EN SUAJILI, SAFARI QUIERE DECIR VIAJE. NADA MÁS. LA PALABRA LLEGÓ DESDE EL ÁRABE, DONDE SAFAR NOMBRA EL ACTO DE PONERSE EN CAMINO, Y DURANTE SIGLOS SIRVIÓ PARA DESCRIBIR CUALQUIER TRAVESÍA, DESDE LA DEL MERCADER QUE LLEVABA TELAS HASTA LA COSTA HASTA LA DE UNA FAMILIA QUE CRUZABA EL TERRITORIO PARA VISITAR A SUS PARIENTES. LOS EUROPEOS DE LA BELLE EPOQUE LA ADOPTARON CON UN SENTIDO MÁS ESTRECHO Y MÁS TEATRAL. CUANDO THEODORE ROOSEVELT, APENAS DEJADA LA PRESIDENCIA DE LOS ESTADOS UNIDOS, EMPRENDIÓ EN 1909 SU CÉLEBRE EXPEDICIÓN POR ÁFRICA, LA PALABRA SE LLENÓ DE CARAVANAS, CARPAS, FUSILES Y BAÚLES, Y ADQUIRIÓ EL PRESTIGIO DE LO CARO Y LO REMOTO.
Conviene recuperar su sentido original al llegar a Concepción del Yaguareté Corá, un pueblo correntino donde el safari verdadero, es decir el viaje, se hace sin caravanas. Se recorre a pie, a caballo, en bicicleta o en kayak, con una mochila liviana y buena disposición para el asombro. El punto de partida tiene domicilio en Independencia 402, esquina Capitán Arbo y Blanco, y la propia casa lo describe como una bienvenida en tierra firme, el sitio donde empieza el relato del viajero.
A unos 190 kilómetros de la capital provincial, por rutas asfaltadas que se recorren en poco menos de tres horas, el pueblo conserva el aire de las localidades que nacieron en el siglo XVIII. Fue fundado en 1796 y hoy lo distingue la condición de Poblado Histórico Nacional. Sus casas coloniales de grandes galerías siguen en pie, hechas por constructores que sabían que el calor se vence con sombra y paciencia, y quien se sienta a ordenar una visita descubre una oferta tan amable como curiosa, con recorridos culturales por el casco antiguo, museos de entrada gratuita, un centro de interpretación del Iberá, cabalgatas y paseos en bicicleta. Vecinos que se presentan como Cocineros del Iberá abren sus mesas al visitante, de modo que el almuerzo se parece a una invitación. Quienes lo conocen coinciden en que el pueblo apuesta por el turismo sin haber perdido su atmósfera tranquila, una combinación que cada vez cuesta más encontrar.
Entre esas galerías coloniales y los esteros, una casa antigua de pueblo, con galería propia, aguarda con las puertas abiertas.
Cuatro cuartos y un jardín
La Alondra’i es la segunda casa de los creadores del hotel del mismo nombre en la ciudad de Corrientes, y su biografía anterior da para un inventario. Fue almacén de ramos generales y barraca de cueros, casa de familia y hospedaje, un recorrido de oficios que explica la hondura de sus paredes. La reforma conservó el carácter del edificio y trabajó con materiales nobles, de modo que el resultado se parece menos a una obra nueva que a una casa que despertó de una siesta larga.
La escala es mínima y deliberada. Son cuatro habitaciones con capacidad para diez huéspedes, todas ofrecidas con camas twin o king, y en dos de ellas se puede agregar una cama extra. Los cuartos se abren hacia la galería, y esa disposición tiene algo de arquitectura naval. La galería funciona como la cubierta de un barco anclado en tierra firme, el sitio donde se conversa, se lee, se mira pasar la tarde y se anotan, en la libreta que cada uno lleve, las observaciones del día. Los cuartos hacen de camarotes, silenciosos y frescos, y la casa entera propone una travesía que se mide en horas de sombra.
Un jardín de plantas nativas anticipa la riqueza de los Esteros del Iberá, uno de los humedales más extensos de América Latina. Pasear entre sus hojas funciona como la primera lección de un curso que continuará en el agua, el aprendizaje de los nombres de lo que crece en esta tierra. Un bistró pequeño y exclusivo pone en escena la gastronomía local, y los demás servicios apuntan a que el viajero se concentre en lo esencial, con desayuno incluido, wifi en toda la casa, anfitrión personal, lavandería, traslados y servicio a la habitación. La entrada se habilita desde las dos de la tarde y la salida llega al mediodía. Los niños son bienvenidos, y la casa pide dejar a las mascotas en casa.
La página oficial informa, con orgullo legítimo, que en los comentarios de los huéspedes el servicio, el personal y la limpieza alcanzan el puntaje máximo, y los visitantes que dejaron su opinión en otras plataformas la califican entre lo mejor del pueblo. Varios la destacan como base ideal para quien viaja con binoculares, y otros elogian la hospitalidad personalizada, esa que no se aprende en ningún manual y que depende de que alguien disfrute, de verdad, recibir.
Los viajeros de la Belle Epoque, que llegaban a destino con sus baúles y sus cuadernos, solían registrar las travesías con la solemnidad de los capitanes. Algunos llamaban diario a esas libretas y otros bitácora, pero todos sabían que lo escrito valía menos por el dato que por la memoria que activaba. Una casa como esta presta, sin pedir nada a cambio, un escenario perfecto para esa escritura, porque la galería invita a sentarse, el jardín ofrece qué mirar y el silencio del pueblo deja oír cada pensamiento.
La filosofía del hotel, que se define como refugio de nómades de estos tiempos, encuentra en Concepción su versión más literal. El nómade moderno llega con la cabeza llena de pantallas y el cuerpo cansado de reuniones, y el pueblo lo recibe con una receta antigua, la de ofrecerle, sin discursos, techo, sombra y mesa. Todo lo demás se resuelve solo.
El borde del agua
Cada bitácora necesita un capítulo de aventura, y el de esta se escribe en el Portal Carambola. Es el acceso oeste del Parque Nacional Iberá, a unos 27 kilómetros del pueblo por un camino de ripio y tierra, y combina la belleza del parque nacional con la del parque provincial, la vida silvestre y la cultura de los pobladores. Quienes lo conocen aseguran que se mueve a otro ritmo que los accesos más famosos del humedal. Lo caracteriza una intimidad escasa en estos tiempos, con recorridos en que las historias de los puesteros pesan tanto como la lista de especies.
Las excursiones incluyen caminatas, cabalgatas, kayak y observación de fauna, y existen también paseos en lancha y pesca deportiva a cargo de operadores locales. La más celebrada, la canoa a botador, avanza sobre arroyos de aguas quietas empujada con una vara larga, con el silencio como única maquinaria, y en ciertas travesías son caballos quienes la arrastran. En las orillas aparecen carpinchos que mastican con parsimonia de senadores, yacarés que fingen ser parte del paisaje y aves de plumajes imposibles. Con un poco de suerte asoma el ciervo de los pantanos, el mayor de los ciervos sudamericanos, de patas oscuras hasta la rodilla, como si hubiera vadeado un frasco de tinta. Conviene entrar con un guía local y pasar antes por la oficina de informes del pueblo, donde se consiguen los contactos de los prestadores.
El portal cuenta con un centro de interpretación y con un camping gratuito, provisto de quinchos con parrilla, plataformas para las carpas y duchas con agua caliente. Falta agua potable y falta también proveeduría, de manera que se aconseja llevar agua y comida. A cambio ofrece noches estrelladas de las que ya casi ninguna ciudad conserva, y señal de teléfono tan limitada que el viajero recupera, sin proponérselo, el hábito de mirar hacia arriba.
La rutina que se arma entre el pueblo y el portal se parece a una expedición bien administrada. Por la mañana se parte con el desayuno de la casa en el cuerpo y los binoculares colgando del pecho, se pasa el día entre juncales, lagunas y senderos, y se regresa al atardecer con el cuaderno lleno de notas y la memoria saturada de verde. En la galería esperan una silla, una luz amable y el trato de quien entiende que cada llegada merece su ceremonia. Quienes quieran ampliar el itinerario pueden sumar, a unos 57 kilómetros, el Parque Nacional Mburucuyá.
Aquellas expediciones de 1909 volvían a casa con baúles repletos de especímenes, trofeos y fotografías en placas de vidrio. Quien pasa unos días en Concepción trae una carga distinta, más ligera y más duradera. Cuando abre la libreta de viaje en casa, semanas después, descubre que cada página lleva el compás del pueblo, frases cortas, tardes largas, el nombre de un pájaro anotado con letra de apuro, un croquis de la galería hecho con tres líneas torcidas.
Safari quiere decir viaje, y en este rincón de Corrientes el viaje tiene una forma humilde y exacta, la de una puerta abierta en una esquina de tierra firme, con una libreta esperando sobre la mesa. Todas las bitácoras terminan con una última entrada, y la de esta casa se escribe siempre igual, con la fecha del regreso.
Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello





