EL TERREMOTO DE MAGNITUD 7,4 QUE GOLPEÓ A COLOMBIA ESTE LUNES —Y EL DOBLETE SÍSMICO QUE DEVASTÓ VENEZUELA EN JUNIO— VOLVIÓ A INSTALAR LA PREGUNTA EN CHILE. LA INDUSTRIA ASEGURADORA SOSTIENE QUE EL PAÍS SUPERA LOS ESTÁNDARES INTERNACIONALES DE CAPITAL PARA EVENTOS CATASTRÓFICOS. EL 27F FUE LA PRUEBA DE FUEGO: CASI EL 99% DE LOS SEGUROS DE VIVIENDA SE PAGARON EN MENOS DE DOCE MESES. AHORA LA AMENAZA QUE PREOCUPA AL MERCADO YA NO ES SÍSMICA, SINO CLIMÁTICA.
Colombia amaneció este lunes 10 de agosto con un terremoto de magnitud 7,4 y epicentro en el departamento del Chocó, que dejó víctimas fatales y edificaciones derrumbadas en varias ciudades del país. Seis semanas antes, el 24 de junio, Venezuela había sufrido un evento aún más severo: dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 separados por apenas 39 segundos en el estado Yaracuy, con cerca de 800 edificaciones colapsadas y pérdidas económicas estimadas entre USD 4.700 y 8.700 millones. En Chile, donde el 27F sigue operando como vara de medida, esas imágenes reactivaron la pregunta de siempre: si el gran sismo llega, ¿quién paga?
Un 65% de probabilidad. Esa es la estimación que maneja el Centro Sismológico Nacional (CSN) de la Universidad de Chile para un terremoto de magnitud 8 o superior en el norte del país. La cifra es técnica, no alarmista, y la industria aseguradora lo sabe bien: mientras la geología sigue su ritmo, el mercado ya tiene sus respuestas preparadas. Especialistas de Gallagher Chile —filial local de una de las mayores corredoras de seguros del mundo— afirman que el país dispone hoy de uno de los sistemas de protección sísmica más robustos del planeta. Y los números los respaldan.
La zona norte de Chile acumula lo que los sismólogos denominan un “silencio sísmico”: décadas sin un gran movimiento que libere la energía que la subducción de la placa de Nazca bajo la placa Sudamericana va generando de forma continua. El director del CSN, Sergio Barrientos, ha cifrado públicamente en 65% esa probabilidad. Con todo, el organismo subraya que los terremotos no se pueden predecir: lo que la ciencia maneja son probabilidades, no fechas en el calendario.
La solidez del sistema asegurador chileno frente al riesgo sísmico se asienta sobre tres factores concretos. El primero es regulatorio: la normativa chilena exige que las aseguradoras respalden con reaseguro al menos el 10% de su exposición en zonas de alto riesgo sísmico. Para entender por qué esto es relevante, hay que compararlo con los modelos internacionales de pérdida probable, las llamadas PML, elaboradas por firmas como RMS y Verisk, referentes globales para calibrar el riesgo catastrófico. Esos modelos proyectan pérdidas probables inferiores a lo que la ley chilena obliga a provisionar. En otras palabras: el mercado local guarda más capital del que la ciencia internacional considera necesario para cubrir el peor escenario plausible.
El segundo factor es la distribución internacional del riesgo. El reaseguro opera como un seguro de los seguros: cuando las pérdidas superan la capacidad de absorción de las aseguradoras locales, el riesgo está cedido a reaseguradoras globales con base en mercados como Londres, Zúrich o Tokio. Ante un gran terremoto en el norte, una parte sustancial del pago a los asegurados provendría de capital ya comprometido fuera del país, sin depender de la liquidez inmediata del mercado chileno.
El tercer factor es el más contundente: el historial. El terremoto del 27 de febrero de 2010 —uno de los cinco más grandes de la historia sísmica registrada— sometió al sistema a una prueba de estrés real. Las pérdidas económicas del evento alcanzaron USD 30 billones, con una pérdida asegurada de USD 8 billones; de esa cifra, el 95% fue absorbido por reaseguradores internacionales. La magnitud del impacto operacional fue igualmente inédita: en tan solo un día, el volumen de siniestros registrado equivalió a diez años de actividad ordinaria en el ramo de Daños (P&C). Pese a esa presión extrema, de las aproximadamente 189.400 solicitudes de seguro de vivienda presentadas, cerca del 99% fueron pagadas dentro del mismo año del evento. Para un sismo de esa escala, esa tasa de cumplimiento y esa velocidad de respuesta son excepcionales en cualquier mercado asegurador del mundo.
El riesgo climático desplaza al sísmico en la agenda del mercado
“El mensaje es de tranquilidad y preparación: el país cuenta hoy con las herramientas, la capacidad financiera y la experiencia para enfrentar estos eventos”, comenta Roberto Molina, Director de Gallagher Re.
Con la exposición sísmica en gran medida gestionada, los ojos de la industria miran hoy hacia otro frente. En la última década, las pérdidas económicas acumuladas por eventos climáticos en Chile —inundaciones, marejadas, vientos extremos e incendios urbanos como los que arrasaron sectores de Valparaíso— han superado en monto a las generadas por sismos. La tendencia no es local: en Estados Unidos, los incendios forestales provocaron daños que superaron los 65.000 millones de dólares solo en 2025. El cambio climático no solo aumenta la frecuencia de estos eventos, sino también su severidad, lo que obliga a la industria a repensar sus modelos de exposición.
Frente a ese desafío, la industria apunta a los seguros paramétricos como una de las herramientas más prometedoras. A diferencia del seguro convencional —que requiere verificar el daño caso a caso—, el seguro paramétrico se activa de forma automática al superar un umbral objetivo y medible: por ejemplo, un determinado nivel de precipitaciones en una estación meteorológica. En palabras de Roberto Molina, “el mecanismo es directo: alcanzado el umbral, el pago se efectúa de inmediato por un monto predeterminado, sin burocracia ni peritaje. El objetivo es proveer liquidez rápida a quienes más la necesitan tras una emergencia: pequeños comerciantes, trabajadores independientes, agricultores. En el sector agrícola chileno ya operan con resultados positivos. Extenderlos al ámbito urbano requeriría que la regulación —a través de la Ley Fintech— habilite expresamente ese uso”.
El gran sismo del norte puede llegar o no, y la ciencia no puede precisar cuándo. Pero el sistema financiero y asegurador que Chile ha construido en las últimas décadas —a golpe de regulación exigente, experiencia acumulada y reaseguro internacional— es uno de los más sólidos del mundo para absorber ese impacto. Y mientras perfecciona esas herramientas, la industria ya trabaja en los instrumentos que necesitará para el siguiente desafío: el que viene con el cambio climático.






