Maternar sin culpa: vínculos que nacen del deseo, no de la exigencia

LAURA KROCHIK, ESPECIALISTA EN VÍNCULOS Y CRIANZAS, ANALIZA CUANDO APARECE LA CULPA A LA HORA DE SER MADRE.

Según diversos estudios, 9 de cada 10 madres sienten culpa al hacer cosas para sí mismas, como ejercitarse, salir a pasear o simplemente tomar un café.

¿Se puede maternar sin culpa?, “es una pregunta que escucho a diario y aparece con fuerza en mis consultas”, manifiesta Laura Krochik, especialista en vínculos y crianzas. Según la especialista, la culpa aparece cuando sentimos que “deberíamos ser otra cosa”: más pacientes, más disponibles, más perfectas.

Pero criar no es un manual de normas, es un vínculo vivo. Y un vínculo necesita coherencia interna, no exigencias externas, tal como se ejemplifica en una escena de Envidiosa, la serie popular de Netflix, En Argentina y la región, esta experiencia interna no está aislada.

Un análisis reciente sobre las vivencias maternas muestra que 9 de cada 10 madres sienten culpa al hacer cosas para sí mismas, como ejercitarse, salir a pasear o simplemente tomar un café, incluso cuando saben que su bienestar también impacta positivamente en sus hijos. Para muchas de ellas, la tensión entre lo que “se debe” y lo que realmente se desea es cotidiana. Vivir la maternidad desde la exigencia y el perfeccionismo sostenido tiene efectos reales sobre la salud mental y física.

Estudios científicos en salud mental materna muestran que el estrés materno persistente (ligado a autoexigencias internas y sociales se asocia con mayores síntomas de ansiedad, depresión y estrés psicológico), especialmente en el posparto y los primeros años de crianza, lo cual influye también en la calidad del vínculo con el niño y en su desarrollo afectivo.

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Aunque la mayor parte de la literatura sobre efectos fisiológicos concretos es global y no específica de Argentina, la evidencia internacional es clara en una cosa: cuando la madre vive en un estado crónico de tensión y culpa, esto se expresa en su cuerpo y sus emociones, afectando su bienestar integral.

“Una de las transformaciones más profundas que observo en mi trabajo ocurre cuando una madre reconoce su deseo real: no “debo” ser perfecta, sino que quiero estar aquí con amor, con coherencia, con verdad” relata Krochik.

Y agrega: “Hay un ejemplo que siempre me conmueve: una mamá que, tras años de sentirse insuficiente por no poder hacerlo “todo perfecto”, me dijo que su hijo ya no se frustraba cuando ella pedía ayuda o expresaba cansancio. Lo que cambió no fue su disponibilidad absoluta, sino su sinceridad emocional y su presencia auténtica. Ese cambio fue tangible en la mirada cómplice que se construyó entre ambos”.

Los niños no necesitan madres perfectas: necesitan adultos presentes, emocionalmente disponibles, que puedan mirarlos sin perderse a sí mismos.

Liberarse de la exigencia no implica falta de compromiso, sino coherencia. Y cuando eso ocurre:
● Los vínculos se fortalecen porque ya no están basados en el miedo a fallar, sino en la conexión auténtica.
● Los límites se establecen con amor, no con rigidez, permitiendo un desarrollo emocional más sano en los niños.
● Los hijos aprenden, desde el ejemplo, a aceptar la imperfección humana, lo cual es un activo emocional fundamental en sus propias vidas.

Lo importante en estos casos es contar con herramientas para sostener vínculos sanos sin culpa, y que ayuden a sostener ese camino: Conciencia emocional: reconocer qué siento sin autojuicio, contar con redes de apoyo: compartir con otras madres, amigas, familiares, profesionales, autocuidado realista: pequeños descansos que sostienen la energía y un lenguaje afectivo auténtico: decir qué necesito sin vergüenza.

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Estas prácticas no tienen que ver con perfección, sino con sostenibilidad emocional.

“La culpa se diluye cuando entendemos algo esencial: lo que construye un buen vínculo no es hacerlo todo, sino hacer lo posible, con amor y verdad”, reflexiona Laura.

En eso consta quizás la gracia y el desafío de maternar: en dejar de intentar encajar en mandatos ajenos y comenzar a construir, desde nuestro deseo, relaciones que nutran tanto a los hijos como a nosotras mismas.