Innovación disruptiva: cuando la clave no está en inventar, sino en cambiar las reglas

MUCHAS DE LAS GRANDES TRANSFORMACIONES EMPRESARIALES NO SURGEN DE LA CREACIÓN DE UNA NECESIDAD NUEVA, SINO AL ENCONTRAR UNA MANERA DIFERENTE DE SATISFACER UNA QUE YA EXISTE. LA INNOVACIÓN CONSISTE EN MIRAR LO QUE YA EXISTE Y LAS REGLAS DEL MERCADO DESDE OTRO ÁNGULO. UNO QUE PERMITA SATISFACER LAS NECESIDADES DE LAS PERSONAS, SEA LAS EXISTENTES O LAS QUE SE GENERAN A PARTIR DE LAS NUEVAS REALIDADES.

Hay una pregunta que puede resultar mucho más productiva que “¿qué podemos inventar?” cuando se analiza una oportunidad de negocios: ¿Qué podemos hacer para facilitar el acceso a necesidades tradicionales a través de nuevos métodos más eficientes y económicos? Muchas veces, la innovación aparece justamente cuando alguien se anima a mirar con ojos diferentes una regla que el mercado considera natural.

Los taxis existían mucho antes que Uber. También existían los vehículos, los conductores y las personas que necesitaban trasladarse. La innovación no estuvo en inventar ninguno de esos elementos, sino en modificar la forma en que se relacionaban. Una sola aplicación permitió conectar pasajeros y conductores, coordinar viajes, establecer precios y procesar pagos desde un mismo lugar.

Los marketplaces siguieron una lógica parecida. La compraventa entre particulares tampoco nació con internet. Lo que cambió fue la estructura del negocio: una plataforma podía conectar a miles o millones de compradores y vendedores sin necesidad de comprar la mercadería, almacenarla ni tener un local para exhibirla. El activo principal pasó a ser la capacidad de organizar, facilitar y hacer más seguro ese encuentro.

Airbnb llevó una lógica similar al alojamiento. Las habitaciones y los departamentos en alquiler disponibles ya existían. Lo que hizo la plataforma fue convertir esa oferta dispersa en un mercado accesible, estandarizado y seguro. La innovación siempre consiste en reorganizar recursos que ya estaban disponibles. Los elementos de la química siempre fueron los mismos desde que el mundo existe, tanto para crear un producto, un servicio o un procedimiento totalmente nuevo.

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Esa es una de las características más interesantes de la innovación disruptiva. Identificar una limitación del modelo tradicional y preguntarse qué sucede si se modifica una de sus reglas. El self-storage es un buen ejemplo. En Estados Unidos existe desde hace décadas un mercado consolidado de depósitos individuales que los usuarios alquilan para guardar sus pertenencias. De allí surgió una pregunta sencilla: ¿por qué esos edificios de unidades que se alquilan solo pueden comercializarse en bloque solo accesible para grandes empresas o millonarios?

A partir de allí surge el concepto de condo-storage: una idea simple, copia del modelo argentino de cocheras, derivado de los grandes garages subdivididos en propiedad horizontal. Se trata de subdividir el storage en unidades independientes que pueden ser adquiridas individualmente. El negocio de fondo sigue siendo el almacenamiento, pero cambia su estructura económica. En lugar de que todas las unidades permanezcan bajo la propiedad de un único operador que las alquila, pueden existir distintos propietarios de cada unidad.

Es una modificación que puede parecer pequeña cuando se la explica en una frase, pero que cambia varios aspectos del negocio. El usuario puede convertirse en propietario y el inversor puede participar en un activo vinculado a una actividad inmobiliaria y operativa. La innovación, nuevamente, no está en haber descubierto que las personas necesitan guardar cosas. Está en haber pensado que el modelo tradicional podía organizarse de otra manera, accesible para el pequeño inversor extranjero que quiere proteger sus ahorros en momentos en que el dólar pierde valor de manera creciente.

Hay una historia que ilustra muy bien hasta dónde puede llegar una idea aparentemente sencilla. Robert Kearns, un ingeniero estadounidense, desarrolló y patentó en la década de 1960 un sistema de limpiaparabrisas intermitente. La lluvia no siempre cae con la misma intensidad y, sin embargo, los sistemas existentes funcionaban de manera continua. Kearns encontró una solución para ese problema cotidiano y buscó que las automotrices incorporaran su desarrollo.

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El desenlace fue mucho menos sencillo. Kearns terminó enfrentando un largo conflicto judicial con fabricantes como Ford, a los que acusó de utilizar su invención sin reconocer sus derechos. El litigio contra Ford comenzó en 1978 y se extendió durante años, hasta que la compañía acordó pagarle una compensación de 10,2 millones de dólares

Más allá del resultado judicial, la anécdota encierra una enseñanza interesante. La innovación no siempre aparece como una revolución tecnológica visible. Puede consistir en detectar mejores maneras de hacer más accesibles y eficientes productos y procedimientos consolidados.

Uber no inventó el transporte; los marketplaces no inventaron el comercio; Airbnb no inventó el alojamiento y el condo-storage no inventó el almacenamiento. En todos estos casos, la oportunidad apareció al modificar la forma en que se organizaban recursos, actores y reglas que ya estaban allí. Por eso, y sobre todo en tiempos de inteligencia artificial y boom tecnológico, la clave para cualquier emprendedor la curiosidad, fundamental para ver qué modelo conocido puede ser pensado de una manera disruptiva.

Por Marcos Victorica, economista y CEO de BAS Storage