FALTA UN MES, APENAS UN SUSPIRO,
Y YA LA NAVIDAD RESPIRA EN LOS PASILLOS,
EN LAS MANOS PEQUEÑAS QUE CUENTAN LOS DÍAS
COMO QUIEN GUARDA LUCIÉRNAGAS EN UN TARRITO.
Los chicos y chicas —esos queridos malcriados,
benditas criaturas que aún no saben
de sombras largas, de crisis obstinadas—
andan soñando luces, juguetes y misterios,
con la inocencia prendida al pecho
como un farol que nunca se apaga.
Ojalá —decimos los grandes—
que la crisis se tome vacaciones,
que deje de husmear en las mesas,
que suelte por un rato este país cansado.
Que nos regale tregua, aunque sea breve,
como un abrazo inesperado en medio de la tormenta.
Que llegue una Navidad alegre o solemne,
no importa cuál,
pero digna,
de esas que se celebran aunque tiemble el bolsillo,
aunque el futuro se haga el distraído.
Que vuelva la música sencilla,
el olor a comida compartida,
la risa franca que corre por la casa
sin pedir permiso.
Y que, por un instante,
solo por uno,
nuestros chicos y chicas sigan siendo
lo que deben ser:
esperanza a estrenar,
promesa que juega,
pequeños soles que no conocen
la tristeza del mundo.
Porque si ellos sienten la Navidad
antes de que llegue,
entonces todavía estamos a tiempo
de creer en algo.
Manuel Acosta, República Argentina

