LA SOMNOLIENTA TARDE SE ESCAPA
DE LA BOCA DEL AMORTAJADO TRIGO
DE TRENZAS PUERILES.
Huye hacia las sombras
del bullicioso silencio mudo.
Camina con su pie de damisela campestre,
herida por la mirada del sol.
Dormita en la desnudez
de la tierra enamorada.
Recorre los senderos trillados
de tu cuerpo de hombre o de mujer
hecho de arcilla y lágrimas.
Se confunde entre las oníricas alas
de una mariposa posada en la espalda
de una mujer desnuda por el crepúsculo
embriagado de ajeno y miel silvestre.
Mi espíritu te busca
en el sombrero de la añosa historia.
¡Oh ven a mí! a cubrir el mapa
de mi cuerpo de soledades enclaustradas
en el reloj del silencio.
He recorrido con mis azules pasos
de Oriente a Poniente para acariciar
tu virginal cuerpo de musa
encantada por la luna.
Neruda canta:
“Cuerpo de mujer, blancas colinas, te pareces al mundo en tu actitud de entrega”.
Te sigo buscando en el ombligo del cosmos,
en las pupilas de la sal dormida,
en lecho del sol y en tu boca
de dulces y amargas agonías.
Detengo mi paso en tu frágil cintura
y me fundí en tus llagas calcinadas de olvido.
Ven a pernoctar en la edénica espalda
de oníricos desvelos.
Cruza el umbral de la muerte
y no me robes tu risa.
Dulce lamento, damisela desvelada y desmembrada.
Soy la onírica mariposa
que rosa tu costado herido.
En ti me quedo floreciendo
y recitando madrigales
hasta el fin del índigo siglo.
Edita, Lorena Almarza Gutiérrez (Chile)





