CADA 27 DE JUNIO SE CONMEMORA EL DÍA INTERNACIONAL DE LA SORDOCEGUERA, UNA FECHA QUE INVITA A VISIBILIZAR UNA DISCAPACIDAD QUE TODAVÍA PERMANECE POCO CONOCIDA PARA GRAN PARTE DE LA SOCIEDAD. SI BIEN SUELE DEFINIRSE COMO LA COMBINACIÓN DE UNA DISCAPACIDAD VISUAL Y UNA AUDITIVA, LA SORDOCEGUERA CONSTITUYE UNA CONDICIÓN ESPECÍFICA, CON DESAFÍOS PROPIOS QUE IMPACTAN EN ASPECTOS TAN COTIDIANOS COMO LA COMUNICACIÓN, EL ACCESO A LA INFORMACIÓN, LA MOVILIDAD Y LA PARTICIPACIÓN SOCIAL.
A menudo, cuando se habla de discapacidad, la atención se centra en las limitaciones que puede experimentar una persona. Sin embargo, cada vez más especialistas coinciden en que los mayores obstáculos suelen encontrarse en el entorno. La falta de accesibilidad, de recursos adecuados y de conocimiento sobre determinadas condiciones puede generar situaciones de aislamiento mucho más profundas que la discapacidad en sí misma.
La sordoceguera es un claro ejemplo de ello. En una sociedad donde gran parte de la información circula a través de pantallas, señales visuales, mensajes de audio y plataformas digitales, acceder a contenidos, realizar trámites, estudiar, trabajar o desenvolverse de manera independiente puede convertirse en un desafío si no existen herramientas y apoyos adecuados.
La necesidad de dar visibilidad a esta realidad también se refleja en los datos. Según la Federación Mundial de Personas Sordociegas (WFDB), alrededor del 0,2% de la población mundial vive con formas severas de sordoceguera, mientras que hasta un 2% presenta distintos grados de esta condición. Sin embargo, organizaciones especializadas advierten que existe un importante subregistro, ya que en muchos países continúa sin ser identificada como una discapacidad diferenciada.
La importancia de avanzar en accesibilidad también se observa a escala global. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de 2.200 millones de personas viven con algún tipo de deterioro visual en el mundo. Este escenario pone de manifiesto la necesidad de desarrollar entornos, servicios y tecnologías que garanticen el acceso a la información y la participación plena de las personas con discapacidad sensorial. Para quienes viven con sordoceguera, estos recursos resultan especialmente relevantes.
En este contexto, la tecnología asistiva ha abierto nuevas oportunidades. Durante los últimos años, el lenguaje Braille junto con el desarrollo de líneas braille electrónicas, ha contribuido a reducir barreras y fortalecer la autonomía de miles de personas. Estos avances facilitan el acceso al conocimiento, la comunicación, la educación y el trabajo, favoreciendo una participación más activa en la vida cotidiana
Sin embargo, la tecnología por sí sola no alcanza. La inclusión también requiere entornos accesibles, profesionales capacitados, políticas públicas sostenidas y una mayor sensibilización social. De poco sirve contar con soluciones innovadoras si las personas continúan encontrando obstáculos para acceder a servicios, espacios educativos, oportunidades laborales o actividades comunitarias.
Esta falta de reconocimiento tiene consecuencias concretas. Diversos estudios internacionales muestran que las personas con sordoceguera enfrentan mayores dificultades para acceder a la educación, al empleo y a la información, además de un riesgo más elevado de aislamiento social. La ausencia de apoyos adecuados y de entornos inclusivos suele profundizar desigualdades que podrían evitarse mediante acciones específicas y sostenidas en el tiempo.
Por eso, hablar de sordoceguera también es hablar de salud integral. La posibilidad de comunicarse, establecer vínculos, tomar decisiones de manera independiente y participar plenamente en la vida social tiene un impacto directo en el bienestar y la calidad de vida. La accesibilidad no es únicamente una cuestión técnica; es una condición indispensable para el ejercicio de derechos y la construcción de una sociedad más equitativa.
El Día Internacional de la Sordoceguera, instaurado en homenaje al nacimiento de Helen Keller, una de las referentes más emblemáticas de esta comunidad, representa una oportunidad para reflexionar sobre cuánto se ha avanzado y cuánto queda por hacer. Visibilizar esta discapacidad implica reconocer necesidades específicas, pero también comprender que detrás de cada herramienta de apoyo, cada innovación y cada medida de accesibilidad existe algo mucho más importante: la posibilidad de que una persona desarrolle su proyecto de vida con autonomía y participe plenamente de la comunidad.
En un mundo cada vez más atravesado por la tecnología, el verdadero desafío no es innovar más rápido, sino lograr que esa innovación llegue a todos. Porque construir una sociedad más accesible no beneficia únicamente a quienes viven con una discapacidad: nos permite avanzar hacia comunidades más humanas, inclusivas y preparadas para garantizar oportunidades en igualdad de condiciones.
Por Alejandra L. Scolari, Titular de Tecnoayudas





