Obesidad: por qué el peso y la altura no cuentan toda la historia

LA COMPOSICIÓN CORPORAL Y LOS INDICADORES METABÓLICOS REVELAN LO QUE LA BALANZA NO MUESTRA. CÓMO SE INTEGRAN ESTAS MEDICIONES CON LOS AVANCES TERAPÉUTICOS Y EL SEGUIMIENTO MÉDICO.

Dos personas con el mismo peso y la misma altura pueden tener riesgos metabólicos diferentes. La cantidad de grasa que acumulan, su distribución y el estado de sus órganos son datos decisivos para orientar el tratamiento.

La obesidad merece el mismo rigor diagnóstico y el mismo trato que cualquier otra enfermedad crónica, y eso empieza por dejar de reducirla a un número y a una cuestión de voluntad. Es una enfermedad crónica, inflamatoria y multifactorial. En su desarrollo intervienen mecanismos hormonales, neurológicos y genéticos, junto con factores ambientales y emocionales que influyen en la alimentación, el descanso y la actividad física. Esta complejidad explica por qué atribuirla únicamente a la falta de voluntad simplifica el problema y puede retrasar la búsqueda de ayuda.

Esta condición aumenta el riesgo de diabetes tipo 2, afecciones cardiovasculares, hígado graso, algunos tipos de cáncer y problemas osteoarticulares. También puede afectar el estado de ánimo, la movilidad y el bienestar cotidiano.

Qué muestra la composición corporal

Durante décadas, el índice de masa corporal (IMC) ocupó un lugar central en el diagnóstico. Este cálculo relaciona el peso con la altura y aporta una referencia, aunque tiene limitaciones. No distingue la grasa del músculo ni informa dónde se concentra el tejido adiposo.

La acumulación de grasa visceral, ubicada alrededor de los órganos internos, merece especial atención por su asociación con inflamación crónica, resistencia a la insulina y mayor riesgo cardiovascular. Por eso, la evaluación puede incluir la circunferencia de cintura, la relación entre cintura y altura y estudios de composición corporal.

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A estas mediciones se suma el análisis del perfil metabólico. Los niveles de glucosa, los lípidos en sangre y la función hepática, entre otros parámetros, ayudan a identificar las repercusiones del exceso de adiposidad y a definir las prioridades de atención.

Incluso con un IMC dentro del rango considerado normal pueden existir alteraciones que requieran atención médica. En todos los casos, los resultados deben interpretarse junto con la historia clínica.

El peso del estigma

La discriminación por el peso también puede ser una fuente de estrés sostenido. En las personas con obesidad, ese trato puede afectar la autoestima, generar ansiedad y aislamiento social. También puede limitar las oportunidades laborales y dificultar el acceso a una atención médica respetuosa. Al igual que los prejuicios ligados al origen étnico o a las creencias religiosas, el estigma por el peso puede traducirse en exclusión. Por eso, escuchar sin juzgar y ofrecer un trato adecuado son parte del cuidado.

Cuando el estrés se prolonga, sus efectos también pueden sentirse en el cuerpo. El cortisol, producido por las glándulas suprarrenales, participa en la respuesta del organismo ante situaciones de tensión. Su elevación persistente puede favorecer la acumulación de grasa abdominal y alterar el apetito.

La ansiedad y las dificultades para dormir pueden modificar los horarios de las comidas y desorganizar los hábitos alimentarios. El cansancio, a su vez, dificulta mantenerse activo y organizar las rutinas de cuidado.

La disponibilidad constante de alimentos ultraprocesados y el sedentarismo se suman a estas dificultades. El abordaje debe contemplar ese contexto e incorporar, cuando sea necesario, apoyo psicológico y recursos para gestionar las tensiones cotidianas.

Tratamientos y continuidad de los cuidados

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La investigación permitió desarrollar fármacos más específicos. Entre ellos se encuentran los que actúan sobre las incretinas, hormonas intestinales que participan en el control del apetito y del metabolismo de la glucosa.

Estas terapias pueden reducir el hambre, aumentar la sensación de saciedad y favorecer una pérdida de peso significativa, que se mantiene mientras dura el tratamiento; al suspenderlo, es frecuente recuperar parte del peso perdido. Algunas, además, redujeron eventos cardiovasculares en personas con enfermedad cardiovascular previa. Su indicación requiere una evaluación profesional que contemple los antecedentes y las complicaciones asociadas.

La alimentación equilibrada, el movimiento adaptado a las posibilidades de la persona y el acompañamiento conductual forman parte de la estrategia terapéutica. El carácter crónico de la enfermedad hace necesario un seguimiento que permita valorar la respuesta y ajustar el tratamiento.

El desafío es traducir estos avances en una atención libre de prejuicios. Prevenir complicaciones y recuperar calidad de vida exige mirar más allá del número que muestra la balanza.

Esta información tiene fines divulgativos y no reemplaza la consulta médica con un profesional matriculado.

Dra. Laura Maffei (M.N.º 62441). Médica endocrinóloga e investigadora clínica. Directora de Maffei Centro Médico e Investigación Clínica Aplicada. Autora de Alicia en el país del estrés. @dralauramaffei