Entre exámenes, cambios y futuro: cuándo la ansiedad deja de ser parte de la vida universitaria

UN ESTUDIO INTERNACIONAL PUBLICADO EN 2026 ENCONTRÓ QUE CASI LA MITAD DE LOS JÓVENES DE 18 A 24 AÑOS EXPERIMENTA SENTIMIENTOS DE SOLEDAD. LA ANSIEDAD, LAS EXIGENCIAS ACADÉMICAS Y LOS CAMBIOS PROPIOS DE LA VIDA UNIVERSITARIA PUEDEN CONVERTIRSE EN UN DESAFÍO PARA EL BIENESTAR EMOCIONAL.

El 12 de agosto se conmemora el Día Internacional de la Juventud, una etapa que para muchos coincide con el ingreso y el tránsito por la universidad. Asumir nuevas responsabilidades, construir vínculos, organizar tiempos y tomar decisiones sobre el futuro puede convivir con la exigencia académica, el temor a equivocarse, las preocupaciones económicas y, en algunos casos, el alejamiento de la familia y las redes afectivas habituales.

“Los jóvenes/adultos van adquiriendo mayores niveles de autonomía y responsabilidad, construyen nuevos grupos de pertenencia y, en muchos casos, se alejan de sus familias y de sus redes habituales de apoyo”, explica la Lic. Cristina Lovari, psicóloga y directora del Departamento de Alumnos de la Fundación Barceló. “Adaptarse a una nueva ciudad, reconstruir rutinas y separarse de la red afectiva más cercana puede representar un verdadero desafío emocional”.

En este contexto, sentir ansiedad no significa necesariamente tener un problema de salud mental. La ansiedad es una respuesta humana frente a situaciones nuevas, inciertas o exigentes. La diferencia está en su intensidad, persistencia y en cuánto interfiere en la vida cotidiana. “No todo malestar constituye una enfermedad”, advierte la Lic. Lovari.

Una revisión global publicada por Paiva et al. (2025) encontró síntomas de ansiedad, al menos leves, en aproximadamente cuatro de cada diez estudiantes universitarios. El dato no equivale a un diagnóstico, pero permite dimensionar la presencia de este tipo de malestar en esta población.

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La ansiedad, además, no siempre aparece identificada como tal. En los espacios de orientación, las consultas pueden comenzar con frases como “no puedo concentrarme”, “no logro organizarme” o “tengo miedo de volver a rendir”. Detrás pueden aparecer la presión por sostener el ritmo de la carrera, el temor a desaprobar, dificultades de adaptación, conflictos personales, la sobrecarga de estudiar y trabajar o preocupaciones económicas.

La vida universitaria también puede poner en primer plano otro factor: la soledad. Un estudio internacional realizado en ocho países por Abdalla et al. (2026), publicado en Social Psychiatry and Psychiatric Epidemiology y basado en casi 8.000 adultos, encontró que casi cuatro de cada diez participantes manifestaban sentirse solos. Entre los jóvenes de 18 a 24 años, la proporción se acercaba a uno de cada dos.

Un estudiante puede estar rodeado de compañeros y, aun así, sentirse solo. “No se trata solamente de estar rodeado de personas, sino de sentir que existen vínculos disponibles, confiables y respetuosos a los cuales recurrir”, señala la Lic. Lovari.

Entre las señales que pueden indicar que la ansiedad está afectando la vida cotidiana aparecen la preocupación intensa o difícil de controlar, irritabilidad, inquietud, dificultades para concentrarse, alteraciones del sueño, palpitaciones, mareos, tensión muscular, aislamiento o abandono de actividades. Los ataques de pánico, por su parte, se caracterizan por la aparición repentina de un malestar intenso que puede incluir falta de aire, palpitaciones, temblores, sudoración, mareos, dolor en el pecho o sensación de pérdida de control. Un episodio aislado no equivale necesariamente a un trastorno de pánico, por lo que la evaluación profesional resulta clave cuando los síntomas se reiteran, se prolongan o interfieren con las actividades habituales.

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Frente a estas situaciones, la universidad puede cumplir un papel de detección temprana y orientación. “Docentes, tutores, autoridades, equipos institucionales y estudiantes podemos constituirnos en referentes para quienes nos rodean”, plantea la Lic. Lovari. Escuchar sin juzgar, reconocer cambios y saber orientar hacia los apoyos adecuados también forma parte del cuidado.

A veces, ese acompañamiento puede comenzar con una pregunta sencilla: “¿Cómo estás?” o “¿necesitás ayuda?”.