Mundial

ANTES DEL PARTIDO DECISIVO, CUANDO EL CIELO TODAVÍA ERA UNA MEZCLA DE NOCHE Y AMANECER, UN BARCO APARECIÓ SOBRE EL ATLÁNTICO.

No navegaba el agua.

Navegaba el viento.

Era un drakkar inmenso, con la cabeza de un dragón tallada en la proa. Sus remos no golpeaban las olas: marcaban el pulso del mundo. Al timón iba Ragnar Lodbrok, y detrás de él avanzaban sus guerreros. Ninguno llevaba miedo. Solo cicatrices.

En la popa, envuelto en un manto azul oscuro, un anciano de un solo ojo observaba el horizonte.

Era Odín.

—Hoy no vamos a conquistar un reino —dijo—. Hoy veremos otra clase de batalla.

El drakkar siguió su rumbo hasta que el océano se convirtió en un césped perfectamente cortado.

Las olas eran tribunas. El viento era un estadio.

Y allí, esperando, estaba el capitán que sostenía una pelota entre las manos como si sostuviera un pequeño planeta.

No llevaba espada. No hacía falta.

Detrás de él estaban los berserkers. Ninguno llevaba escudo. Ninguno llevaba casco. Solo una camiseta celeste y blanca.

Los vikingos sonrieron.

Reconocían a los hombres que peleaban por algo más grande que ellos mismos.

Entonces apareció el conductor de aquella tripulación.

Caminó en silencio entre sus jugadores. No levantó la voz. No necesitó discursos.

Ragnar lo observó.
—Ése también es un jefe.

Odín respondió:
—No. Es algo más difícil. Es el hombre que hizo que todos remaran al mismo ritmo.

Los vikingos entendieron.
No siempre el mejor capitán es quien golpea más fuerte.
A veces es quien consigue que ningún remo llegue tarde al agua.
Cuando comenzó el partido, los guerreros del Norte vieron algo que jamás habían visto:
Cada pase era un golpe de remo. Cada recuperación, una embestida del drakkar.
Cada ataque parecía una incursión sobre una costa desconocida.
Pero había una diferencia.

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Los vikingos luchaban para conquistar tierras. Aquellos hombres jugaban para conquistar la memoria.

Ragnar desenvainó su espada.
El Capitán acomodó la pelota.
Ambos sabían el mismo secreto: las armas nunca fueron lo importante.
Lo importante era la historia que quedaría cuando ellos ya no estuvieran.
Al terminar el encuentro, Odín se puso de pie.
Sacó un cuervo de entre los pliegues de su capa.

El ave sobrevoló el estadio, dio una vuelta sobre el drakkar y otra sobre la copa del mundo. Después desapareció hacia el sur.

Ragnar preguntó:
—¿Qué les has concedido?
Odín sonrió.
—Nada.
—¿Entonces?
—Ellos ya habían ganado lo único que ningún dios puede regalar.
—¿Qué cosa?
Odín miró al capitán abrazado con sus compañeros, mientras el DT observaba en silencio, orgulloso de la tripulación que había formado.

Y respondió:
—La inmortalidad no pertenece a los dioses.
Pertenece a quienes consiguen que un pueblo entero recuerde su nombre cada vez que vuelve a soñar.

Ana María Figueira, Embajadora Cultural