ALBERTO I DE MÓNACO DEDICÓ BUENA PARTE DE SU VIDA A UNA PASIÓN POCO HABITUAL ENTRE MONARCAS DE SU ÉPOCA, LA OCEANOGRAFÍA. ENTRE 1898 Y 1907 RECORRIÓ LAS AGUAS DE SVALBARD A BORDO DE LA PRINCESSE ALICE, CARTOGRAFIANDO FIORDOS, MIDIENDO CORRIENTES Y BAUTIZANDO ACCIDENTES GEOGRÁFICOS CON UNA LIBERTAD QUE SOLO PERMITE LA EXPLORACIÓN GENUINA. UNO DE ESOS BAUTISMOS, CURIOSO Y ALGO ENIGMÁTICO, DIO NOMBRE A FJORTENDE JULIBUKTA, LA BAHÍA DEL CATORCE DE JULIO, EN HOMENAJE A LA FIESTA NACIONAL FRANCESA, PESE A UBICARSE EN PLENO TERRITORIO NORUEGO.
Ese gesto, aparentemente caprichoso, encierra algo más profundo sobre el espíritu de aquellas expediciones científicas de comienzos del siglo veinte, la convicción de que estas tierras remotas merecían nombres propios, memoria escrita, un lugar en los mapas europeos. Frente a esa misma bahía se despliega hoy Fjortende Julibreen, el glaciar que corona el paisaje con sus dieciséis kilómetros de extensión y ciento veintisiete kilómetros cuadrados de superficie, un frente helado que asciende más de treinta metros sobre el agua y que probablemente impresionó, en su momento, tanto al príncipe navegante como impresiona hoy a cualquier visitante contemporáneo.
Seguir esa ruta exploratoria en pleno siglo veintiuno significa embarcarse en un Zodiac que avanza despacio entre témpanos dispersos, algunos apenas del tamaño de una mesa, otros comparables a pequeñas islas flotantes. El guía mantiene distancia prudencial del frente glaciar, consciente de que un desprendimiento puede generar una ola capaz de sacudir la embarcación sin previo aviso. Focas apostadas sobre plataformas heladas observan el paso de los botes con curiosidad tranquila, mientras el color del hielo cambia según el ángulo de la luz, del blanco opaco al azul eléctrico en cuestión de minutos.
Montañas convertidas en refugio, densamente pobladas de aves
Las laderas que rodean la bahía funcionan como una ciudad vertical construida exclusivamente para aves marinas. Arrios de Brünnich ocupan las cornisas más altas, gaviotas tridáctilas se agrupan en colonias que suenan como un murmullo constante, fulmares árticos planean con esa elegancia particular de quien domina el viento desde hace milenios. Mérgulos marinos, frailecillos atlánticos y algún alca torda completan un censo que, según los expertos que estudian la zona, alcanza las miles de parejas reproductoras durante el breve verano ártico.
Bajo ese acantilado bullicioso, la naturaleza reserva otra sorpresa. El guano acumulado durante generaciones fertiliza una franja de tundra que florece con una intensidad inusual para estas latitudes extremas, diente de león polar y erígero negro entre las especies más singulares, ambas con distribución restringida dentro del archipiélago. Renos pastan tranquilos en esas laderas verdes, mientras gansos careto grande y barnacla cariblanca crían sus polluelos aprovechando la abundancia vegetal que el propio acantilado, sin proponérselo, hace posible.
Alberto I jamás contó, durante sus expediciones, con la tecnología que permite hoy acercarse tanto al frente glaciar sin riesgo excesivo, ni con embarcaciones tan maniobrables como los Zodiac actuales. Sin embargo, la esencia de aquella búsqueda permanece intacta, la voluntad de acercarse a lo desconocido, de nombrar lo que carecía de nombre, de registrar con asombro genuino cada detalle de un paisaje que se resiste a repetirse dos veces de la misma manera.
Descender del bote, horas después, con las manos entumecidas por el frío y la memoria saturada de imágenes, deja una sensación parecida a la que probablemente experimentó aquel príncipe explorador hace más de un siglo, la certeza de haber tocado, aunque fuera brevemente, un territorio que pertenece más a la naturaleza que a cualquier bandera o mapa oficial.
Swan Hellenic construye sus travesías sobre esa misma vocación exploratoria, guiando a sus pasajeros hacia bahías como esta, fieles a la idea de revelar aquello que suele permanecer oculto a simple vista. Un glaciar bautizado por un monarca curioso, miles de aves anidando sobre un jardín improvisado, focas que observan sin temor, todo eso espera en Fjortende Julibukta, dispuesto a revelarse ante quien se atreva a mirar más allá del horizonte conocido.
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Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello




