EN LOS ÚLTIMOS DÍAS UNA IDEA SE EXPANDIÓ EN REDES SOCIALES Y SE PLASMÓ EN DIVERSOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN DEL MUNDO: ARGENTINA ES UN PAÍS RACISTA. COMO ARGENTINO NIETO DE INMIGRANTES, ME SIENTO EN LA NECESIDAD DE DEDICAR UNAS BREVES LÍNEAS A RECHAZAR ESE POSTULADO.
Nadie puede negar que en estas tierras hubo, hay y probablemente habrá episodios aislados de discriminación diversa. Ahora bien, usar casos puntuales para concluir que somos una nación signada por el racismo es a todas luces un error. Sería tan descabellado como partir de la incipiente producción de café que se está logrando en provincias del Norte para afirmar que Argentina es una potencia cafetera; o tan endeble como tomar un tenue movimiento telúrico que hubo en el Gran Buenos Aires años atrás para aseverar que la pampa húmeda es una región sísmica. La existencia de hechos de discriminación racial, ciertamente repudiables, no convierte a un país en racista, entendido como uno en que estas desgraciadas prácticas se dan de forma generalizada. Lamentablemente en la historia de la humanidad –e incluso en tiempos presentes– sobran los ejemplos de esta ideología desgraciada.
Que en el seleccionado de fútbol que participó en el reciente Mundial no haya habido un jugador ‘afrodescendiente puro’ no tiene que ver en absoluto con motivos de discriminación racial al momento de conformar el grupo, sino que es la consecuencia de que entre la población argentina actual sea muy bajo el porcentaje de ciudadanos de esa etnia. Nótese que hablé de ‘afrodescendiente puro’, porque es muy posible que en varios de los jugadores de la Selección haya ascendencia africana, mezclada con otras tantas, dado los múltiples orígenes que forjaron esta nación. La mayoría de quienes habitamos la Argentina somos fruto de la fusión: pueblos originarios, españoles que llegaron en tiempos de la conquista, esclavos africanos, inmigrantes europeos y mediorientales de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, y migrantes asiáticos y de países limítrofes en tiempos más recientes, se mezclaron y se siguen mezclando en este país que hoy somos, y en el que el origen racial no es algo que nos importe.
Observando los reiterados episodios de racismo flagrante que persisten en otros países del globo, y más aún, recordando la segregación que hasta no hace mucho tiempo era convalidada por la legislación de importantes estados, me convenzo de que ese no es un flagelo que caracterice a nuestra nación. Es imposible evitar que, ínfimas minorías retrogradas, discriminen por motivos étnicos –como también lamentablemente por motivos de género, de orientación sexual, religiosos, políticos y tantos otros–, y urge trabajar para combatirla. Pero de ninguna manera existe un fenómeno sistemático y mucho menos que esta discriminación sea convalidada por una mayoría de la sociedad.
En la Argentina de los últimos años, en los que las dificultades económicas reducían las oportunidades de progreso, lo que podría haber alentado el rechazo a la inmigración, seguimos recibiendo a los hombres y mujeres del mundo con los brazos abiertos. La diáspora venezolana, refugiados africanos, rusos y ucranianos que huían de la guerra se fueron integrando con bastante facilidad en una sociedad que –y lo digo con orgullo– les daba la bienvenida, sin prejuicios como los que se observan en otras latitudes.
Estoy seguro de que en los años por venir nuestro “crisol de razas” seguirá nutriéndose de aportes de aquí y de allá, de múltiples colores de piel, idiomas, religiones y costumbres. Porque los argentinos tenemos defectos innegables, sí, y no son pocos, pero felizmente el racismo no está entre ellos.
Por Natalio Mario Grinman, presidente de la Cámara Argentina de Comercio y Servicios (CAC).





