LA DESESPERANZA, EL OPIO DEL PUEBLO ARGENTINO. Y sus dirigentes, los narcotraficantes

HAY UNA FORMA DE DOMINACIÓN MÁS EFICAZ QUE LA REPRESIÓN ABIERTA: LA ADMINISTRACIÓN SISTEMÁTICA DE LA DESESPERANZA. EN LA ARGENTINA CONTEMPORÁNEA, ESE MECANISMO OPERA CON PRECISIÓN QUIRÚRGICA. NO SE TRATA SIMPLEMENTE DE CRISIS ECONÓMICAS RECURRENTES O DE ERRORES DE GESTIÓN; SE TRATA DE LA CONSTRUCCIÓN DELIBERADA DE UN CLIMA SOCIAL DONDE EL PUEBLO DEJA DE CREER EN CUALQUIER POSIBILIDAD DE TRANSFORMACIÓN REAL. LA DESESPERANZA, ASÍ, NO ES UNA CONSECUENCIA: ES UN INSTRUMENTO.

Durante décadas, la dirigencia política -con matices, pero sin excepciones estructurales- ha contribuido a consolidar un régimen de frustración permanente. Promesas incumplidas, planes que no trascienden el corto plazo, reformas que nacen mutiladas por la especulación electoral: todo converge en una pedagogía del desencanto. El mensaje implícito es brutal pero efectivo: nada va a cambiar, haga lo que haga el pueblo.

Este proceso tiene efectos concretos. Una comunidad desesperanzada no se organiza, no exige, no proyecta. Se repliega en la supervivencia individual, en el cálculo mínimo, en la resignación. El hombre se insectifica. La política, entonces, deja de ser una herramienta de construcción colectiva para convertirse en un espectáculo cíclico donde las mismas figuras, o sus herederos, administran el deterioro. La alternancia no implica cambio; apenas redistribuye responsabilidades en la decadencia.

Aquí radica el núcleo del problema: la desesperanza como política de Estado no declarada. No es casual que los debates estructurales -coparticipación, federalismo real, desarrollo regional, matriz productiva, descentralización política, municipalismo- queden sistemáticamente descartados. En su lugar, se imponen discusiones superficiales, importadas o funcionales a intereses ajenos, que desvían la atención de lo esencial. Se gobierna la agenda, no la realidad.

En este esquema, los políticos operan como verdaderos distribuidores de esa sustancia paralizante. Administran expectativas en dosis calculadas: lo suficiente para evitar una ruptura, pero nunca lo necesario para habilitar una transformación profunda. Cada elección renueva la ilusión; cada gestión la diluye. El ciclo se repite, y con él, la dependencia emocional de una comunidad que espera soluciones de quienes han demostrado, una y otra vez, su incapacidad o falta de voluntad para producirlas.

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Sin embargo, sería un error reducir el fenómeno a una conspiración simplista. La lógica es más compleja: el sistema político, tal como está configurado, incentiva este comportamiento. La fragmentación institucional, el bajo nivel educativo, la debilidad de los mecanismos de control popular y la ausencia de planificación estratégica a largo plazo generan un entorno donde la mediocridad no solo sobrevive, sino que se reproduce. La desesperanza, en este contexto, es funcional: desactiva la presión social que podría alterar ese equilibrio.

Romper este ciclo exige algo más que un recambio de nombres. Requiere reconstruir la confianza colectiva a partir de hechos concretos: planificación sostenida, articulación entre niveles de gobierno y una conducción capaz de asumir costos en el presente para generar beneficios en el futuro. Implica, también, recuperar la dimensión ética de la política, entendida no como gestión de lo posible inmediato, sino como construcción de una comunidad organizada.

La historia argentina ofrece ejemplos de momentos en los que esa lógica fue desafiada. No desde la perfección, sino desde la convicción de que el pueblo organizado puede torcer su destino. Recuperar esa perspectiva no es un ejercicio nostálgico; es una necesidad estratégica.

Porque mientras la desesperanza siga siendo el opio, siempre habrá quienes estén dispuestos a traficarla. Y un país que consume resignación como si fuera destino está condenado, no por sus limitaciones materiales, sino por la renuncia a su propia voluntad.

Luis Gotte
Mar del Plata
luisgotte@gmail.com
Coautor de Buenos Ayres Humana I: la hora de tu comunidad (Ed. Fabro, 2022); Buenos Ayres Humana II: la hora de tus intendentes (Ed. Fabro, 2024); y en preparación: Buenos Ayres Humana III: La Revolución Bonaerense del Siglo XXI, las Cartas Orgánicas municipales; y, Buenos Ayres Humana IV: Junín, capital de los bonaerenses.