¿Recibís más radiación en un avión o en una radiografía?

A DIFERENCIA DE LO QUE LA MAYORÍA PIENSA, UN VIAJE EN AVIÓN PUEDE EXPONER MÁS QUE UNA RADIOGRAFÍA. EXPERTOS BUSCAN DESMITIFICAR EL USO DE IMÁGENES DE DIAGNÓSTICO PARA EVITAR QUE EL MIEDO SEA UNA BARRERA EN LA DETECCIÓN TEMPRANA DE ENFERMEDADES. 

La palabra “radiación” suele generar alarma. Para muchos, está asociada automáticamente con riesgo o enfermedad, aunque pocas veces nos frenamos a pensar qué significa realmente y en qué momentos estamos expuestos a ella. De hecho, todos convivimos con la radiación en la vida diaria: proviene de fuentes naturales como el sol, el suelo e incluso el propio cuerpo humano, en lo que se conoce como radiación de fondo. En promedio, una persona recibe alrededor de 2.4 milisieverts (mSv) al año por estas fuentes, lo que demuestra que no es algo excepcional. Al contrario, es un fenómeno natural con el que convivimos día a día.

En este panorama, surge una comparación que desafía la lógica común: ¿recibimos más radiación cruzando el océano en avión o haciéndonos una placa de rayos X?

Altitud vs. Diagnóstico: los números hablan

Aunque parezca contradictorio, volar implica una exposición directa a la radiación cósmica. A grandes altitudes, la atmósfera es más delgada y ofrece menos protección. Un vuelo comercial de larga distancia (por ejemplo, de Buenos Aires a Madrid) puede exponer a un pasajero a entre 0.04 y 0.06 mSv. Por el contrario, una radiografía de tórax moderna tiene una dosis aproximada de 0.01 mSv. Esto significa que un viaje de vacaciones puede representar hasta cinco veces más exposición que un estudio médico de rutina. Para ponerlo en perspectiva, la radiación de una placa de tórax equivale apenas a lo que recibimos naturalmente durante tres o cuatro días de vida cotidiana.

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Sin embargo, la diferencia está en cómo percibimos este “riesgo”. Mientras los procedimientos médicos suelen generar preocupación por su asociación con hospitales o enfermedades, otras fuentes de radiación pasan desapercibidas, incluso cuando son comparables o superiores. Esta percepción distorsionada puede llevar a evitar estudios diagnósticos necesarios, a pesar de que se realicen bajo estrictos estándares de seguridad, como el principio de “tan bajo como sea razonablemente posible” (ALARA), que busca minimizar la exposición sin comprometer la calidad de la imagen.

“Uno de los mayores obstáculos para cuidar nuestra salud preventivamente es el miedo a la radiación clínica. Gracias a la innovación médica actual, somos capaces de obtener diagnósticos de una precisión milimétrica con dosis de exposición históricamente bajas. Posponer una placa por este motivo es tan desproporcionado como dejar de salir a la calle por miedo a una tormenta eléctrica. La inmensa ventaja de identificar patologías en sus etapas iniciales compensa por mucho el riesgo casi nulo de una exposición clínica regulada”, afirmó Miguel Rincón, Gerente de Producto de Rayos X, Fluoroscopia y Mamografía para Cono Sur en Siemens Healthineers.

Lejos de representar un riesgo, las imágenes médicas son hoy una herramienta fundamental para la detección temprana, el diagnóstico preciso y el seguimiento de múltiples condiciones de salud. Comprender que la radiación en estos contextos es controlada, baja y segura permite tomar decisiones informadas y reducir barreras innecesarias en el acceso a la atención. En este camino, el desarrollo tecnológico fue determinante para mejorar la experiencia del paciente y fortalecer la confianza en estos procedimientos.

Romper este tipo de mitos ayuda a reducir el miedo, permitiendo que más personas accedan a servicios médicos que pueden salvar sus vidas. Entender la radiación, en lugar de temerle, es un paso necesario para tomar mejores decisiones y aprovechar las herramientas disponibles para el cuidado de la salud. Principalmente darse cuenta que hay actividades de la vida cotidiana que ya nos exponen a radiación en proporciones normales y que un examen médico no altera esas proporciones pero sí busca un beneficio en la salud de las personas.