SOY, SEGÚN DICEN, SOLO UNA POETA DE VERSOS TRISTES.
Como si la tristeza fuera un adorno, una debilidad estética, y no una forma brutal de lucidez. Como si escribir desde el dolor invalidara la mirada. Como si la herida no pensara.
No escribo por nostalgia ni por melancolía. Escribo porque la desidia ajena pesa más que el cansancio. Porque hay un punto -impreciso, casi invisible- en el que el mundo deja de dolerle a la mayoría, y ese punto ya fue cruzado.
Las primeras horas de 2026 no trajeron futuro: trajeron confirmaciones. La guerra volvió a llamarse de otro modo. Nunca se nombra como guerra o terrorismo. Se la llama seguridad, se la llama defensa, se la llama democracia. Pero bombardear no se vuelve justo por cambiar el discurso. La dictadura no es buena, pero los misiles en nombre de la libertad tampoco resucitan a nadie. Cambiar la palabra no limpia la sangre.
Hay países que siguen sangrando en tiempo presente. No como metáfora, sino como hecho. Otros siguen enterrando niños con el estómago vacío, y el hambre no es una catástrofe natural: es una decisión prolongada. Mientras tanto, aprendimos a mirar esas tragedias como si ocurrieran en un idioma extranjero, lejos, sin responsabilidad afectiva.
Aquí, en este país que se jacta de resistencia, el abandono también se perfecciona. El cierre de la agencia de discapacidad no fue un trámite administrativo: fue un gesto simbólico de retiro. El Estado retirando el cuerpo. Personas quedando sin red, sin acompañamiento, sin traducción posible de su dolor, sin suelo. El desamparo no siempre grita; a veces se firma.
Los salarios ya no se discuten porque ya no alcanzan ni para la discusión. Se licúan, se evaporan, se vuelven abstracción. Trabajar no garantiza nada, salvo el agotamiento. Vivimos endeudados incluso del futuro, cansados antes de empezar el día, entrenados para resistir sin preguntar.
En muchas provincias del norte argentina, las comunidades indígenas siguen buscando agua potable como si buscaran algo sagrado. La sed no es noticia. La sed no indigna. La sed se normaliza. Hay pueblos enteros que aprenden a sobrevivir sin lo básico mientras otros discuten desde el exceso.
Y el odio.
El odio está intacto. Circula con buena salud, se reproduce rápido, encuentra culpables fáciles. Es lo único que no se ajusta, lo único que no se recorta. El odio une más que la empatía, porque no exige esfuerzo.
No escribo porque crea que mis palabras van a cambiar el curso de nada. Escribo porque el silencio ya no es neutral. Porque callar también es una forma de administrar la violencia. Porque hay un punto en el que mirar hacia otro lado se parece demasiado a consentir y yo no puedo solo mirar hacia el otro lado.
Tal vez sea cierto: soy solo una poeta de versos tristes.
Pero alguien más tiene que decir que el mundo se está rompiendo sin hacer ruido, y que la costumbre es la forma más eficaz de la crueldad.
El mundo arde
sin fuego.
Un niño sin pan,
un pueblo sin agua,
una bomba con discurso.
Y nosotros,
aprendiendo a no sentir
para poder seguir.
Por María Herrera

