EL DESAFÍO YA NO PASA POR ADOPTAR TECNOLOGÍA, SINO POR ALINEARLA CON LA ESTRATEGIA, LOS PROCESOS Y LAS PERSONAS PARA GENERAR IMPACTO REAL.

Durante años, hablar de transformación digital era, en esencia, hablar de tecnología. La conversación giraba en torno a la implementación de sistemas, la adopción de herramientas o la modernización de infraestructuras. Sin embargo, ese enfoque quedó atrás. Hoy, el verdadero diferencial no está en qué tecnología se implementa, sino en cómo esa tecnología redefine el negocio. En otras palabras, la transformación digital dejó de ser un proyecto del área de sistemas para convertirse en una decisión estratégica de toda la organización.

El punto de inflexión, según explica Fabián Perfetti, director y cofundador de Streambe, comenzó a gestarse hace más de una década. “El cambio fuerte fue después de 2010. Antes las empresas usaban CRM o ERP para ordenarse, pero desde 2010 aparecieron empresas 100% tecnológicas como Netflix o Uber. A partir de ese momento vimos un cambio de mentalidad en cuanto a tecnología y costos”, señala. La irrupción de estos modelos no solo redefinió industrias completas, sino que también modificó las expectativas sobre eficiencia, escalabilidad y experiencia de usuario.

El auge reciente de la inteligencia artificial volvió a poner el tema en agenda, pero también dejó en evidencia una diferencia clave: no es lo mismo usar tecnología que integrarla estratégicamente. Hoy más del 80% de las empresas en Argentina ya implementa IA en diversas áreas de su operación, según datos de Randstad, pero aún quedan desafíos por delante. “Una cosa es usar IA para hacer un resumen y otra es implementarla de forma integral para mejorar procesos y ganar dinero”, advierte Perfetti. En ese sentido, el foco ya no está en la adopción superficial, sino en la capacidad de generar impacto concreto en el negocio.

Investigaciones del MIT muestran que el 95% de los pilotos de inteligencia artificial generativa no logran generar un impacto medible en el negocio. Hoy las organizaciones invierten millones de dólares en estas iniciativas, pero la tasa de fracaso es alta. El problema no parece estar en la tecnología, sino en la falta de una estrategia clara para integrarla de manera efectiva en los procesos y objetivos de negocio.
Si la transformación digital se volvió estratégica, también es porque dejó en evidencia que el principal desafío no es tecnológico, sino cultural. Para Fariña, el error más común sigue siendo la falta de alineación interna. “El principal error es cuando la empresa no está alineada al cambio. Si el dueño quiere usar IA pero el usuario prefiere el papel, hay trabas”, explica.

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La resistencia al cambio, el miedo a perder el trabajo o simplemente la inercia de “siempre lo hicimos así” pueden frenar incluso los proyectos mejor financiados. Por eso, uno de los aprendizajes más relevantes en los últimos años es que cualquier proceso de transformación debe involucrar desde el inicio a todas las áreas de la organización.

A la hora de avanzar, las empresas enfrentan obstáculos concretos que explican por qué muchas iniciativas no prosperan. Entre ellos, la falta de claridad sobre cómo incorporar la IA en los procesos de negocio se posiciona como la principal barrera: así lo señala el 39% de las medianas empresas y el 33% de las pequeñas, según un relevamiento hecho por la firma SAP. A esto se suma que el 21% de las medianas no lo considera una prioridad estratégica, mientras que el 24% de las pequeñas admite no contar con talento calificado.

Un proceso continuo
Otro de los grandes cambios de enfoque es entender que la transformación digital no tiene un principio y un final claros. Puede comenzar con iniciativas puntuales —que suelen llevar entre tres y seis meses—, pero cuando impacta múltiples áreas o implica un cambio cultural profundo, se convierte en un proceso continuo.

“Un proceso normal dura unos seis meses para implementar la metodología, pero para que sea natural y la gente lo adopte, pasa un año”, señala Perfetti. En los casos más complejos, especialmente aquellos vinculados a data, omnicanalidad o inteligencia artificial, los plazos se extienden aún más y evolucionan en ciclos sucesivos de mejora.

En ese contexto, medir el éxito también cambia: ya no se trata solo de cumplir con un cronograma, sino de lograr que la transformación genere valor sostenible. Eso implica alinear tres dimensiones clave: el negocio, la organización y las personas. Sin ese equilibrio, cualquier iniciativa corre el riesgo de quedarse a mitad de camino.

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Con más de 20 iniciativas de transformación digital en distintos sectores —desde salud y retail hasta servicios financieros y sector público—, en Streambe observan un patrón claro: las compañías que logran avanzar son aquellas que entienden la transformación como una evolución constante y no como un proyecto aislado.

En un entorno donde la tecnología está cada vez más democratizada, la ventaja competitiva no pasa por acceder a herramientas, sino por la capacidad de integrarlas estratégicamente en el negocio. La transformación digital ya no es una cuestión de sistemas. Es, ante todo, una cuestión de liderazgo, visión y ejecución.