NO ME DIJERON QUE MORÍA,
NI UN SILBIDO A LO LEJOS…
No volvieron sus ojos
a la tristeza que comía
mis días y vomitaba mis noches.
No me hablaron del imprevisto
que vestía mi otoño.
Ni advirtieron que mi risa
trituraba melodías y rayuelas
de una infancia tan lejana.
Nadie despertó mis mañanas
ni las pulgas en el blanco piso,
ni la gota del caño que olía
a silencios y mentas en el pecho.
Nadie, ni siquiera el amor
que besó mis pechos limoneros.
Ni la lluvia de pájaros
me hablaron de mi tormenta.
Nadie me advirtió, me moría.
Me hubiese conformado
con un silbido a lo lejos.
Gladys Vega Herrera, autora

