EL SER HUMANO HA DEDICADO SIGLOS A OBSERVAR, CLASIFICAR Y MEDIR LO QUE PUEDE VER. SIN EMBARGO, LO QUE MÁS NOS SOSTIENE, LO QUE REALMENTE NOS TRANSFORMA, ES AQUELLO QUE PERMANECE OCULTO A LOS OJOS. EL AIRE, POR EJEMPLO, PARECE INEXISTENTE Y SIN EMBARGO NOS DA VIDA. LO MISMO OCURRE CON LA ESPERANZA: NO SE VE, NO SE TOCA, PERO SOSTIENE LA VOLUNTAD DE CONTINUAR INCLUSO EN MEDIO DE LA TORMENTA.
Lo invisible no es vacío. Es la trama secreta de lo real: los pensamientos que moldean decisiones, las emociones que tiñen cada gesto, la energía silenciosa que se mueve entre las personas cuando se miran y se reconocen. Allí donde no llegan las manos, comienza la raíz de lo esencial.
Quizás la sabiduría consista en aprender a percibir más allá de lo evidente. Escuchar los silencios que acompañan a las palabras, leer la ternura escondida en un gesto mínimo, percibir el pulso del tiempo que no se atrapa en relojes. La vida, en su hondura, late en lo intangible.
Al final, lo visible es apenas la superficie: lo invisible, en cambio, es la verdadera sustancia de la existencia. Y solo quien se atreve a sentirlo, puede descubrir que lo más poderoso del universo habita en aquello que no se muestra.
Paola Seibert (Misiones, Argentina)

