LOS MAPAS SUELEN PRIVILEGIAR AQUELLO QUE POSEE UN NOMBRE ROTUNDO. FIORDOS CÉLEBRES, GLACIARES MONUMENTALES, MONTAÑAS QUE APARECEN UNA Y OTRA VEZ EN LAS FOTOGRAFÍAS DEL ÁRTICO. SIN EMBARGO, LA VERDADERA PERSONALIDAD DE SVALBARD SUELE ESCONDERSE EN ACCIDENTES GEOGRÁFICOS DISCRETOS, PEQUEÑAS BAHÍAS DONDE LA NATURALEZA CONSERVA UNA INTIMIDAD QUE LAS GRANDES POSTALES RARAMENTE CONSIGUEN TRANSMITIR. COLES BAY PERTENECE A ESA CATEGORÍA DE LUGARES QUE EXIGEN BAJAR EL VOLUMEN DE LAS EXPECTATIVAS PARA DESCUBRIR UNA HISTORIA MUCHO MÁS COMPLEJA.
La mañana comienza con un mar sorprendentemente calmo. El agua refleja las laderas oscuras que rodean la bahía mientras la luz oblicua del verano polar dibuja matices plateados sobre las pendientes. Resulta difícil imaginar que este rincón, situado en la costa sur de Isfjorden, fue durante décadas uno de los centros industriales más activos de Svalbard.
Hoy apenas permanecen algunos edificios, restos de infraestructura y cicatrices dispersas sobre el terreno. La tundra avanza lentamente entre antiguas vías ferroviarias, depósitos abandonados y construcciones de madera que el permafrost todavía sostiene. La naturaleza recupera el espacio con una paciencia imposible de acelerar.
Coles Bay, conocida en noruego como Colesbukta, recibió su nombre en homenaje al explorador inglés Jonas Poole, quien bautizó el cercano Colesdalen en el siglo XVII recordando a uno de los comerciantes vinculados a las primeras expediciones balleneras inglesas hacia estas latitudes. Mucho después, el verdadero protagonismo llegaría de la mano del carbón.
A comienzos del siglo XX, Svalbard vivía una auténtica fiebre minera. Empresas noruegas, británicas, estadounidenses, suecas y rusas competían por explotar los abundantes yacimientos carboníferos descubiertos en distintas zonas del archipiélago. Antes incluso del Tratado de Svalbard de 1920, que reconoció la soberanía noruega garantizando al mismo tiempo derechos económicos para otros países firmantes, estas islas funcionaban como un territorio abierto donde distintas naciones desarrollaban sus propios asentamientos.
Coles Bay terminó convirtiéndose en el puerto de embarque para el carbón extraído en Grumantbyen, una explotación minera ubicada varios kilómetros tierra adentro. Para unir ambos puntos se construyó un ferrocarril que atravesaba el valle de Colesdalen. Durante décadas, pequeñas locomotoras transportaron toneladas de mineral hasta los muelles desde donde partían los barcos rumbo a Europa.
Caminar hoy por la bahía produce una sensación extraña. El silencio domina un escenario concebido originalmente para el ruido permanente de máquinas, vagones y grúas. Los edificios supervivientes parecen suspendidos fuera del tiempo. Algunos conservan colores desgastados por décadas de viento, sal y hielo. Otros apenas resisten como esqueletos de madera inclinados sobre la tundra.
La memoria del carbón
El destino de Coles Bay quedó profundamente ligado a la presencia soviética en Svalbard. A partir de la década de 1930, la empresa estatal Arktikugol asumió la explotación de distintas minas del archipiélago, entre ellas Grumant. Durante buena parte de la Guerra Fría, estos pequeños asentamientos adquirieron un valor que iba mucho más allá de la actividad económica. También representaban una presencia estratégica de la Unión Soviética dentro de un territorio administrado por Noruega bajo un delicado equilibrio diplomático.
La extracción continuó hasta comienzos de la década de 1960, cuando las condiciones geológicas y económicas volvieron inviable mantener la operación. Grumant fue abandonada y Coles Bay dejó de funcionar como puerto minero permanente. Desde entonces, el Ártico comenzó lentamente a borrar las huellas humanas.
Ese proceso resulta fascinante de observar. En otros lugares, el abandono suele asociarse con el deterioro acelerado. Aquí ocurre algo diferente. El frío extremo preserva materiales durante décadas. El permafrost inmoviliza estructuras. La escasa vegetación limita la transformación del paisaje. El tiempo parece avanzar con otra velocidad.
Más allá de su dimensión histórica, Coles Bay ofrece además una magnífica introducción a la geología de Isfjorden. Las montañas que rodean la bahía pertenecen a una secuencia sedimentaria formada hace aproximadamente 300 millones de años, durante el Carbonífero y el Pérmico. En aquellos tiempos, estas tierras ocupaban latitudes completamente distintas, cubiertas por bosques pantanosos cuya materia vegetal terminaría convirtiéndose precisamente en el carbón que siglos más tarde impulsó la actividad minera.
Esa paradoja resulta inevitable. La riqueza que atrajo a cientos de trabajadores nació cuando Svalbard era un paisaje templado, muy anterior a la aparición de los glaciares que hoy dominan el archipiélago. La historia geológica termina explicando la historia humana.
Mientras tanto, la fauna recuperó un protagonismo que durante décadas le había sido arrebatado. Resulta frecuente observar renos de Svalbard alimentándose entre antiguas instalaciones industriales, como si jamás hubiera existido otra realidad. Zorros árticos recorren la costa en busca de aves o pequeños restos que deja la marea. Durante el verano, gaviotas tridáctilas, eiders y charranes aprovechan la abundancia estacional de alimento.
La presencia del oso polar obliga, como en cualquier desembarco fuera de los asentamientos permanentes del archipiélago, a mantener estrictos protocolos de seguridad. Esa simple circunstancia recuerda que la naturaleza continúa estableciendo las reglas fundamentales de la convivencia en estas latitudes.
Coles Bay posee una capacidad poco frecuente para reunir distintas escalas del tiempo en un mismo recorrido. La geología habla de cientos de millones de años. La minería remite apenas a un siglo de actividad. La recuperación del paisaje ocurre delante de los ojos del visitante, estación tras estación. Todo convive en unos pocos kilómetros de costa.
Al regresar hacia el barco permanece una impresión difícil de encontrar en otros destinos polares. Muchos viajeros llegan a Svalbard buscando únicamente hielo, glaciares y fauna ártica. Coles Bay propone una lectura diferente. Demuestra que incluso en uno de los territorios más remotos del planeta la relación entre el ser humano y el paisaje dejó marcas profundas, aunque finalmente sea la naturaleza quien conserve la última palabra. Allí, donde alguna vez resonó el paso de locomotoras cargadas de carbón, hoy vuelve a escucharse el sonido más antiguo del archipiélago, el del viento recorriendo libremente las montañas.
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Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello





