¿QUÉ ESPERAMOS DE LA VIDA? QUIZÁS RESPUESTAS, PLENITUD, SENTIDO. QUEREMOS QUE NOS COLME DE MOMENTOS FELICES, QUE NOS ABRA CAMINOS CLAROS, QUE NOS CONCEDA LA CERTEZA DE HABER VIVIDO BIEN. PERO LA VIDA NO ES UNA FUENTE INAGOTABLE DE DÁDIVAS; ES UN ESPEJO QUE DEVUELVE, TARDE O TEMPRANO, LO QUE EN ELLA DEPOSITAMOS.
Nos ilusiona creer que la vida nos “debe” algo, cuando en realidad somos nosotros quienes la habitamos, quienes la moldeamos con cada decisión, palabra y silencio. La vida no se nos entrega como un regalo completo, sino como un terreno fértil: depende de nosotros sembrar o dejar en barbecho.
Entonces surge la pregunta que rara vez hacemos: ¿qué ofrecemos a su favor? Ofrecer no es sacrificarlo todo, sino comprender que cada gesto cuenta. Ofrecemos tiempo cuando escuchamos de verdad, luz cuando acompañamos al otro en su oscuridad, esperanza cuando nos atrevemos a seguir caminando aun con dudas.
La vida no exige grandezas, exige presencia. Nos pide que dejemos una huella, no necesariamente enorme, pero sí auténtica. Al final, lo que esperamos y lo que damos forman parte de un mismo tejido: cuanto más entregamos desde lo genuino, más profundo se vuelve aquello que recibimos.
Quizás la clave esté en vivir con la conciencia de que la vida no es un lugar al que llegamos a exigir, sino un espacio en el que nos toca corresponder. Porque solo quien da, de verdad recibe.
Paola Seibert. (Misiones, Argentina)

