DURANTE DÉCADAS NOS VENDIERON UNA NARRATIVA CÓMODA: ENVEJECER ERA REPLEGARSE. UNA ESPECIE DE DULCE MARCHA ATRÁS DONDE EL CUERPO SE ARRUGA, LA MENTE SE APACIGUA Y EL ADULTO, EN UNA SUERTE DE JUSTICIA POÉTICA, VUELVE A SER UN NIÑO. LE PUSIMOS UN TONO DE VOZ AGUDO, PALABRAS EN DIMINUTIVO Y UN LAZO INVISIBLE DE SOBREPROTECCIÓN. LO LLAMAMOS CUIDADO, PERO EN LA CLÍNICA PSICOGERONTOLÓGICA LE DAMOS SU VERDADERO NOMBRE: INFANTILIZACIÓN. Y LA INFANTILIZACIÓN NO ES MÁS QUE LA CARA MÁS SUTIL, AMABLE Y PERVERSA DEL EDADISMO.
El problema de tratar a una persona mayor como a un niño no es solo una falta de respeto formal; es una mutilación subjetiva. Al despojarla de la responsabilidad sobre sus actos, le arrebatamos su agudeza y su identidad. Pero, por sobre todas las cosas, le quitamos algo fundamental para la salud mental: el deseo.
Porque el verdadero tabú de la vejez no son las canas ni las arrugas, es el deseo. Nos incomoda el viejo que se enamora, la mujer de 75 años que explora su sexualidad, el jubilado que decide arriesgar su patrimonio en un nuevo proyecto o la abuela que dice «no quiero cuidar a mis nietos hoy porque tengo una cita». La cultura actual tolera al anciano frágil y obediente, pero le teme al adulto mayor deseante. Sin embargo, el deseo no se jubila. Desear es la prueba más contundente de estar vivo, el motor neurológico y psíquico que sostiene la autonomía funcional y la longevidad saludable.
Y es aquí donde la narrativa del declive se choca de frente contra la realidad. Ese sujeto al que el edadismo pretende encerrar es hoy, el protagonista de la transformación socioeconómica más profunda del siglo: la Economía Plateada (Silver Economy).
Existe una paradoja fascinante: mientras el discurso social insiste en infantilizarlos, el mercado descubre que la población mayor de 60 años sostiene el mayor poder adquisitivo, la mayor disponibilidad de tiempo y el deseo intacto de consumir vida. Quieren viajar, estudiar, vestirse bien, disfrutar de la gastronomía, invertir y tomar las riendas de su estilo de vida. No son una carga asistencial; son el motor económico del futuro.
Pero la Economía Plateada no podrá florecer del todo mientras sigamos hablándoles desde la condescendencia. Las marcas, los medios y la medicina deben entender que no se le puede vender autonomía a alguien a quien despojamos de su agencia.
Conectar la longevidad con el futuro exige una revolución del lenguaje y de la mirada. Debemos entender que la vejez no es una segunda infancia, sino el territorio conquistado de la experiencia. Si queremos una sociedad saludable, próspera y mentalmente sana, debemos devolverles a las personas mayores el derecho a decidir, a equivocarse, a consumir, a arriesgar y a desear.
Es hora de dejar de cuidar a nuestros mayores anulándolos, y empezar a respetarlos permitiéndoles ejercer, hasta el último día, la plenitud de su libertad.
Lic. Yasmin Bellani: psicóloga especializada en gerontología y diplomada en neuropsicología aplicada en adultos mayores
@psicologa_yasminbellani
@soyadultomayor.ok





