Hasta dónde sirve la disciplina para lograr cambios significativos

CAMBIAR UN HÁBITO EN ALGUNOS CASOS NO PASA POR UNA CUESTIÓN RACIONAL. MUCHAS VECES SABEMOS PERFECTAMENTE QUÉ NOS HACE BIEN O MAL Y, AUN ASÍ, SEGUIMOS HACIENDO AQUELLO QUE QUEREMOS MODIFICAR.

Comer determinado alimento, fumar, postergar una actividad o abandonar una rutina que nos hacía bien son conductas que no desaparecen simplemente porque entendamos sus consecuencias. Allí aparece la disciplina, pero también un desafío mayor, que aquello que al principio exige esfuerzo termine formando parte de nuestra manera natural de actuar.

Si cada vez que aparece una tentación necesitamos librar una batalla interna, el cambio puede volverse agotador. Si todavía sentimos que aquello que queremos abandonar nos da placer y que dejarlo implica una privación, vamos a necesitar disciplina una y otra vez. Por eso, el cambio más profundo consiste en modificar la asociación que tenemos con esa conducta.

De la obligación a la elección
Una de las diferencias más importantes está en cómo interpretamos la nueva conducta. No es lo mismo pensar “no puedo comer esto”, “tengo prohibido aquello” o “tengo que controlarme” que decir “puedo hacerlo, pero elijo evitarlo porque no me hace sentir bien”.

En el primer caso hay restricción, carencia y esfuerzo. Mientras que en el segundo, una decisión. Y cuando una conducta deja de ser algo que nos está prohibido para convertirse en algo que nosotros elegimos no hacer, buena parte de la pelea interna desaparece.

El ejemplo de dejar de fumar resulta bastante claro. Al principio, quien abandona el cigarrillo puede verlo en todas partes y sentir que está renunciando a algo que antes le daba placer, relajación o incluso pertenencia. Con el tiempo, si empieza a asociar el cigarrillo con aquello que realmente le cuesta (la dependencia, la falta de libertad, sus consecuencias sobre la salud) y encuentra placer en lo nuevo, la asociación cambia. Ya no necesita la misma fuerza de voluntad porque aquello que antes era una tentación deja de tener el mismo significado.

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Esto también explica por qué la repetición resulta tan importante. La mente tiende hacia lo familiar, le gusta moverse entre lo conocido. Cuando modificamos una conducta, lo anterior sigue siendo conocido mientras que lo nuevo resulta extraño. Pero cuanto más repetimos la nueva conducta, más familiar se vuelve, hasta que un día ya no sentimos que estamos haciendo un esfuerzo extraordinario: simplemente hacemos eso.

Que no dependamos de las ganas
La disciplina tampoco debería confundirse con motivación. Las ganas son variables y esperar a sentirnos motivados para hacer aquello que decidimos hacer puede convertirse en una trampa. Una de las herramientas más importantes consiste en cortar rápidamente la negociación interna: cuanto más tiempo dejamos entre saber qué tenemos que hacer y hacerlo, más espacio damos para que aparezcan las excusas.

También ayuda modificar el entorno. Si algo nos tienta permanentemente, no tiene demasiado sentido demostrar todos los días cuánto autocontrol tenemos. Es más efectivo hacer que la decisión correcta sea más fácil. Y, sobre todo, entender que sentir un impulso no significa necesariamente tener que obedecerlo. El deseo, por cierto, es una sensación, no una instrucción.

Es lógico que no todas las personas pueden enfrentar de la misma manera esta situación. La personalidad o incluso determinadas predisposiciones pueden hacer que algunos tengan más facilidad para controlar ciertos impulsos que otros. Pero no existe una condición que determine quién puede ser disciplinado y quién no. La disciplina se construye cada vez que hacemos aquello que decidimos hacer, incluso cuando no tenemos ganas.

Para cerrar, la disciplina es una herramienta para atravesar el momento inicial de un cambio. Pero el verdadero objetivo es llegar a un punto en el que ya no sintamos que estamos peleando contra nosotros mismos. Cuando aquello que antes exigía esfuerzo se convierte en algo familiar, cuando deja de ser una prohibición y pasa a ser una elección, la disciplina deja de ser una lucha permanente y se transforma en una nueva forma de vivir.

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Por Paula Echeverria, experta en Terapia Transformacional Rápida