Zapatillas de viaje, Génesis (Inédito)

EL TAPIZ DE LOS ÁRBOLES.
ERA UN AMANECER DE JUNIO; LA LUNA OPACA PERMANECÍA EN EL CIELO VACÍO. EL MAR ACARICIABA LA SILUETA DE PECES ENERGIZADOS.
HABÍAN ARMONIZADO CON EL VIENTO DE LAS ALETAS, HASTA LLEGAR AL DIQUE DONDE REINABA LA VIDA, EN EL COMEDOR DIARIO.
EN LA CASA DE LA COSTA AZUL, BLANCA CON MACETONES TURQUESA, HABÍA PRESENCIADO EL ÚLTIMO BRINDIS DE EFRAÍN, CON LOS ABUELOS RECIÉN LLEGADOS.

Al cenit del nuevo año, regresarían al refugio con los medicamentos y con las sencillas sábanas estiradas, con cloro aromatizadas.

Disfrutarán en el comedor provenzal y añejo; las galletas limpias de mermelada, el té con perfume de alumento cotidiano, la bebida acidulada de la cena y soportarán antes de ir a dormir el agua de canilla no refrigerada, para diluir los medicamentos crónicos de olvido.

Ellos habían sido testigos de la epifanía; cuando la estrella perecedera guiaba a todos sobre la improvisada cuna de esterillas, sin nudos…

Y, la luna convertía las lágrimas en instantáneos cuerpos celestes…
Todavía no habían sorbido las pastillas y con las manos abrazaban al recuerdo; habían mirado extasiados las estelas de la ola de ese nacimiento.

Las estelas habían descongelado la capa de los árboles nevados; aparecía un tapíz verde cuando el sol, engordaba los días de la aventura.

El polén nutritivo, en las bolsas de oro de las abejas de la miel, cristalizaban las sales rosas.
Tan dulce, habían sido muy felices…

La luna, estaba escondida en el corazón del aljibe, con tensión, concentrada conseguía escucharlos.
Cuando los gladiolos carmín, habían espigado la belleza de los días del amor.

LEER  Juntos en las fiestas: la programación exclusiva de Canal 26 para Navidad y Año Nuevo

Todas las palabras claras, habían espejado hasta el día del accidente…
El anhelo de continuar.

Antes de la cena, la misa.
Habían regresado de la Natividad, con el sueño natural en el pan ácimo.
La cortetesía y el baile del arrabal, habían llenado las copas de vino.

Luego, sentados en el hall de la casa dúplex, habían mirado de la mano; las luces de las estrellas terrestres. Estaban elevadas, explotaban y desaparecían en mil colores al caer sobre el tapíz de los árboles.

Y todo quedó convertido en cenizas…
La patineta naranja, extrañaba al muchacho de las largas rastras, la moto rosa y negra a la joven inquieta de las rosas rojas tatuadas en el hombro y a Perlita, perrita pequinés de mirada siempre expectante, al salir a dar una vuelta en la mochila segura de su dueña.

Y, las pinceladas lunares de Efraín, habían desprendido una a una las ventanas del barrio incendiado; con lágrimas de despedida.

De Norma Cañizares