CON QUEJA DE INDIO Y GRITO DE CHOMBO,
DENTRO DE LA CANTINA DE PANCHA MANCHÁ,
TRAZUMANDO AMBIENTE DE TIMBA Y KILOMBO,
SE OYE QUE LA CUMBIA RESONANDO ESTÁ… – DEMETRIO KORSI
El zaguán es de zinc herrumbroso, vómito, lodo y orín. Es noche oscura. Hoy, la luna avergonzada, no muestra su faz. Dos hombres se retan con furia y rabia no contenidas. El aliento de cada uno consume al otro, el sudor es uno compartido. Las palabras sobran. Brillan los filos del acero empuñados con odio, con rencor, en soledad atávica. Hay un destino que cumplir… ¡y se cumplirá!
A la vera, contra la barda, la mujer esconde un grito en su pecho. Se adhiere al sucio metal como si la vida se le fuera y, en verdad, es así. Respira profundo y doloroso. En su mirada, más que el pavor de los siglos está la ausencia de mañana. La carne ha hablado, se insta a la brutal ofrenda. El instante de la venganza y la sangre es ahora y aquí.
El negro, con la rabia, el despecho y los celos, con los siglos de humillación y menoscabo, con el alcohol y la vergüenza cegándole. El gringo, con el furor intoxicado de una ira sempiterna, la vindicta de la carne ultrajada, el menosprecio a una raza inferior. Perros iracundos arremeten feroces. Ya no hay espacio siquiera para el odio en sus corazones, solo la certeza de la muerte. El hierro que reclama vida, la necesidad de la sangre agobiada de infortunios. Son dos fieras sin alma, ni redención. La muerte es el precio a cobrar y a pagar.
En la noche no hay suficientes ojos para mirar, no hay espacio para un grito más. La sentencia ha sido dictada y la muerte es señora sin clemencia, ni esperanza. El gringo recuerda, por un instante, los cielos de su Oklahoma nativa, sus praderas y bosques, ríos y nevadas; tal vez alguna mujer, un amigo, una cabaña, pocas cosas más. En la memoria del negro está la selva profunda, el Cauca oscuro de aflicción y negación, el rugido del puma y el caudal del Alto Magdalena, el cuero del tambor contra la mano salvaje y la negra Meme. La rabia y la negra Meme.
No tiemblan las manos. El cuchillo del gringo penetra profundo en la carne del negro, busca cercenarle la vida con furor bestial. La daga del negro, no menos asesina, más certera, encuentra el corazón del gringo para beber sus días, para extirpar su dolor, para aligerarle de sus penurias. Y así se escribe esta historia. Terrible y profunda como la nada; como la otra muerte, la que viene después y es eterna y es maldita.
El gringo cae vencido. No hay clemencia, no hay piedad; ni se pide ni se otorga. El estilete del negro se ensaña en la existencia que se pierde. Juego sombrío de carne en derrota, mancillada. Contra la pared, el negro ve morir al gringo, lento y sin premura. Y si no siente misericordia, tampoco encuentra el odio lóbrego que lo habitó hasta hace poco. Un hombre muere y el otro, aunque viviese mil años, ya está igual de muerto. Un enorme vacío le circunda y acompañará el resto de sus días. Tal vez sería menos doloroso ser el muerto.
El negro vuelve el rostro y ve aterida a la mujer que ya no gime ni tiene conciencia del temor o de la muerte, tal vez cierta nostalgia extraña y lejana por la vida. Ella conoce del orden natural y sabe que su tiempo ha fenecido. Al negro le tiembla la mano ensangrentada con la que acaricia aquellos labios, que alguna vez ha deseado, y ese rostro lívido donde las lágrimas salen sin sonido ni intensión. Lentamente la acerca hacia sí, y deja que el cuchillo cobre la carne necesaria.
…y otra vez la cumbia resonando está.
MANUEL E. MONTILLA
República de Chiriquí
Viandante, inverecundo, noctívago, epicúreo, nihilista, estoico, artista multidisciplinar, editor alternativo, fotógrafo del éter, explorador semiótico, herrero de la palabra, emprendedor cultural, curador de arte, diseñador gráfico, comunicador interactivo, etnólogo, bibliófilo, articulista, coleccionista de arte.
Vive en el umbral del silencio conturbando una luz decapitada. Deambula por los senderos de una Mesoamérica plena de horizontes baldíos, tras una quimera austera en la que ha de capitular la razón. Vesánico, aspira a pensar por mí mismo. Antes de su descenso al Hades será cremado y los despojos arrojados a las aguas procelosas de una corriente cualquiera en un día de lluvia y algarabía. Promete no resucitar.

