Cuando el hielo recuerda nombres

EXISTE UNA COSTUMBRE ANTIGUA ENTRE MARINOS, CASI SUPERSTICIOSA, QUE CONSISTE EN BAUTIZAR EMBARCACIONES CON NOMBRES QUE YA NAVEGARON ANTES. SE PIENSA QUE UN NOMBRE REPETIDO TRANSPORTA ALGO DEL DESTINO ORIGINAL, UNA ESPECIE DE HERENCIA INVISIBLE QUE VIAJA DE CASCO EN CASCO, DE SIGLO EN SIGLO. LOS ABUELOS QUE PRESTAN SU NOMBRE A UN NIETO, LAS CALLES QUE SE LLAMAN IGUAL QUE UN PRÓCER OLVIDADO, LOS BARCOS QUE RESUCITAN LA PALABRA DE OTRO BARCO HUNDIDO HACE GENERACIONES, TODOS COMPARTEN ESA FE SILENCIOSA EN QUE LAS PALABRAS ARRASTRAN ALGO MÁS QUE SONIDO.

En 1878 zarpó de Karlskrona una embarcación sueca de tres palos llamada Vega, comandada por el explorador Adolf Erik Nordenskiöld. Su empresa consistía en algo que muchos consideraban imposible entonces, cruzar el Paso del Nordeste completo, esa ruta helada que bordea el norte de Eurasia entre Europa y el Pacífico. El hielo la atrapó cerca del estrecho de Bering durante meses, pero la Vega logró liberarse en julio de 1879 y se convirtió en la primera nave en completar aquel trayecto, además de la primera en circunnavegar el continente euroasiático entero. La hazaña quedó registrada entre los mayores logros de la ciencia sueca.

Más de un siglo después, otra nave lleva su nombre entre los hielos árticos, el SH Vega, de Swan Hellenic, que esta jornada recorre justamente las tierras que aquella expedición ayudó a poner en el mapa. La coincidencia tiene algo de justicia poética, casi de guiño entre generaciones marinas.

La tarde comienza en Vibebukta, una bahía ubicada entre Gustav Adolf Land y el imponente glaciar Bråsvellbreen, bautizada en homenaje al hidrógrafo Andreas Vibe. Frente a sus aguas se despliega uno de los frentes glaciares más extensos del hemisferio norte, veinte millas náuticas de hielo que se extienden entre esta bahía y Kervelbukta.

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Bråsvellbreen fluye desde la cúpula de hielo Sørdomen, dentro del casquete Austfonna, en un recorrido de cuarenta y cinco kilómetros hacia el sur, hasta desembocar en el mar. Fue a fines de la década de 1930 cuando los investigadores documentaron algo extraordinario, el glaciar había experimentado un avance descomunal entre 1936 y 1938, empujando su frente cerca de veinte kilómetros en apenas dos años y formando una lengua de hielo de diez kilómetros dentro del océano. Aquel episodio permanece registrado como el mayor avance glaciar jamás observado en cualquier lugar del planeta, con una superficie recién glaciada estimada en seiscientos kilómetros cuadrados.

Austfonna, el casquete que alimenta a Bråsvellbreen, ocupa ocho mil cien kilómetros cuadrados y figura entre los tres mayores del mundo. Su acantilado de hielo se extiende ciento ochenta kilómetros casi sin interrupciones, apenas roto por algún afloramiento rocoso, y constituye el frente glaciar continuo más largo del hemisferio norte. Bråsvellbreen representa trece por ciento de esa superficie total y sus cascadas glaciares figuran entre las postales más buscadas del Ártico.

Cae el atardecer y el SH Vega alcanza Torellneset, sobre el costado suroeste de Nordaustlandet, punto meridional de Gustav Adolf Land, apenas al sur del glaciar Vegafonna. Ese glaciar guarda su propio homenaje a la historia marina, pues fue bautizado en honor al mismísimo barco Vega, cerrando así el círculo que abrió esta narrativa.

El nombre de Torellneset honra al profesor Otto Martin Torell, geólogo sueco nacido en Varberg en 1828, figura poco recordada fuera de los círculos científicos pero fundamental para entender el pensamiento glaciológico moderno. Torell fue también zoólogo, botánico y explorador polar, y hacia 1850 aplicó la teoría de las eras glaciales de Louis Agassiz para explicar restos de moluscos árticos hallados en costas suecas, una intuición pionera para su época. Entre 1856 y 1859 estudió fenómenos glaciares en Suiza, Islandia, Spitsbergen y Groenlandia, y más tarde lideró una expedición que exploró el estrecho de Hinlopen y la costa norte de Nordaustlandet, la misma región que hoy recibe al SH Vega.

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La península frente a Torellneset alberga además una de las colonias de morsas más numerosas de todo Svalbard, animales macizos que descansan amontonados sobre la playa, indiferentes al paso de las expediciones, como si llevaran siglos esperando ese mismo sol bajo.

Entre el nombre de un barco sueco que desafió el hielo hace ciento cuarenta y ocho años y el de un geólogo que descifró los secretos de los glaciares, la tarde ártica del Vega actual teje su propio capítulo, uno más entre tantos que estas costas guardan pacientes bajo el hielo, esperando quién sepa cuánto tiempo para volver a contarse.

Swan Hellenic organiza expediciones que llevan hasta bahías como esta, fieles a su promesa de descubrir lo que permanece habitualmente fuera de la vista. Un glaciar bautizado por un príncipe europeo, miles de aves cantando sobre un jardín ártico, focas indiferentes al paso del hombre, todo eso late en Fjortende Julibukta, esperando a quien decida bajar del barco y mirar de cerca.

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Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello