La montaña que respira con alas

POCAS EXPERIENCIAS ALTERAN TANTO LA PERCEPCIÓN DE LAS DIMENSIONES COMO NAVEGAR FRENTE A ALKEFJELLET. DESDE LA CUBIERTA DE UN BARCO, LOS ACANTILADOS PARECEN LEVANTARSE DIRECTAMENTE DESDE EL MAR, FORMANDO UNA MURALLA DE COLUMNAS OSCURAS QUE SUPERA LOS CIEN METROS DE ALTURA. LA ROCA, ESCULPIDA HACE MILLONES DE AÑOS POR LA ACTIVIDAD VOLCÁNICA Y EL HIELO, DIBUJA UNA ARQUITECTURA TAN PERFECTA QUE CUESTA ACEPTAR SU ORIGEN NATURAL. APENAS UNOS MINUTOS DESPUÉS, EL SILENCIO DESAPARECE. EL AIRE COMIENZA A VIBRAR. MILES, LUEGO DECENAS DE MILES DE AVES OCUPAN CADA SALIENTE DISPONIBLE Y CONVIERTEN AQUELLA CATEDRAL MINERAL EN UNA DE LAS MAYORES CONCENTRACIONES DE VIDA DEL ALTO ÁRTICO.

Alkefjellet significa literalmente “la montaña de las aves”. El nombre resulta una descripción precisa. Situado en la costa oriental de Spitsbergen, dentro del estrecho de Hinlopen, este acantilado constituye uno de los enclaves ornitológicos más importantes del archipiélago de Svalbard. Cada verano boreal, cientos de miles de araos de Brünnich, conocidos científicamente como Uria lomvia, regresan para reproducirse sobre unas paredes verticales que ofrecen la protección perfecta frente a la mayoría de los depredadores terrestres.

Desde cierta distancia, la montaña parece cubierta por pequeñas manchas blancas. Al acercarse, cada punto cobra vida. Las aves despegan, aterrizan, intercambian llamados con sus parejas, alimentan a sus polluelos y mantienen una actividad frenética durante las pocas semanas en que el verano ártico permite criar a la siguiente generación. El sonido termina envolviendo por completo la embarcación. Ninguna grabación consigue reproducir esa mezcla de graznidos, viento y ecos rebotando contra la roca.

El espectáculo adquiere otra dimensión cuando se comprende la extraordinaria sincronización que sostiene este ecosistema. Los araos pasan la mayor parte del año en alta mar. Apenas regresan a tierra durante la temporada reproductiva, aprovechando la abundancia de peces que ofrecen las aguas del estrecho de Hinlopen. Cada pareja deposita un único huevo directamente sobre una estrecha cornisa, sin construir nidos. Su forma piriforme, más puntiaguda en uno de sus extremos, reduce las posibilidades de caer al vacío, una adaptación tan sencilla como brillante desarrollada a lo largo de miles de generaciones.

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La vida, sin embargo, trasciende ampliamente a las aves. Todo el acantilado funciona como un gigantesco motor ecológico. Durante siglos, el guano acumulado fertilizó las laderas situadas bajo la colonia, generando una franja de tundra excepcionalmente rica para los estándares del Ártico. Musgos, líquenes, saxífragas, diente de león polar y otras especies vegetales prosperan gracias a esos nutrientes transportados desde el océano por millones de alas.

Esa explosión de vegetación atrae renos de Svalbard, barnaclas cariblancas, gansos careto grande y zorros árticos, siempre atentos a los huevos, los polluelos o las aves debilitadas. Incluso los osos polares aparecen ocasionalmente en estas laderas durante el verano. Aunque su dieta depende principalmente de las focas cazadas sobre el hielo marino, la disminución estacional del hielo los lleva a explorar otros recursos disponibles. Ver uno caminando bajo la colonia de aves constituye una de las escenas más buscadas por quienes recorren esta región del archipiélago.

La geología aporta otra capa de fascinación. Las espectaculares columnas oscuras que dominan el paisaje corresponden a una intrusión de dolerita formada durante el Jurásico tardío o el Cretácico temprano, cuando el magma penetró antiguas calizas del período Pérmico. La erosión posterior dejó expuestas esas gigantescas estructuras prismáticas que hoy recuerdan los tubos de un órgano monumental. El contraste entre las paredes negras, las manchas de nieve persistente y el azul profundo del agua genera una paleta cromática que parece deliberadamente diseñada para sorprender.

En días de calma absoluta, el mar refleja los acantilados con una nitidez casi perfecta. Resulta difícil establecer dónde termina la montaña y comienza su imagen invertida. Cada tanto, el silencio visual se rompe cuando una bandada despega al unísono. Miles de cuerpos oscuros giran en el aire siguiendo trayectorias imposibles antes de volver a ocupar exactamente el mismo lugar en la pared vertical. El movimiento colectivo adquiere una precisión coreográfica que desafía cualquier intento de describirlo.

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La navegación exige prudencia. Las expediciones mantienen una distancia respetuosa para evitar alterar el comportamiento reproductivo de las aves. El objetivo consiste en observar sin intervenir, uno de los principios que rigen el turismo responsable en Svalbard. Ese respeto permite contemplar un ecosistema que funciona exactamente igual desde mucho antes de que los primeros exploradores europeos cartografiaran estas costas.

Durante las expediciones polares suele hablarse del hielo, de los glaciares o de los osos. Alkefjellet recuerda que el Ártico también puede medirse en alas. Cada ave que cruza el cielo conecta el océano con la montaña, transportando energía, nutrientes y vida entre dos mundos que dependen profundamente uno del otro. La aparente austeridad del paisaje esconde una productividad biológica extraordinaria.

Al abandonar la colonia, el ruido disminuye lentamente hasta desaparecer. Los acantilados vuelven a parecer inmóviles. Apenas queda la silueta oscura de una montaña enfrentando al mar desde hace millones de años. Sin embargo, quien estuvo allí sabe que detrás de esa quietud persiste uno de los espectáculos naturales más intensos del planeta, una sinfonía permanente interpretada por cientos de miles de aves que cada verano convierten una pared de roca en el corazón palpitante del Alto Ártico.

Swan Hellenic organiza expediciones que llevan hasta bahías como esta, fieles a su promesa de descubrir lo que permanece habitualmente fuera de la vista. Un glaciar bautizado por un príncipe europeo, miles de aves cantando sobre un jardín ártico, focas indiferentes al paso del hombre, todo eso late en Fjortende Julibukta, esperando a quien decida bajar del barco y mirar de cerca.

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Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello