El dolor en la mediana edad es frecuente, pero no debería naturalizarse  como parte de la menopausia

LA EVIDENCIA MUESTRA QUE EL DOLOR MUSCULAR Y ARTICULAR AUMENTA DURANTE LA TRANSICIÓN MENOPÁUSICA Y PUEDE AFECTAR DE MANERA SIGNIFICATIVA LA CALIDAD DE VIDA. EN ARGENTINA, CASI 95% DE LAS MUJERES ENCUESTADAS QUE ATRAVESARON LA MENOPAUSIA MANIFESTÓ HABER TENIDO SÍNTOMAS, MIENTRAS QUE MÁS DE UN TERCIO NO HABLÓ DEL TEMA CON NINGÚN PROFESIONAL DE LA SALUD. LOS ESPECIALISTAS PLANTEAN LA NECESIDAD DE EVALUAR EL DOLOR DESDE UNA PERSPECTIVA INTEGRAL E INTERDISCIPLINARIA

La menopausia suele asociarse con sofocos, alteraciones del sueño, cambios en el ciclo menstrual o síntomas genitourinarios. Sin embargo, existe otro grupo de manifestaciones que puede ocupar un lugar importante en la vida cotidiana y que durante mucho tiempo recibió menos atención: el dolor muscular y articular y, en algunos casos, el dolor crónico.

Este año, el Día Mundial de la Menopausia pone el foco precisamente sobre esta problemática. El lema propuesto para 2026 por la International Menopause Society (IMS) es “Chronic Pain at Midlife: From recognition to evidence-based care”, que puede traducirse como “Dolor crónico en la mediana edad: del reconocimiento a la atención basada en la evidencia”.

La elección del tema parte de una constatación: el dolor crónico es frecuente en las mujeres de mediana edad, pero todavía puede estar subdiagnosticado o recibir un abordaje insuficiente. La revisión más reciente de la IMS señala que durante la transición menopáusica interactúan diferentes factores (hormonales, musculoesqueléticos, neurológicos, relacionados con el sueño, el estado de ánimo, el estilo de vida y el contexto social) que pueden influir tanto en la aparición como en la intensidad y persistencia del dolor.

Más de la mitad de las mujeres puede experimentar dolor muscular o articular después de la menopausia

Uno de los datos más recientes proviene de una revisión sistemática y metaanálisis que reunió 37 estudios realizados en 22 países e incluyó a 93.021 mujeres.

Los investigadores encontraron que el dolor muscular o articular estaba presente en alrededor del 40% de las mujeres premenopáusicas. La proporción aumentaba al 57% durante la perimenopausia y llegaba al 59% después de la menopausia.

En comparación con las mujeres premenopáusicas, quienes atravesaban la perimenopausia presentaron un riesgo 35% mayor de experimentar dolor muscular o articular, mientras que entre las posmenopáusicas el riesgo fue 40% mayor.

Sin embargo, se trata principalmente de estudios observacionales y existe una importante heterogeneidad entre las investigaciones. Por eso, estos resultados permiten identificar una asociación clara, pero no significa que todos los dolores tengan una única causa ni que puedan atribuirse exclusivamente a la menopausia.

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El problema tampoco es exclusivamente hormonal

Una de las cuestiones que plantea la evidencia actual es justamente evitar una explicación demasiado sencilla.

Los cambios en los niveles hormonales pueden participar en la aparición o modificación de determinados síntomas, pero el dolor en la mediana edad también está atravesado por otros factores. El envejecimiento musculoesquelético, la pérdida de fuerza y masa muscular, el sueño insuficiente, la fatiga, el estrés, el estado de ánimo, el sedentarismo, el peso corporal, enfermedades preexistentes y determinados mecanismos de procesamiento del dolor pueden intervenir simultáneamente.

Por eso, frente a una mujer que consulta por dolor durante la transición menopáusica, la pregunta no debería ser solamente si “es por las hormonas”, sino qué factores pueden estar contribuyendo al dolor en esa persona y qué necesita para mejorar.

La revisión internacional de 2026 incluye entre los cuadros que pueden adquirir relevancia durante esta etapa a la fibromialgia, la migraña y el dolor pélvico crónico, condiciones que pueden coexistir y compartir algunos mecanismos relacionados con el sistema nervioso, el sistema inmunológico, las hormonas y la percepción del dolor.

¿Qué muestran los datos disponibles en Argentina?

En nuestro país existen datos que permiten dimensionar la frecuencia de los síntomas asociados a la menopausia, aunque todavía son limitados los estudios epidemiológicos nacionales específicamente centrados en dolor crónico durante la mediana edad.

Una encuesta realizada por la Defensoría del Pueblo de la provincia de Buenos Aires, que incluyó 2.798 personas, encontró que el 94,8% de las personas posmenopáusicas encuestadas había experimentado síntomas durante esta etapa y que más de la mitad había tenido cinco síntomas o más.

El relevamiento incluyó síntomas como sofocos o calores, sequedad vaginal e incremento de peso, entre otros.

Pero quizás uno de los datos más relevantes para pensar la atención sanitaria sea otro: el 35,9% de las personas posmenopáusicas encuestadas señaló que no había hablado sobre la menopausia con ningún profesional de la salud.

Entre las mujeres que todavía no habían llegado a la menopausia, el porcentaje era aún mayor: 50,7% no había conversado sobre el tema con profesionales de la salud.

La misma encuesta mostró que solamente alrededor de la mitad de las personas posmenopáusicas había realizado algún tratamiento antes, durante o después de la menopausia para abordar sus síntomas.

Estos datos no permiten afirmar cuántas mujeres en Argentina tienen dolor crónico relacionado con la menopausia, pero sí muestran una situación relevante: existe una elevada frecuencia de síntomas y, al mismo tiempo, una proporción importante de mujeres que no consulta o no conversa sobre lo que está atravesando.

El dolor puede ser la puerta de entrada a un problema más amplio

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Una de las razones por las que el dolor durante la mediana edad requiere una mirada integral es que puede interactuar con otros síntomas.

Dormir mal puede aumentar la sensibilidad al dolor. El dolor persistente puede dificultar el descanso. La falta de actividad física puede contribuir a la pérdida de fuerza y movilidad, pero el dolor también puede hacer que una persona deje de moverse. A su vez, la ansiedad, el estrés o la depresión pueden modificar la percepción y la respuesta frente al dolor, sin que esto signifique que el dolor sea “psicológico”.

Se genera así un círculo en el que diferentes dimensiones de la salud se influyen mutuamente.

Por este motivo, reducir el problema a una cuestión exclusivamente ginecológica puede resultar insuficiente.

Por qué el abordaje interdisciplinario adquiere un papel central

La atención interdisciplinaria no significa que todas las mujeres necesiten consultar simultáneamente a diferentes especialistas. Significa que el origen del dolor y las necesidades de cada persona deben determinar qué profesionales intervienen y en qué momento.

El consultorio de climaterio puede funcionar como un espacio de evaluación inicial e integración. Allí se pueden analizar los síntomas de la transición menopáusica, los antecedentes personales y familiares, los tratamientos utilizados, el sueño, la actividad física, la salud sexual, el estado de ánimo y otros factores que pueden estar relacionados con el bienestar durante esta etapa.

A partir de esa evaluación, diferentes disciplinas pueden aportar herramientas específicas.

La ginecología especializada en climaterio permite evaluar la transición menopáusica en su conjunto y considerar, cuando corresponde, opciones hormonales y no hormonales.

La clínica médica puede contribuir a integrar enfermedades preexistentes, medicamentos y otros factores que podrían explicar o agravar el dolor.

La reumatología puede resultar necesaria cuando existen síntomas articulares persistentes, inflamación, rigidez u otros signos que requieren descartar enfermedades reumatológicas.

La traumatología, la kinesiología y la rehabilitación pueden intervenir en la evaluación de la fuerza, movilidad, función musculoesquelética y estrategias de ejercicio y recuperación.

La especialidad en dolor puede ser relevante cuando se trata de un dolor persistente, complejo o incapacitante que requiere un abordaje específico.

Y la salud mental también forma parte de esta mirada, no porque el dolor deba atribuirse a factores emocionales, sino porque existe una relación bidireccional entre dolor, sueño, estrés, ansiedad y depresión que puede influir en su persistencia y en la calidad de vida.

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La nutrición y otras áreas de la salud pueden incorporarse cuando las características de cada paciente lo justifican.

La evidencia internacional actual sostiene precisamente esta necesidad de desarrollar circuitos personalizados y multidisciplinarios de atención, capaces de considerar los diferentes factores que participan en el dolor de las mujeres durante la mediana edad.

El tratamiento tampoco es uno solo

Que exista una relación entre menopausia y dolor no significa que haya un único tratamiento aplicable a todas las mujeres.

La estrategia dependerá de la causa, la intensidad y la duración del dolor, de los síntomas que lo acompañen, de los antecedentes médicos y de las preferencias y necesidades de cada persona.

Las intervenciones sobre el estilo de vida pueden ocupar un lugar importante, especialmente la actividad física adaptada a cada situación, el fortalecimiento muscular, el cuidado del sueño y otros hábitos relacionados con la salud general.

En determinadas mujeres puede considerarse además el tratamiento hormonal de la menopausia, mientras que en otras pueden utilizarse alternativas no hormonales. Cuando existe una enfermedad musculoesquelética o un síndrome específico, será necesario tratarlo de acuerdo con su diagnóstico.

La evidencia disponible no permite considerar a la terapia hormonal como un tratamiento universal para el dolor musculoesquelético. Una revisión reciente que evaluó la relación entre terapia hormonal y dolor musculoesquelético encontró resultados heterogéneos y señaló la necesidad de continuar investigando.

Por eso, la decisión terapéutica debe ser individualizada y formar parte de una evaluación clínica completa.

No todo dolor durante la menopausia es “normal”

La frecuencia de un síntoma no debería convertirse en motivo para naturalizarlo.

Que muchas mujeres tengan dolor muscular o articular durante la transición menopáusica no significa que deban acostumbrarse a convivir con él, ni que cualquier dolor pueda atribuirse automáticamente a la edad o a los cambios hormonales.

Un dolor que persiste , empeora, limita la actividad cotidiana, interfiere con el sueño o se acompaña de inflamación, debilidad, pérdida de movilidad u otros síntomas merece una evaluación. Preguntar por el dolor puede ser tan importante como preguntar por los sofocos, el sueño o los cambios en el ciclo menstrual.

El objetivo no es medicalizar cada manifestación del climaterio, sino diferenciar los cambios esperables de aquellos síntomas que requieren diagnóstico y tratamiento.

Escuchar el dolor también es una forma de cuidar.

Rosana Molina (MN 75793)
Médica del Servicio de Ginecología y Mastología, a cargo Consultorio de Climaterio
Hospital Alemán