Barcelona guarda su lujo eterno

RECUERDO LA PRIMERA VEZ QUE SUBÍ LOS ESCALONES DE MÁRMOL DEL NÚMERO SESENTA Y OCHO DEL PASSEIG DE GRÀCIA, DE NOCHE, CON LA CIUDAD TODAVÍA TIBIA DESPUÉS DEL CALOR DE AGOSTO. UN BOTONES ABRIÓ LA PUERTA ANTES DE QUE MI MANO ROZARA SIQUIERA EL PICAPORTE, Y ESE GESTO SILENCIOSO RESUMIÓ, MEJOR QUE CUALQUIER FOLLETO, EL OFICIO CENTENARIO DE ESTE HOTEL. A POCOS METROS, LA PIEDRA ONDULADA DE LA PEDRERA DORMÍA BAJO LA LUNA, RECORDÁNDOME QUE ESTE TRAMO DE LA CIUDAD GUARDA, ENTRE SUS FACHADAS, LA MAYOR COLECCIÓN DE FANTASÍA ARQUITECTÓNICA DE EUROPA.

El Majestic nació de la ambición de un empresario italiano llamado Ércole Cacciami, quien en abril de mil novecientos dieciocho trasladó su negocio hotelero desde la calle Fontanella hasta este cruce privilegiado del Eixample. Aquel edificio original se llamó Majestic Hotel Inglaterra, en homenaje directo al establecimiento que Cacciami ya regentaba cerca de la Plaza Catalunya. Gaudí terminaba entonces sus últimas obras a pocas cuadras, y Barcelona entera parecía competir por levantar la fachada más audaz del continente.

La familia Soldevila Casals adquirió el hotel y lo sostuvo durante las décadas más difíciles del siglo, atravesando guerras, crisis y transformaciones urbanas sin perder jamás su carácter distintivo. En mil novecientos cuarenta el nombre se simplificó hasta quedar en Majestic, y durante los años cincuenta y setenta llegaron ampliaciones sucesivas que triplicaron su capacidad original. Tres generaciones de la misma familia custodian todavía cada decisión que toma el hotel, desde el color de las sábanas hasta el ritmo exacto del servicio en el comedor.

Estos salones vieron pasar a la reina Victoria Eugenia en sus años de esplendor y, más tarde, a la reina María Cristina durante la Exposición Internacional de mil novecientos veintinueve. Antonio Machado durmió aquí sus últimas noches en suelo español antes de partir hacia Collioure, cargando apenas una maleta y una tristeza que la historia recuerda todavía. Miró y Picasso ocuparon mesas del bar en tardes de conversación interminable, mientras Ernest Hemingway encontraba entre estas paredes silencio suficiente para escribir. Josephine Baker cantó bajo estas mismas lámparas, Robert Capa reveló aquí algunas de sus fotografías de guerra y la soprano Renata Tebaldi dejó su voz flotando entre las columnas del vestíbulo. El propio Dalái Lama caminó alguna vez por estos pasillos, prolongando una tradición de huéspedes memorables que ningún otro hotel del Eixample puede igualar con semejante variedad.

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Entre mil novecientos noventa y cuatro y mil novecientos noventa y nueve, coincidiendo con el impulso olímpico que transformó Barcelona para siempre, la propiedad emprendió su reforma más ambiciosa. Ganó luz, ganó amplitud y conservó, milagrosamente, su alma original. En dos mil siete el hotel alcanzó la calificación de cinco estrellas gran lujo. Ese logro corresponde a la distinción más alta que otorga la hotelería española, y poco después llegó también el ingreso a la selecta asociación The Leading Hotels of the World. El centenario llegó en dos mil dieciocho con un libro conmemorativo y el regreso del logotipo histórico. Aquel gesto simbólico devolvió al hotel su rostro original. Ese mismo rostro saluda hoy a quienes cruzan la puerta giratoria del vestíbulo.

Este año trajo noticias frescas para quien sigue de cerca la hotelería barcelonesa. Luis Cobo asumió la dirección general del Majestic tras una etapa exitosa al frente del Park Hyatt Dubai, y su llegada coincidió con una temporada especialmente brillante para la casa. Beyond Luxury Awards distinguió al hotel como el mejor hotel de lujo clásico de España, mientras Condé Nast Traveler España le entregó el premio Hotel y Mantel al mejor brunch hotelero del país. Travel + Leisure España sumó una nominación como hotel emblemático español, confirmando que el Majestic sigue conquistando reconocimientos casi tan rápido como los coleccionó durante su primer siglo.

El restaurante SOLC lidera hoy la propuesta gastronómica bajo la dirección del chef David Romero, reconocido por la Guía Michelin como Restaurante Seleccionado durante dos años seguidos. Una finca propia en el Maresme, apenas a metros del Mediterráneo, provee cada mañana las verduras que después aparecen transformadas en el plato. El brunch dominical alcanzó fama continental, celebrado como uno de los mejores desayunos de Europa por el Prix Villégiature, y junto al Majestic Bar convive un rincón dulce firmado por el pastelero Marc Pérez. Ese espacio logra convertir un café de media tarde en un pequeño acontecimiento.

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La azotea guarda, quizás, la postal más memorable del hotel. Desde la piscina de La Dolce Vitae, apenas después del amanecer, Barcelona entera se despliega en silencio: la Sagrada Familia asoma entre los tejados, el mar Mediterráneo brilla a lo lejos y el aire trae ese frescor salado que solo existe antes de que la ciudad despierte del todo. Contemplar ese horizonte con una taza de café recién servida vale, por sí solo, cualquier trasnochada anterior.

Las habitaciones combinan baños de mármol con ropa de cama impecable, mientras que las suites superiores agregan bañeras de hidromasaje y terrazas privadas para quienes prefieren la intimidad total. El spa completa la experiencia con hidroterapia, sauna y masajes capaces de disolver semanas enteras de cansancio urbano en apenas una hora. Al caer la noche, el piano del Majestic Bar acompaña cada copa con una banda sonora que parece escrita especialmente para viajeros nostálgicos.

Caminar apenas media cuadra desde la entrada principal significa toparse con Casa Batlló, con la Casa Amatller y con el resto de ese muestrario modernista que convirtió al Eixample en manzana de referencia mundial. El Majestic funciona, en ese sentido, como puerta de entrada natural hacia semejante concentración de belleza, y muchos huéspedes terminan organizando cada jornada barcelonesa desde el propio vestíbulo del hotel, guía en mano y café recién servido. Esa cercanía explica, en buena medida, por qué generaciones enteras de viajeros eligieron siempre este mismo punto exacto del mapa para instalar su cuartel general durante la estadía.

Salir del Majestic, después de días recorriendo sus salones, deja una sensación extraña de pertenencia, como si uno hubiese heredado, por un rato, un fragmento de la memoria colectiva de Barcelona. Cada huésped que cruza esa puerta se suma a una lista invisible que empezó con Cacciami y sigue creciendo con cada amanecer sobre el Passeig de Gràcia. Volver, tarde o temprano, se convierte apenas en cuestión de tiempo.

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Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello