EN UN RINCÓN DONDE LA NECESIDAD GOLPEA FUERTE Y LA INDIFERENCIA SOCIAL PARECE VOLVERSE RUTINA, EXISTE UN ESPACIO DONDE EL AMOR, EL RESPETO Y LA SOLIDARIDAD SE TRANSFORMAN EN ACCIONES CONCRETAS: EL COMEDOR COMUNITARIO MI REFUGIO, IMPULSADO Y SOSTENIDO POR LOS PASTORES DIEGO Y ZULEMA. ALLÍ NO SOLO SE SIRVE COMIDA: SE SIRVE DIGNIDAD, SE TEJE COMUNIDAD, SE ABRAZA LA VIDA.
Más de 200 personas —entre niños, niñas, adolescentes, personas mayores y familias enteras— encuentran todos los días mucho más que un plato en la mesa. Encuentran contención, escucha, palabras de aliento y, sobre todo, la certeza de que no están solos. Porque la tarea en Mi Refugio no es únicamente alimentaria, sino profundamente espiritual. Se construye desde el alma, con fe y con manos que no descansan.
Quien ha tenido la posibilidad de formar parte de esta comunidad —como es mi caso— sabe que aquí se siembran valores que el mundo parece haber olvidado: la empatía que escucha, el respeto que abraza, la solidaridad que actúa. No es fácil sostener este espacio, menos aún en estos tiempos donde las urgencias materiales se multiplican y la ayuda estatal escasea. Pero la entrega de Diego y Zulema, su compromiso, su fe inquebrantable y su amor por el prójimo, hacen posible lo imposible.
La vida en Mi Refugio nos enseña que la esperanza no es un concepto abstracto, sino una práctica diaria. Que la espiritualidad no está disociada de la realidad, sino que se encarna en cada vianda entregada, en cada niño contenido, en cada lágrima acompañada. Aquí se construye un refugio real, físico y emocional, para quienes muchas veces no tienen más techo que el cielo.
Y aunque el trabajo de esta comunidad es inmenso, todavía no alcanza. Se necesitan más manos, más corazones, más voluntades dispuestas a construir con ternura. Porque, como dice la palabra que guía este espacio, “la fe sin obras está muerta” (Santiago 2:26). Y aquí las obras están vivas, laten, se multiplican… pero necesitan del compromiso colectivo.
Por eso, esta nota no es solo un reconocimiento. Es también un llamado. A quienes pueden colaborar, acercarse, donar, acompañar. Porque Mi Refugio no es solo un comedor: es una trinchera de amor en un mundo que a veces se vuelve cruel. Y si el dolor se comparte, se hace menos pesado. Pero si el amor se multiplica, salva.
Con gratitud y profunda admiración, celebro y abrazo este espacio que me honra ser parte.
Y lo digo con el corazón en la mano: se necesita mucho más.
Y entre todos, lo podemos hacer.
Marcela Noemí Augier
Abogada. Doctoranda en Discapacidad.
Miembro de la comunidad de Mi Refugio.


