Cómo la inteligencia artificial está ampliando la autonomía de las personas con discapacidad visual

UNA PERSONA LLEGA A SU CASA CON UNA CAJA DE MEDICAMENTOS, TOMA EL CELULAR, APUNTA LA CÁMARA HACIA EL ENVASE Y, EN POCOS SEGUNDOS, UNA VOZ LE CONFIRMA QUÉ PRODUCTO ES, QUÉ INFORMACIÓN CONTIENE Y CUÁLES SON LAS INSTRUCCIONES DE USO. OTRA FOTOGRAFÍA EL MENÚ DE UN RESTAURANTE PARA QUE UNA APLICACIÓN LE LEA LAS OPCIONES DISPONIBLES ANTES DE HACER SU PEDIDO. ALGUIEN MÁS UTILIZA UN BASTÓN CON GPS PARA ORIENTARSE EN UNA CIUDAD QUE NO CONOCE O RECIBE LA DESCRIPCIÓN DE UNA IMAGEN QUE ACABA DE LLEGAR POR WHATSAPP.

Hasta hace pocos años, muchas de estas situaciones requerían la ayuda de otra persona. Hoy, determinadas tecnologías permiten resolverlas de manera independiente, a partir de la combinación de inteligencia artificial y tecnología asistiva.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de 2.200 millones de personas en el mundo viven con algún tipo de deterioro visual. En cerca de 1.000 millones de esos casos, la pérdida de visión podría haberse prevenido o todavía no recibió el tratamiento necesario. La discapacidad visual no solo tiene un impacto sobre la calidad de vida, sino también sobre la educación, el empleo y la participación social.

Además, cuando hablamos de discapacidad visual no hablamos únicamente de ceguera. La mayoría de las personas con dificultades visuales conserva algún grado de visión funcional. La baja visión puede dificultar actividades tan habituales como leer, estudiar, reconocer rostros, identificar medicamentos, utilizar una computadora o desplazarse por la vía pública.

Mucho antes de la llegada de la inteligencia artificial, la tecnología asistiva ya había comenzado a transformar estas experiencias. Lectores de pantalla, magnificadores electrónicos, dispositivos de lectura, herramientas en Braille y otras soluciones permitieron que miles de personas accedieran a la educación, al trabajo y a la información con mayor independencia.

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La inteligencia artificial suma ahora nuevas posibilidades a esa evolución. Algunas aplicaciones pueden interpretar el entorno, describir imágenes, reconocer objetos, leer textos impresos o brindar información sobre aquello que la cámara del teléfono registra. De esta manera, una herramienta que ya estaba al alcance de la mayoría, como un celular, puede convertirse también en un recurso de asistencia.

La evolución no se limita a los teléfonos. Las máquinas portátiles de lectura permiten escanear documentos y reproducirlos en voz alta en cuestión de segundos. Los Smart Glasses pueden facilitar la lectura y aportar información sobre el entorno. Los magnificadores electrónicos, tanto portátiles como de escritorio, permiten ampliar textos, etiquetas, libros o documentos para quienes conservan un resto visual funcional. Los bastones con GPS, por su parte, ofrecen herramientas adicionales para los desplazamientos.

También existen soluciones que desde hace años son fundamentales para la autonomía digital, como los lectores de pantalla JAWS y SuperNova, que permiten utilizar una computadora, navegar por internet y acceder a contenidos digitales. En algunos desarrollos más recientes, la inteligencia artificial se incorpora para mejorar la interpretación de imágenes, textos y situaciones del entorno.

El verdadero alcance de estas herramientas se entiende mejor en situaciones cotidianas. Leer el prospecto de un medicamento, identificar un producto en una góndola, consultar un menú, revisar un documento, reconocer un cartel o encontrar el colectivo correcto son acciones que para muchas personas forman parte de la rutina. Para alguien con baja visión, poder realizarlas sin depender permanentemente de otra persona puede significar una diferencia enorme.

La necesidad de estas herramientas también seguirá creciendo. La OMS estima que más de 2.500 millones de personas necesitan al menos un producto de tecnología asistiva y proyecta que esa cifra superará los 3.500 millones en 2050, impulsada, entre otros factores, por el envejecimiento de la población y el aumento de las enfermedades crónicas.

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Sin embargo, el desafío no es solamente tecnológico. Millones de personas todavía no acceden a productos de asistencia por razones económicas, geográficas o porque desconocen que existen. En Argentina, esta situación también se refleja en las dificultades de acceso, las diferencias entre regiones y la falta de información sobre las alternativas disponibles.

Por eso es importante ampliar la conversación sobre discapacidad visual. No todas las personas con dificultades para ver necesitan las mismas herramientas, y no todas requieren una solución de alta complejidad. En muchos casos, identificar correctamente qué resto visual conserva una persona y encontrar el dispositivo adecuado puede permitirle recuperar actividades que había dejado de realizar.

Volver a leer un libro, estudiar, trabajar frente a una computadora, hacer una compra o utilizar el transporte público son acciones que pueden recuperar autonomía cuando existe el apoyo tecnológico adecuado.

La verdadera innovación, entonces, no está solamente en que una aplicación pueda describir una imagen o leer una etiqueta. Está en lo que esa herramienta hace posible en la vida de una persona.

Cuando la tecnología permite estudiar, trabajar, desplazarse o resolver una tarea cotidiana con mayor independencia, deja de ser una novedad tecnológica y se convierte en una herramienta concreta de inclusión y autonomía.

Por Alejandra L. Scolari, titular de Tecnoayudas