El peso exacto del silencio

SUENA LA ALARMA JUSTO CUANDO ALGUIEN TERMINA DE FOTOGRAFIAR UNA MORSA. DIEZ DE LA MAÑANA, CUBIERTA TRES, ALTAVOCES DEL SH VEGA REPITIENDO QUE SE TRATA APENAS DE UN SIMULACRO, QUE LA TRIPULACIÓN PRACTICARÁ MANIOBRAS DE EMERGENCIA, QUE LOS PASAJEROS PUEDEN PROSEGUIR SU RUTINA CON ABSOLUTA TRANQUILIDAD. CUNDE, SIN EMBARGO, CIERTA PERPLEJIDAD INSTINTIVA ANTE CUALQUIER SIRENA QUE RETUMBA A OCHENTA GRADOS DE LATITUD NORTE, UN TERRITORIO DONDE LA DISTANCIA HASTA EL AUXILIO SE MIDE EN DÍAS DE NAVEGACIÓN Y DONDE CADA PROTOCOLO, POR RUTINARIO QUE RESULTE, CONSERVA EL ECO REMOTO DE EMERGENCIAS VERDADERAS OCURRIDAS SIGLOS ATRÁS SOBRE ESAS MISMAS COSTAS. CONVIENE, ENTONCES, EMPEZAR ESTA CRÓNICA PRECISAMENTE AHÍ, ENTRE EL SIMULACRO Y SU SOMBRA HISTÓRICA, PORQUE SVALBARD FUNCIONA ASÍ: CUALQUIER GESTO CONTEMPORÁNEO REMITE, TARDE O TEMPRANO, A UN NAUFRAGIO ANTERIOR.

Beverlysundet separa Chermsideøya de la masa mayor de Nordaustlandet mediante un canal angosto, apenas un par de kilómetros de agua fría entre dos orillas de piedra desnuda. Ahí, sobre una playa de grava compacta, generaciones sucesivas de tripulaciones marcaron su paso mediante un ritual sencillo: alinear piedras hasta formar letras, hasta deletrear el nombre del barco que los trajo, hasta dejar constancia física de una travesía que de otro modo quedaría reducida a bitácora y memoria. La primera capa de ese curioso mosaico litoral data de 1898, cuando una expedición sueca acampó en Sorgfjorden y sus miembros, entre jornada y jornada de mediciones científicas, decidieron perpetuar el nombre de su nave sobre el suelo mismo del Ártico. Décadas después, otras tripulaciones repitieron el gesto, superponiendo inscripciones, ampliando el catálogo, convirtiendo la costa entera en una suerte de libro de visitas geológico.

Entre esas inscripciones sobrevive una que incomoda: una esvástica trazada en 1939, testimonio pétreo de una expedición cuya carga simbólica resulta imposible de disociar del contexto europeo que la produjo. Permanece ahí, expuesta a la intemperie, ni borrada ni restaurada, simplemente conservada por el mismo clima extremo que preserva cualquier otra huella humana en estas latitudes. Caminar junto a ella genera una incomodidad particular, distinta de la que provoca cualquier otro vestigio arqueológico: recordatorio de que el hielo guarda memoria sin criterio moral alguno, indiferente por igual a gestas heroicas y a símbolos siniestros.

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Más al noroeste, hacia Kapp Rubin, restos de una vieja estación evocan una tragedia que los guías de expedición narran con cierta cadencia ritual, transmitida temporada tras temporada: tres exploradores atrapados durante el invierno de 1908 a 1909, aislados en una cabaña de madera mientras afuera el frío se volvía progresivamente letal, mientras las provisiones menguaban y el rescate tardaba en llegar. Los tres perecieron antes de que ninguna embarcación pudiera alcanzarlos. Aquella historia circula entre el personal de expedición casi como parábola moral sobre la sobreestimación humana frente a un territorio que jamás perdona los cálculos apresurados.

Chermsideøya, además, guarda un detalle curioso capaz de aligerar tanta gravedad: sus dos montañas principales, Knoll y Tott, deben su nombre a unos traviesos personajes de historieta germano-estadounidense conocidos en noruego bajo esos apodos. Cartógrafos de principios del siglo veinte, aparentemente, también sentían debilidad por el humor gráfico de su época.

Phippsøya, o la biografía de un fracaso célebre
Luego el itinerario conduce hacia Phippsøya, la isla mayor del archipiélago de Sjuøyane, bautizada en honor al comodoro Constantine John Phipps. Corría junio de 1773 cuando Phipps zarpó de Deptford al mando de dos naves bombarderas —la Racehorse y la Carcass— reforzadas especialmente para embestir hielo polar, con la misión oficial de verificar cierta hipótesis sostenida entonces por buena parte de la Royal Society: la existencia de un mar polar navegable más allá de la barrera helada. Aquella hipótesis resultó, con el correr de las semanas, completamente falsa. Las naves quedaron atrapadas entre témpanos cerca de los ochenta grados y cuarenta y ocho minutos de latitud, y Phipps debió ordenar el regreso sin haber tocado siquiera la posibilidad de un polo despejado.

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Del fracaso, sin embargo, emergieron hallazgos imprevistos: Phipps ofreció las primeras descripciones científicas rigurosas del oso polar y de la gaviota marfil, aportando a la zoología ártica un vocabulario que perdura hasta hoy. Entre su tripulación viajaba, además, un guardiamarina de catorce años llamado Horatio Nelson, protagonista de una anécdota repetida hasta convertirse en mitología naval: enfrentado a un oso polar armado únicamente con un mosquete descargado, el joven Nelson habría intentado el combate cuerpo a cuerpo antes de que un disparo de advertencia, ordenado desde el barco, ahuyentara al animal y salvara, de paso, al futuro héroe de Trafalgar.

Pisar Phippsøya implica hundir la bota en musgo saturado de humedad, avanzar entre bloques de gneis pulidos por glaciares desaparecidos, alzar la vista hacia montañas de perfil redondeado que le dieron a Sjuøyane su apodo entre navegantes: las islas de los siete sombreros. Miles de aves marinas anidan en las grietas más altas, tiñendo de verde intenso una roca que, sin su guano constante, luciría permanentemente gris. Morsas descansan cerca de la orilla, indiferentes al desfile de figuras rojas que las observan a prudente distancia, mientras el silencio general del paisaje —apenas roto por graznidos y por el crujido ocasional del hielo marino— produce esa sensación tan particular de haber llegado, finalmente, al límite físico de algo.

Lo que permanece cuando el motor de la Zodiac se apaga
Regresado a bordo, mientras el equipo de expedición organiza la charla vespertina sobre migraciones árticas, resulta inevitable repasar mentalmente la jornada: piedras alineadas sobre grava, una esvástica que la naturaleza jamás quiso borrar, tres hombres muertos de frío hace más de un siglo, un guardiamarina adolescente desafiando osos polares, montañas bautizadas con nombres de personajes cómicos. Ninguno de estos fragmentos guarda relación directa entre sí, y sin embargo todos conviven sobre el mismo puñado de kilómetros cuadrados, apilados como capas geológicas de intención humana.

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Mikhail Barabanov, miembro del equipo de expedición, explica esa tarde cómo aves diminutas recorren distancias equivalentes a varias vueltas al ecuador terrestre para reproducirse brevemente bajo un sol que jamás se pone durante el verano boreal. La metáfora resulta, casi sin buscarla, perfecta para describir también a los pasajeros de un crucero de expedición: viajeros que atraviesan miles de kilómetros para pisar, apenas unas horas, un territorio que después olvidarán en parte pero que ciertas imágenes, piedras deletreando nombres de barcos, un guardiamarina frente a un oso, tres siluetas congeladas junto a una cabaña, conservarán intactas durante mucho tiempo.

Swan Hellenic organiza expediciones que llevan hasta bahías como esta, fieles a su promesa de descubrir lo que permanece habitualmente fuera de la vista. Un glaciar bautizado por un príncipe europeo, miles de aves cantando sobre un jardín ártico, focas indiferentes al paso del hombre, todo eso late en Fjortende Julibukta, esperando a quien decida bajar del barco y mirar de cerca.

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Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello