LA HISTORIA ARGENTINA ESTÁ MARCADA POR UNA TENSIÓN PROFUNDA Y PERSISTENTE: ¿CENTRALISMO O FEDERALISMO? NO SE TRATA DE UNA SIMPLE DISCUSIÓN ADMINISTRATIVA NI DE UNA DISPUTA POR FONDOS O COMPETENCIAS. ES, EN SU RAÍZ, UN CONFLICTO EXISTENCIAL QUE ATRAVIESA NUESTRA IDENTIDAD COMO NACIÓN. UNA FRACTURA FILOSÓFICA, CULTURAL Y ESPIRITUAL QUE CONDICIONA, DESDE LOS ORÍGENES, EL MODO EN QUE ENTENDEMOS EL PODER, LA COMUNIDAD Y EL DESTINO COMPARTIDO.
Desde 1861, el centralismo se impuso como lógica dominante. Inspirado en el modelo francés y alimentado por el iluminismo europeo, las élites criollas promovieron la idea de que el desarrollo debía irradiar desde el centro -la ciudad puerto del Buen Ayre- hacia una periferia considerada bárbara, ineficiente, revoltosa. Así pensaron y actuaron Rivadavia, Mitre y el liberalismo fundacional, moldeando un país a imagen y semejanza del puerto, en detrimento del interior cultural y productivo.
La Constitución de 1853 proclamó el federalismo, pero en la práctica lo vació de contenido. El poder político, económico y simbólico se concentró en la Capital. Las provincias se transformaron en administraciones delegadas, con escaso margen de decisión y sin acceso genuino a la construcción de lo nacional. El centralismo no fue un accidente: fue una decisión política, un proyecto de país pensado desde y para un centro dominante.
Frente a esta arquitectura vertical, existía otra tradición menos reconocida, pero no por ello menos potente: el federalismo rioplatense. Surgido del Cabildo virreynal e impulsado por figuras como Artigas, Güemes, Quiroga, Dorrego, López o Felipe Varela, no se limitaba a una cuestión territorial. Era una concepción del poder basada en la soberanía popular, el mandato imperativo y la autonomía de las comunidades. Era, en definitiva, una forma de vivir el gobierno desde abajo, con representación real y con protagonismo de los pueblos
Ese federalismo fue derrotado, tergiversado, y muchas veces ridiculizado. Se lo asoció con el atraso, con la barbarie, con el caudillismo. Pero lo que proponía era profundamente democrático, anclado en la tradición hispanoamericana y contrario al orden oligárquico centralista que aún nos condiciona.
Nunca se intentó verdaderamente una síntesis entre ambas lógicas. Lo que debería haber sido un equilibrio entre autoridad nacional y protagonismo comunal se transformó, una y otra vez, en una subordinación de las comunidades al poder central. El resultado: gobernadores convertidos en delegados del Ejecutivo nacional, municipios sin autonomía efectiva, provincias condenadas a gestionar pobreza bajo marcos fiscales ajenos. La obra pública, el crédito, la planificación y el conocimiento siguen dependiendo de Buenos Ayres y sus decisiones.
Este esquema no solo concentra recursos. Concentra sentido. Genera una cultura política autoritaria, desmovilizante, clientelar. Si todo se define en el centro, ¿qué motivación tiene el pueblo para organizarse en los márgenes? Si la Nación se piensa exclusivamente desde la Capital, ¿qué lugar queda para quienes la habitan en su diversidad territorial y cultural?
Hoy, esa herencia se expresa en múltiples dimensiones: una ley de coparticipación regresiva, un Senado que no representa las diferencias regionales, una provincia de Buenos Ayres fragmentada en secciones electorales artificiales, municipios sin Cartas Orgánicas ni planificación estratégica. Todo el sistema parece diseñado para administrar la dependencia, no para fomentar la soberanía ni el desarrollo integral.
El desafío es ineludible: refundar el federalismo argentino. No con discursos ni con gestos simbólicos. Con acciones concretas: reforma tributaria, autonomía municipal plena, planificación estratégica descentralizada, participación popular efectiva. Se trata de cambiar el paradigma: dejar de pensar al Estado como una pirámide y empezar a construirlo como una red. Volver al espíritu del cabildo, reaprender el protagonismo vecinal, recuperar el poder desde la comunidad.
Porque la Argentina que soñamos no se construye desde los ministerios ni desde los escritorios del poder central. Se construye en los clubes de barrio, en las cooperativas rurales, en los concejos deliberantes, en las plazas de los pueblos donde la política aún huele a tierra, a trabajo, a compromiso.
La verdadera pregunta no es si somos centralistas o federales. La pregunta es si queremos seguir siendo un país diseñado para unos pocos o empezar a construir una Nación vivida por todos. El futuro no está en el Sillón de Rivadavia. Está en nuestros municipios, en nuestras provincias, en nuestra gente. Y la libertad -esa que tanto se proclama y tan poco se ejerce- comenzará a ser real el día en que dejemos de esperar todo del centro y empecemos a construir desde nuestras raíces.
Luis Gotte
Mar del Plata
luisgotte@gmail.com
Coautor de Buenos Ayres Humana I: La hora de tu comunidad (Ed. Fabro, 2022), Buenos Ayres Humana II: La hora de tus intendentes (Ed. Fabro, 2024), y en preparación: Buenos Ayres Humana III: La Revolución Bonaerense del Siglo XXI, las Cartas Orgánicas municipales.


