LA NARRATIVA ROMÁNTICA SIEMPRE ENCONTRÓ EN EL CONFLICTO UNA DE SUS FORMAS MÁS EFICACES DE INTENSIDAD. LOS AMORES IMPOSIBLES, LAS DECISIONES TARDÍAS, LOS SECRETOS Y LAS TRAICIONES HAN DADO ORIGEN A ALGUNAS DE LAS HISTORIAS MÁS MEMORABLES. SIN EMBARGO, EN MUCHAS FICCIONES CONTEMPORÁNEAS LA DESLEALTAD PARECE HABER DEJADO DE SER UNA HERIDA PARA CONVERTIRSE EN UNA PRUEBA DE AMOR. COMO ESCRITORA DE ROMANCE, ME INTERESA ESA FRONTERA: QUÉ OCURRE CUANDO CONFUNDIMOS LA FUERZA DEL SENTIMIENTO CON LA LEGITIMIDAD DE TODO LO QUE HACEMOS EN SU NOMBRE.
Escribir sobre el amor nunca consiste solamente en escribir sobre lo bello. El amor, cuando entra en una historia, también trae consigo miedo, contradicción, deseo, culpa, pérdida, impulsos difíciles de admitir y decisiones que a veces llegan demasiado tarde. Quizás por eso la narrativa romántica vuelve una y otra vez sobre los vínculos que no deberían suceder, sobre las personas que se encuentran cuando ya han construido una vida con alguien más o sobre esos deseos que aparecen justo cuando parecía que todo estaba ordenado. Como escritora, entiendo perfectamente esa fascinación. Hay algo profundamente humano en preguntarse qué haríamos si el amor llegara en el momento equivocado.
El problema comienza cuando la historia deja de explorar esa contradicción y empieza, casi sin darse cuenta, a embellecerla hasta transformarla en una forma de heroísmo romántico.
En muchas ficciones actuales, la deslealtad se presenta como consecuencia inevitable de una conexión demasiado intensa. La persona que engaña deja de ser alguien que toma una decisión para convertirse en una especie de víctima del amor. El deseo aparece como una fuerza superior que todo lo justifica, mientras quien queda afuera de esa nueva historia suele transformarse en una figura secundaria, casi incómoda, a la que el relato necesita volver antipática, fría o insuficiente para que podamos celebrar sin demasiada culpa a quienes se están eligiendo a escondidas.
No es difícil entender por qué funciona. La clandestinidad tiene una potencia narrativa enorme. Un mensaje que debe borrarse, una mirada sostenida demasiado tiempo en una mesa llena de gente, una despedida que nadie puede presenciar o dos personas que saben que no deberían tocarse producen una tensión inmediata. Cuando el amor tiene poco tiempo, cada gesto parece adquirir un peso extraordinario. Las horas se vuelven más intensas porque están contadas; las palabras importan más porque quizá no puedan repetirse. Para quienes escribimos romance, esa clase de escenario resulta tentador porque permite trabajar con una de las emociones más poderosas del género: el deseo contenido.
Sin embargo, siempre me ha interesado más lo que sucede después de esa escena perfecta.
Me interesa lo que queda cuando termina la música, cuando alguien vuelve a su casa, cuando debe mirar a la persona que confía en él y sostener una conversación como si su vida todavía fuera exactamente la misma. Me interesa también quien descubre que una parte de su historia ocurrió sin que pudiera conocerla, porque pocas cosas resultan tan dolorosas como revisar retrospectivamente los propios recuerdos y preguntarse cuáles seguían siendo verdaderos. Una cena, un viaje, una fotografía, una frase pronunciada antes de dormir pueden cambiar completamente de significado cuando aparece una verdad que había permanecido escondida.
Por eso no creo que la cuestión pase por dejar de contar infidelidades. Sería absurdo pedirle a la literatura que renuncie a una contradicción tan profundamente humana. La ficción jamás tuvo la obligación de mostrarnos personas ejemplares y, en realidad, muchos de los personajes que recordamos durante años son precisamente aquellos que se equivocaron de manera irreparable. Lo que me parece más interesante es la forma en que decidimos narrarlos.
Un personaje puede traicionar y seguir siendo profundamente humano. Puede enamorarse de alguien inesperado, tener miedo de destruir su vida, equivocarse, mentir, arrepentirse y descubrir que aquello que sintió era verdadero. Todo eso puede convivir dentro de una misma historia. Lo que a veces echo de menos es la posibilidad de sostener esa complejidad sin convertir cada daño en una consecuencia románticamente necesaria.
Porque sentir algo verdadero por alguien no vuelve automáticamente nobles todas las decisiones que tomamos alrededor de ese sentimiento.
Tal vez ahí se encuentre una de las tensiones más interesantes del romance contemporáneo. Hemos aprendido a valorar historias donde los personajes se eligen a sí mismos, abandonan relaciones vacías y se permiten buscar una vida más auténtica. Me parece una conquista narrativa hermosa. Durante muchísimo tiempo, sobre todo para los personajes femeninos, quedarse era presentado como virtud incluso cuando quedarse significaba desaparecer dentro de una vida que ya no les pertenecía. Pero entre elegir la propia felicidad y utilizar esa búsqueda como permiso para ignorar el dolor ajeno existe una distancia que vale la pena explorar.
El amor puede aparecer cuando todavía no estamos listos. Puede irrumpir dentro de una relación que creíamos segura o revelarnos que aquello que defendíamos hace tiempo había dejado de existir. Puede ser incluso el acontecimiento que nos obligue a admitir una verdad que veníamos evitando. Lo romántico, para mí, no necesita negar nada de eso. Al contrario, puede volverse mucho más poderoso cuando los personajes comprenden que amar también implica hacerse responsables de aquello que su amor modifica.
Quizás por eso me conmueven más las historias donde la intensidad no reemplaza a la conciencia. Donde alguien puede enamorarse perdidamente y, aun así, preguntarse qué clase de persona quiere ser mientras ama. Donde una despedida puede ser tan apasionante como un encuentro clandestino porque exige una valentía distinta: mirar a quien todavía nos quiere y decirle la verdad antes de comenzar otra vida.
La ficción suele encontrar grandes escenas en la traición porque el secreto posee una estética irresistible. Pero también hay una enorme belleza en la honestidad cuando llega a tiempo. Existe romance en una persona que decide esperar hasta cerrar una historia antes de abrir otra. Existe tensión en dos personajes que se desean y, precisamente por eso, intentan no convertir su deseo en una excusa. Existe una intensidad enorme en elegir a alguien sabiendo que esa elección tendrá consecuencias y decidir afrontarlas en lugar de esconderlas.
Como escritora de romance, sigo creyendo profundamente en las historias que desordenan la vida. No me interesa un amor prolijo ni una pareja construida para funcionar como ejemplo moral. Me interesan los personajes que sienten demasiado, que tienen miedo, que se equivocan y que a veces descubren demasiado tarde lo que realmente quieren. Me interesa esa clase de amor que obliga a mirarse de frente y admitir deseos que podrían cambiarlo todo. Pero precisamente porque creo en la potencia del romance, también creo que no deberíamos necesitar convertir el daño en una medida de su profundidad.
Durante mucho tiempo aprendimos a reconocer el gran amor por su capacidad de arrasarlo todo. Quizás porque culturalmente nos seduce la idea de que una pasión verdadera debe ser incontenible, que si puede moderarse entonces no era tan poderosa, que si alguien es capaz de renunciar a ella para no lastimar a otros significa que no amaba suficiente. Esa idea ha construido historias hermosas, pero también ha instalado una equivalencia extraña entre intensidad y destrucción.
A mí me interesa imaginar otra clase de épica romántica.
Una donde dos personas puedan sentirse destinadas sin que el resto del mundo tenga que convertirse en paisaje descartable. Donde amar profundamente no elimine la responsabilidad de elegir cómo queremos hacerlo. Donde la pasión conserve toda su fuerza, incluso cuando los personajes se detienen a pensar qué heridas están dejando detrás.
Quizás el romance contemporáneo tenga allí uno de sus desafíos más hermosos: demostrar que el amor puede seguir siendo desbordante, incómodo, inesperado y capaz de cambiar una vida entera sin necesidad de presentar la deslealtad como una prueba inevitable de su grandeza.
Porque incluso después de escribir tantas páginas sobre personas que se encuentran a destiempo, sigo creyendo que el verdadero romanticismo no está solamente en cuánto estamos dispuestos a arriesgar por alguien. También está en la forma en que decidimos amar cuando finalmente lo encontramos.
Y tal vez el amor más extraordinario no sea aquel que incendia todo a su paso, sino aquel que, teniendo la fuerza suficiente para hacerlo, aprende a cuidar también lo que queda alrededor de su fuego.
Por Melisa Machuca, autora de la novela “Mide el hilo”





