Qué significa ser guardaparque: la historia detrás de una vocación que se convirtió en profesión

CON 16 AÑOS COMO GUARDAPARQUE, JONATHAN JOSÉ MORENI COMPARTE SU MIRADA SOBRE LA PROFESIÓN, LOS MOMENTOS QUE MÁS LO MARCARON Y LOS PRINCIPALES DESAFÍOS DE SU TRABAJO EN LA RESERVA NATURAL VILLAVICENCIO.

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“Más allá de las herramientas técnicas o del conocimiento legal y biológico, la herramienta más importante es la convicción.” Para Jonathan, esa convicción tiene sus raíces mucho antes de que comenzara a trabajar como guardaparque. Durante su infancia en San Carlos, Mendoza, los campamentos junto a sus abuelos, sus padres y sus hermanos fueron construyendo un vínculo con la naturaleza que, con los años, terminaría marcando su camino. Entre esos recuerdos aparece también una enseñanza que todavía conserva: disfrutar de esos espacios implicaba respetarlos y dejar cada lugar tal como lo habían encontrado.

16 años cuidando Villavicencio

Fue a los 17 años cuando decidió dejar su pueblo natal para estudiar la carrera de guardaparque. Tres años después, con apenas 20, tuvo la oportunidad de incorporarse a la Reserva Natural Villavicencio, donde lleva 16 años trabajando y a la que define como su “segunda casa”.

Su principal responsabilidad, es la custodia activa y la gestión del territorio. Su rutina transcurre, en patrullajes, tareas de control y vigilancia, mantenimiento de caminos y señalización, y una labor permanente de prevención y respuesta ante incendios forestales. A eso se suman las condiciones propias de un territorio extenso y diverso, donde una sequía extrema, un aluvión o una intensa nevada pueden modificar por completo una jornada de trabajo.

Dentro de ese trabajo operativo, la prevención y el combate de incendios forestales ocupan un lugar central. Más que por el incendio en sí, ‘Joni’ valora la posibilidad de intervenir a tiempo frente a una de las amenazas más críticas para el ecosistema. “Sentís que estás cuidando el lugar en el momento exacto y protegiéndolo de las amenazas más críticas te da una adrenalina y una satisfacción única”, cuenta.

Más allá de lo que se ve

El vínculo con la fauna también forma parte de las experiencias que más lo marcaron. Una de las primeras ocurrió cuando tenía apenas 20 años, cuando quedó a cargo de Canela, un guanaco bebé que se encontraba bajo custodia. Le preparaba la mamadera, complementaba su alimentación y acompañaba de cerca su crecimiento. “Me tocó hacer el rol de madre de un chulengo”, recuerda entre risas.

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Con los años, recorrer la Reserva también le permitió conocer una dimensión del territorio que no siempre está al alcance de los visitantes: sitios arqueológicos, paleontológicos e históricos, además de escenas de la vida silvestre que solo pueden observarse en el terreno. Para Joni, esa diversidad explica parte del valor de la Reserva y la responsabilidad que implica protegerla. No se trata únicamente de conservar un paisaje, sino de resguardar un patrimonio natural, cultural, histórico, geológico y paleontológico que forma parte de Mendoza. “Cada estrato rocoso, cada rincón histórico y cada especie cuenta una historia”, sostiene.

Después de 16 años, la razón que lo llevó a elegir este camino sigue intacta: “Elegí ser guardaparque para proteger y preservar todos esos recursos, para que las futuras generaciones puedan vivir algo similar a lo mío”. Una tarea que muchas veces transcurre lejos de las miradas, pero que resulta indispensable para que estos lugares puedan seguir siendo conocidos, recorridos y disfrutados.

Por historias como la de Jonathan, y la de tantos guardaparques que trabajan a lo largo y ancho del país, este 9 de octubre es una oportunidad para reconocer y poner en valor una profesión que combina preparación, vocación y compromiso, y que tiene una misión fundamental: proteger y preservar nuestros espacios naturales y el patrimonio que resguardan.