Empresa agéntica: de la IA que usan tus empleados a la capacidad del negocio

TU EQUIPO YA USA IA POR SU CUENTA. EL DESAFÍO DEL LIDERAZGO NO ES PERMITIRLA NI PROHIBIRLA, SINO CONVERTIR ESE USO INDIVIDUAL EN VALOR COLECTIVO.

La inteligencia artificial ya no espera una decisión de la dirección. Entra por cada colaborador, resuelve tareas y modifica hábitos de trabajo. El desafío es darle dirección para convertir el uso individual en resultado colectivo con impacto directo en el negocio. Aunque tome tiempo, ese debe ser el norte.

Según Deloitte, el 74% de los menores de 40 años ya utiliza IA en su trabajo cotidiano. En Argentina, el 63,9% de los jóvenes de 18 a 30 años y el 45% de los millennials también la usan. Esas personas están dentro de nuestras organizaciones. La pregunta es: ¿Qué hacen con esas herramientas cuando nadie define un marco?

Una PyME farmacéutica mostró recientemente ese potencial concreto. Un agente lee recetas manuscritas, verifica cobertura y habilita una venta en apenas 12 segundos. El resultado: tiempos de respuesta 95% mejores. No hablamos de una experiencia reservada para una multinacional. Hablamos de una empresa que encontró un problema específico y decidió resolverlo.

Ahí aparece la primera responsabilidad de quienes lideramos: mirar antes de comprar. Un relevamiento muestra que el 68,2% de las PyMEs planea invertir en IA durante los próximos dos años. Sin embargo, apenas el 7,5% tiene presupuesto específico y el 57% de quienes ya la utilizan no mide su impacto.

La intención está. La dirección todavía no
Por eso, el primer paso no debería ser elegir una herramienta. Debería ser sentarse con el equipo y preguntar dónde se pierde tiempo, qué tareas se repiten y qué decisiones siguen dependiendo de una persona. También conviene observar cuánto tiempo dedican nuestros líderes a operar y cuánto a pensar estratégicamente.

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En esas conversaciones aparecen procesos que todos aceptaron como normales. Un reporte que se arma cada viernes. Una carga manual que exige horas. Consultas que recorren tres áreas antes de encontrar una respuesta. Cuando identificamos ese cuello de botella, empezamos a construir un caso concreto para la IA.

El segundo paso es establecer reglas simples. Qué información puede utilizarse, qué herramientas están autorizadas, cuándo una persona debe validar un resultado y cómo protegemos la información sensible. El objetivo es generar un marco para experimentar con responsabilidad.

El tercero es medir. Si una solución ahorra tiempo, necesitamos saber cuánto. Si reduce errores, debemos registrarlo. Si libera a una persona de una tarea operativa, tenemos que preguntarnos dónde puede aportar ahora ese tiempo recuperado. Y siempre preguntarnos: si el agente aumenta la productividad y genera eficiencias, entonces ¿qué KPI del negocio es afectado? Si el despliegue de agentes (aunque tome tiempo) es exitoso, ¿qué variables del negocio deberían modificarse?

El CEO Survey 2026 de PwC muestra que apenas uno de cada ocho CEOs afirma haber obtenido beneficios reales de la IA tanto en costos como en ingresos. La diferencia está en cómo las organizaciones identifican problemas, ordenan prioridades y convierten experimentos en capacidades.

La PyME tiene una ventaja que no siempre reconoce. Su dueño conoce el negocio desde adentro y sabe dónde duelen los procesos. No necesita empezar con una gran transformación. Puede comenzar con una pregunta incómoda sobre una tarea que todos hacen porque siempre se hizo así.

La IA no debería convertirse en una herramienta que cada empleado utiliza por su cuenta. Tampoco en un proyecto aislado del área de tecnología. Tiene que ser una capacidad organizacional, orientada por el negocio y acompañada por las personas. La gente de tu equipo ya está usando IA. No esperes a que esa transformación termine definiendo sola cómo funciona tu empresa.

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Por Walter Abrigo
Socio y Director General de Santex