La línea que casi ninguna pyme quiere cruzar

EL PROBLEMA DE LA MAYORÍA DE LAS PYMES ARGENTINAS NO ES EL MERCADO NI LA MACROECONOMÍA, SINO UNA FRONTERA DE GESTIÓN QUE POCAS CRUZAN: LA QUE SEPARA UN ESTILO DE VIDA DE UNA EMPRESA. Y ESO, A DIFERENCIA DEL DÓLAR, DEPENDE DE UNO.

Hace quince años que trabajo dentro de pymes argentinas. No al lado, no asesorando desde un escritorio lejano: dentro, viendo cómo se toma cada decisión cuando el dueño es, al mismo tiempo, la cabeza, las manos, el aval y el insomnio. En todo ese tiempo me convencí de una sola cosa: lo único que de verdad importa en este país es cómo se construye algo que dure.

Conviene empezar por el tamaño de lo que estamos hablando. Las pymes son el 99,4% de las empresas argentinas y sostienen alrededor del 64% del empleo registrado. Si se suma el Mundo Pyme entero —monotributistas, autónomos, los que están en blanco y los que no—, ese universo explica el 77% del trabajo privado del país. No son un sector de la economía: son, prácticamente, la economía.

Y acá está lo que más me impresiona después de quince años. Este motor enorme, que mueve prácticamente todo, nunca tuvo una estrategia seria, sostenida y a largo plazo que lo cuidara. Funcionó siempre a pesar de, nunca gracias a. Cambió el dólar, cambió el gobierno, cambiaron las reglas en mitad de la jugada, y el motor siguió girando. Las pymes argentinas son la prueba de que, cuando hay sentido, se aguanta casi cualquier cosa.

Pero aguantar no es lo mismo que crecer, y ahí aparece la distinción que más cuesta hacerle ver a un empresario sin que se ofenda, la que aprendí a fuerza de verla fallar. Hay una diferencia enorme entre tener un estilo de vida y tener una empresa. El estilo de vida es, en el fondo, un autoempleo con buena prensa: una estructura armada alrededor de una persona, que funciona mientras esa persona esté, rinda, no se enferme y no se aburra. Genera ingresos, a veces muy buenos, pero no trasciende. El día que el dueño se baja, se baja todo. No hay empresa: hay una persona muy ocupada.

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La empresa es lo otro: eso que sigue funcionando, y funcionando bien, cuando el dueño no está en la habitación. Procesos que no dependen de la memoria de nadie, un equipo que decide sin pedir permiso para todo, un sentido que sobrevive a su creador.

La mayoría de las pymes que conocí no fracasaron por un problema de negocio. Tenían demanda, producto, mercado. Fracasaron porque nunca cruzaron esa línea: lo que les faltaba no era plata, era estructura. Un problema de visibilidad y de gestión disfrazado de problema de plata. Y el de gestión, a diferencia del macroeconómico, no se arregla esperando al próximo gobierno. Eso depende de uno.

Durante años, cruzar esa línea fue caro: profesionalizarse pedía una estructura que la mayoría de las pymes no podía pagar. Por eso me cuesta sumarme a las dos reacciones de moda frente a la inteligencia artificial: el pánico de que viene a reemplazarnos a todos, o el entusiasmo de feria de qué va a resolvernos la vida sola. Las dos son cómodas y las dos son falsas.

Lo que la IA le ofrece de verdad a una pyme argentina es menos cinematográfico y más valioso: la posibilidad concreta de profesionalizarse sin contratar la estructura de una multinacional. Ordenar la información que hoy vive en la cabeza del dueño y en cuarenta planillas sueltas. Ver el negocio con datos en lugar de con corazonadas. Sacarles a las personas más capaces las tareas que les comían el día, para que se dediquen a pensar, que es para lo que sirven. Por primera vez, cruzar la línea entre el estilo de vida y la empresa está al alcance de quien antes no podía pagarlo.

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El verdadero diferencial argentino no son los recursos naturales ni el talento que exportamos a precio de remate. Es una capacidad casi obstinada de construir cosas que duran en un país diseñado para que nada dure. Después de quince años mirándolo de cerca, sigo pensando lo mismo: la macro la decide otro, pero la línea entre tener una persona muy ocupada y tener una empresa la cruza, o no la cruza, cada dueño. Y nunca fue tan barato animarse.

Paula Chmielnicki, ingeniera industrial y CEO de PCH, consultora especializada en la profesionalización de PYMEs.