Día Internacional del TDAH: ¿Qué pasa cuando el diagnóstico no llega hasta la adultez?

LA FALTA DE INFORMACIÓN SOBRE CÓMO SE MANIFIESTA EL TDAH FUERA DE LA INFANCIA Y LOS MITOS QUE AÚN PERSISTEN HACEN QUE MUCHAS PERSONAS CONVIVAN DURANTE AÑOS CON DIFICULTADES QUE IMPACTAN EN SU VIDA ACADÉMICA, LABORAL, SOCIAL Y EMOCIONAL.

El diagnóstico del Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) no siempre llega en la infancia. Muchas personas atraviesan la escuela, la universidad e incluso los primeros años de la vida adulta sin saber que gran parte de las dificultades que enfrentan a diario responden a una condición del neurodesarrollo. Cuando el diagnóstico se retrasa, las consecuencias pueden extenderse a distintos ámbitos de la vida.

En lo académico, es frecuente encontrar bajo rendimiento, deserción, cambios reiterados de carrera y dificultades para sostener una trayectoria educativa acorde al potencial intelectual. En el ámbito laboral, pueden aparecer problemas para cumplir plazos y metas que terminan afectando el desempeño y la estabilidad. A esto se suman conflictos en las relaciones interpersonales, asociados a los desafíos en la regulación emocional, la impulsividad y la toma de decisiones.

“Sin una explicación para lo que les ocurre, muchas personas llegan a la adultez cargando una historia de fracasos reiterados y construyendo una imagen muy negativa de sí mismas”, sostiene la Mag. María José García Basalo, neuropsicóloga, subdirectora de la Maestría en Neuropsicología Aplicada de la Universidad Hospital Italiano.  “Soy vago”, “soy un desastre”, “soy irresponsable”, “no termino nada” o “tengo potencial, pero no sirvo” son algunas de las explicaciones que suelen repetirse. “El problema no es sólo el síntoma, sino la identidad que se construye alrededor de él”, profundiza la especialista.

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Mucho más que un problema de atención

Aunque suele asociarse al TDAH con la falta de atención o la hiperactividad, hoy se sabe que se trata principalmente de un trastorno de la autorregulación y de las funciones ejecutivas, es decir, de las capacidades que permiten planificar, organizar la conducta para alcanzar objetivos, administrar el tiempo, priorizar tareas, mantener la motivación, controlar los impulsos y regular la atención según lo que cada situación exige.

En la adultez, la hiperactividad característica de la infancia suele transformarse en una sensación subjetiva de “hiperactividad mental”. Más que por la inquietud motora, muchas personas consultan a un profesional porque les resulta difícil responder a las demandas de la vida cotidiana: terminar tareas, manejar responsabilidades simultáneas, sostener el esfuerzo hacia metas futuras o regular la frustración que estas situaciones generan.

“Además, el TDAH es frecuente que coexista con otros trastornos, especialmente ansiedad y depresión. Cuando no se detecta a tiempo, aumenta el riesgo de desarrollar estas comorbilidades”, destaca García Basalo.

Los mitos que siguen retrasando el diagnóstico

Por estas formas menos evidentes de presentación, todavía persisten ideas equivocadas sobre el TDAH que dificultan su reconocimiento y explican por qué muchas personas llegan a la adultez sin haber recibido un diagnóstico.

“Uno de los principales obstáculos sigue siendo la idea de que el TDAH es simplemente ‘el chico inquieto’ que no puede quedarse sentado en el aula. Sin embargo, muchas personas, especialmente mujeres, nunca presentan ese perfil: eran chicos tranquilos que se distraían, se desorganizaban, olvidaban consignas o necesitaban hacer un enorme esfuerzo para sostener la atención, pero que al no generar conflictos pasaban inadvertidos”, explica el Dr. Esteban Vaucheret Paz, neurólogo infantil y codirector de la Carrera de Especialización en Neurología Infantil de la Universidad Hospital Italiano.

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“También ocurre que algunos chicos compensan las dificultades durante años; especialmente cuando tienen familias muy presentes y docentes que acompañan procesos de aprendizaje. Entonces logran funcionar, pero a un costo enorme: más cansancio, ansiedad y baja autoestima. Por eso, el diagnóstico muchas veces aparece recién cuando aumentan las exigencias de la vida adulta”, explica el especialista.

También persisten otros mitos, como creer que quien puede concentrarse durante horas en una actividad que le interesa no puede tener TDAH, que se trata de una consecuencia de la falta de límites o de una mala crianza, que todos los casos se manifiestan de la misma manera, o que una persona con buen rendimiento escolar o alta capacidad intelectual queda automáticamente excluida del diagnóstico. “A esto se suma la creencia de que el trastorno desaparece con la edad, o que recibir un diagnóstico significa ‘etiquetar’ a una persona, cuando en realidad permite comprender qué ocurre, acceder a un tratamiento adecuado y desarrollar estrategias para afrontar las dificultades cotidianas”, agrega Vaucheret Paz.

Recibir un diagnóstico y acceder al tratamiento adecuado puede marcar un antes y un después. Y si bien muchos pacientes reciben esta respuesta con el dolor de lo que “podría haber sido de ellos” si se detectaba antes, también aparece el enorme alivio de encontrar una explicación para el origen de sus dificultades. A partir de eso se puede construir desde otro lugar, reinterpretar la propia biografía y desarrollar estrategias para mejorar la calidad de vida.