CADA VEZ QUE HABLAMOS DE LOS PROBLEMAS DEL SISTEMA DE SALUD ARGENTINO APARECE LA IDEA DE UNA REFORMA PROFUNDA. COMO SI PARA RESOLVER SUS DIFICULTADES FUERA NECESARIO DESARMAR LO EXISTENTE Y COMENZAR DE NUEVO.
Quizás el desafío sea otro. Argentina cuenta con profesionales capacitados, hospitales de referencia, una extensa tradición de obras sociales y un sector privado con capacidad prestacional y tecnológica. Sin embargo, todas esas capacidades conviven dentro de un sistema profundamente fragmentado.
Hospitales públicos, obras sociales, empresas de medicina privada y PAMI administran recursos, padrones, información y redes diferentes. Esa fragmentación genera superposiciones, dificulta determinar quién debe financiar cada prestación y produce enormes diferencias de acceso. Por eso, antes que pensar en construir un sistema completamente nuevo, deberíamos preguntarnos cómo conectar mejor el que ya tenemos.
Según el Censo 2022 —la última fotografía poblacional integral disponible—, el 60,9% de la población declaró contar con obra social, prepaga o PAMI y el 35,8% dependía exclusivamente del sistema público.
Pero tener una credencial no garantiza una atención oportuna. Los tiempos para conseguir un turno, la disponibilidad de especialistas, las distancias, los medicamentos o la continuidad de un tratamiento también forman parte de la cobertura.
Necesitamos pasar de medir solamente cuántas personas tienen cobertura a conocer cómo acceden realmente a la salud.
Integrar también significa usar mejor los recursos
El hospital público ocupa un lugar insustituible y debe continuar atendiendo a toda persona que lo necesite. Pero cuando alguien que posee obra social, prepaga u otro financiador se atiende allí, esa prestación debería poder identificarse y facturarse de manera eficiente al responsable.
Preservar el acceso universal y recuperar esos recursos no son objetivos contradictorios. Cobrar correctamente a quien corresponde también fortalece al sistema público.
Algo similar ocurre con los medicamentos y tratamientos de altísimo costo. Hay riesgos que una obra social o un financiador, especialmente si es pequeño, difícilmente pueda afrontar individualmente. Necesitamos mecanismos colectivos, evaluación técnica y reglas transparentes que permitan distribuir mejor esos riesgos.
Una agenda posible
No todo requiere empezar de cero. Podemos avanzar hacia una identificación sanitaria única; lograr que las historias clínicas sean interoperables; mejorar la recuperación de costos de los hospitales públicos; fortalecer la atención primaria; generar mecanismos comunes para tratamientos de altísimo costo y construir indicadores públicos sobre acceso y calidad.
También debemos encontrar un equilibrio entre libertad de elección y solidaridad. La competencia puede generar eficiencia, pero la salud no es un mercado convencional. Los riesgos son diferentes y quienes más necesitan del sistema no pueden quedar en desventaja por su edad, sus enfermedades o su condición socioeconómica.
La discusión sobre el futuro de la salud argentina no debería reducirse a una disputa entre lo público y lo privado, entre obras sociales y prepagas o entre Nación y provincias.
Ninguno de esos actores puede resolver por sí solo las necesidades sanitarias de toda la población.
Argentina no necesita necesariamente empezar de nuevo. Necesita conectar mejor sus capacidades, distribuir los riesgos de manera más inteligente y lograr que los distintos actores funcionen como partes de un mismo sistema.
Quizás por allí empiece una reforma posible.
Por Mario Koltan, presidente de Boreal Salud





