Cuando el hielo respira

LAS PRIMERAS REFERENCIAS SIEMPRE ENGAÑAN. UN MAPA RESUME HORNSUND COMO UN FIORDO DEL EXTREMO SUR DE SPITSBERGEN. LAS FOTOGRAFÍAS PRIVILEGIAN LAS PAREDES BLANCAS, LOS PICOS OSCUROS Y EL AZUL INTENSO DEL AGUA. NINGUNA CONSIGUE TRANSMITIR AQUELLO QUE OCURRE AL INGRESAR EN ESTE BRAZO DE MAR DONDE EL RELIEVE CONTINÚA TRANSFORMÁNDOSE CON UNA LENTITUD QUE DESAFÍA CUALQUIER MEDIDA HUMANA. AQUÍ EL PAISAJE NO REPRESENTA EL PASADO DE LA TIERRA. LO ESTÁ CONSTRUYENDO.

La navegación avanza entre montañas cuya altura parece multiplicarse a medida que la distancia desaparece. Los glaciares bajan desde el interior de la isla como enormes ríos inmóviles hasta encontrarse con el océano, donde terminan un viaje iniciado siglos atrás. Cada pared helada revela pliegues, grietas y vetas azuladas que delatan el peso acumulado por incontables inviernos. Basta permanecer unos minutos frente a ellas para comprender que el hielo también posee memoria.

Hornsund ocupa un lugar singular dentro del archipiélago de Svalbard. Fue identificado por marinos ingleses a comienzos del siglo XVII y recibió su nombre en 1610 gracias a Jonas Poole, quien encontró un cuerno de reno durante una de sus exploraciones. Desde entonces, este corredor natural dejó de ser únicamente una referencia para navegantes y balleneros hasta convertirse, con el paso de los siglos, en uno de los escenarios científicos más relevantes del Ártico.

La geografía explica parte de ese privilegio. Más de una docena de glaciares desembocan directamente en el fiordo. Entre ellos destacan Hansbreen, Paierlbreen, Storbreen y Mühlbacherbreen, alimentados por extensas cuencas de nieve que todavía dominan el interior montañoso de Spitsbergen. El resultado es un sistema donde el agua dulce y el agua salada conviven en un equilibrio permanente, generando una productividad biológica sorprendente para latitudes tan extremas.

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Cada desprendimiento rompe esa aparente serenidad. El sonido llega antes que la imagen. Un estruendo profundo rebota entre los paredones y apenas unos segundos después un bloque gigantesco se separa del glaciar para caer al mar. El impacto levanta espuma, desplaza el agua y libera pequeñas piezas de hielo que comienzan una deriva imprevisible. Aquello que acaba de ocurrir representa el final visible de un proceso iniciado mucho antes de la Revolución Industrial, cuando la nieve comenzó a comprimirse lentamente hasta transformarse en hielo glaciar.

El recorrido continúa hacia Burgerbukta, una bahía que parece concentrar todos los elementos que definen el carácter de Hornsund. Las laderas descienden abruptamente hasta la costa, mientras lenguas glaciares alcanzan el agua formando anfiteatros naturales donde el blanco del hielo contrasta con los tonos ocres y grisáceos de la roca metamórfica.

El paisaje que nunca termina
Existe una razón por la que investigadores de distintos países vuelven una y otra vez a estas costas. Muy cerca de Burgerbukta funciona la Estación Polar Polaca de Hornsund, establecida en 1957 durante el Año Geofísico Internacional. Desde entonces, generaciones de glaciólogos, meteorólogos, biólogos, geólogos y oceanógrafos reúnen aquí una de las series de observación ambiental más extensas del Alto Ártico.

Gracias a ese trabajo sostenido hoy resulta posible reconstruir la evolución de los glaciares casi año tras año. Los registros muestran cómo muchas masas de hielo perdieron espesor, modificaron su velocidad de desplazamiento y dejaron al descubierto terrenos que permanecieron ocultos durante siglos. Allí donde antes existía un frente glaciar hoy aparecen playas de grava, depósitos morrénicos y los primeros signos de colonización vegetal.

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La ciencia encuentra datos. El viajero descubre otra dimensión menos cuantificable. La sensación de asistir a un territorio cuya transformación sucede en tiempo real convierte cada mirada en un ejercicio de atención. Ninguna silueta será exactamente igual dentro de algunas décadas. Incluso varios de los glaciares que hoy dominan el horizonte presentan retrocesos medidos con precisión mediante imágenes satelitales y relevamientos de campo.

Mientras tanto, la vida continúa adaptándose. Fulmares boreales aprovechan el viento para desplazarse sin esfuerzo. Gaviotas tridáctilas sobrevuelan los témpanos en busca de alimento. Las focas descansan sobre placas flotantes aprovechando la tranquilidad de las bahías interiores. Los renos de Svalbard recorren las terrazas cubiertas de tundra aprovechando el breve verano polar, cuando la vegetación alcanza su máximo desarrollo.

Resulta tentador pensar que Hornsund representa un paisaje inmóvil, congelado para siempre bajo una luz perpetua. La realidad propone exactamente lo contrario. Todo aquí depende del movimiento. Los glaciares avanzan, retroceden y se fracturan. Las corrientes redistribuyen sedimentos y nutrientes. El mar modela las costas. Las aves migran miles de kilómetros para aprovechar unas pocas semanas de abundancia. Incluso las montañas, aparentemente inalterables, continúan erosionándose bajo la acción del hielo, el agua y las bajas temperaturas.

Quizás por eso Burgerbukta deja una impresión distinta a la de otros destinos polares. No seduce únicamente por su belleza, sino por la conciencia de estar frente a un sistema natural que todavía evoluciona con reglas propias. El visitante comprende rápidamente que ocupa un lugar secundario dentro de una historia infinitamente más extensa.

Al abandonar el fiordo, las paredes glaciares comienzan a desdibujarse detrás de la distancia. Permanecen, sin embargo, otras imágenes mucho más persistentes. La transparencia del agua atravesada por pequeños témpanos. Las montañas elevándose desde el mar como fortalezas minerales. El estruendo inesperado de un glaciar al desprender parte de sí mismo. Son escenas que permiten entender que el Ártico no constituye un museo de hielo ni un paisaje detenido en el tiempo. Es una geografía viva, cambiante, donde el planeta continúa ensayando su capacidad de reinventarse con una paciencia imposible de encontrar en cualquier otro rincón del mundo.

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Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello