LA LITERATURA NUNCA NECESITÓ QUE AUTOR Y PERSONAJE COMPARTIERAN GÉNERO, EDAD O BIOGRAFÍA PARA CONSTRUIR UNA VOZ CONVINCENTE. SIN EMBARGO, RESULTA DIFÍCIL NO DETENERSE ANTE UNA PARADOJA QUE ATRAVIESA BUENA PARTE DE LA NARRATIVA POPULAR: ALGUNAS DE LAS REPRESENTACIONES DEL DESEO FEMENINO QUE ALCANZAN PÚBLICOS MASIVOS NACEN DE LA IMAGINACIÓN DE ESCRITORES VARONES. NO NECESARIAMENTE PORQUE ELLOS LO COMPRENDAN MEJOR NI PORQUE ELLAS HAYAN DEJADO DE CONTARLO, SINO PORQUE ENTRE EXPERIENCIA, IMAGINACIÓN, MERCADO Y LECTURA EXISTE UNA RELACIÓN MUCHO MÁS COMPLEJA DE LO QUE SOLEMOS ADMITIR.
Durante siglos, buena parte de lo que conocimos como “la mujer” en la literatura llegó hasta nosotros escrita por hombres. Ellos imaginaron sus pensamientos, decidieron sus deseos, describieron sus cuerpos y construyeron las razones por las que una mujer amaba, esperaba, traicionaba, sufría o abandonaba. Algunas de esas mujeres ficticias atravesaron los siglos con una fuerza extraordinaria; otras quedaron detenidas en la mirada de una época que apenas les permitía existir fuera de determinadas categorías. Entre unas y otras se construyó una tradición que todavía dialoga con nosotros cada vez que abrimos una novela y alguien intenta responder una pregunta imposible: ¿qué desea realmente otra persona?
La pregunta se vuelve especialmente interesante cuando hablamos del deseo femenino, porque durante mucho tiempo ese deseo fue narrado con restricciones que iban mucho más allá de la literatura. Una mujer podía ser objeto de pasión con mucha mayor facilidad que sujeto de ella. Podía provocar el deseo ajeno, pero expresar el propio tenía consecuencias narrativas, sociales e incluso morales. La literatura aprendió esa gramática y la reprodujo durante generaciones: mujeres deseadas, observadas, disputadas, idealizadas, castigadas; mujeres cuya sensualidad parecía adquirir sentido sobre todo a partir del efecto que producía en quienes las miraban.
Quizás por eso llama la atención que, incluso en una época en la que las mujeres escriben, publican y protagonizan buena parte del consumo editorial, continúen apareciendo grandes éxitos en los que un autor varón decide habitar una sensibilidad femenina y narrar desde allí el amor, el cuerpo, el sexo, la insatisfacción o la búsqueda afectiva. El fenómeno admite lecturas muy distintas y ninguna alcanza, por sí sola, para explicarlo.
La ficción, después de todo, vive precisamente de la posibilidad de imaginar aquello que no somos. Si cada escritor estuviera condenado a narrar únicamente su propia experiencia literal, perderíamos buena parte de aquello que vuelve fascinante a la literatura. Escribir consiste también en cruzar fronteras: intentar comprender una edad que ya no tenemos, una vida que nunca vivimos, una herida que no nos pertenece o una manera de amar diferente de la nuestra. Un hombre puede escribir una gran protagonista femenina del mismo modo que una mujer puede construir una conciencia masculina compleja. La imaginación literaria comienza muchas veces allí donde termina la experiencia personal.
Pero esa libertad no vuelve irrelevante la mirada desde la cual se escribe.
Cuando un hombre narra el deseo de una mujer, no escribe desde un vacío. Lo hace atravesado por todo aquello que ha aprendido sobre las mujeres: lo que observó, lo que amó, lo que escuchó, lo que leyó y también aquello que culturalmente le enseñaron a esperar de ellas. Lo mismo ocurre, por supuesto, en sentido inverso. Ningún escritor entra intacto en la conciencia de un personaje. Siempre lleva consigo una educación sentimental, una memoria, una época y una serie de ideas sobre cómo se supone que sienten los demás.
Ahí aparece una de las zonas más interesantes de esta paradoja. Porque algunas representaciones masculinas del deseo femenino pueden resultar extraordinariamente sensibles y otras parecen revelar, detrás de una primera persona convincente, la persistencia de la mirada masculina sobre el cuerpo de una mujer. Hay protagonistas que desean como personas y otras que parecen desear de la manera en que alguien imagina que deberían hacerlo. La diferencia puede ser sutil, pero como lectora se siente.
A veces aparece en la forma de describir el propio cuerpo. Una mujer se observa a sí misma con una precisión visual que recuerda demasiado a alguien mirándola desde afuera. Conoce el movimiento exacto de sus caderas, la manera en que la tela cae sobre determinada parte de su anatomía, la reacción que produce cuando entra en una habitación. No significa que una mujer no pueda pensar en su propia sensualidad, por supuesto, sino que existe una frontera curiosa entre habitar el cuerpo y contemplarlo permanentemente como objeto de deseo.
Otras veces sucede lo contrario: un escritor consigue alejarse de esa mirada y construir algo reconocible incluso para lectoras cuyas vidas no se parecen en nada a las del personaje. Quizá porque entiende que el deseo femenino, como cualquier deseo humano, difícilmente pueda reducirse al cuerpo. Está atravesado por la imaginación, la memoria, la autoestima, la vergüenza, la fantasía, aquello que creemos merecer y aquello que todavía no nos animamos a pedir.
En mis novelas, por ejemplo, cuando escribo mujeres que aman y desean, intento pensar menos en qué debería sentir una mujer y más en la experiencia particular de ese personaje. Me interesa saber qué ha aprendido acerca del amor, cuáles fueron sus pérdidas, qué parte de sí misma oculta cuando se enamora, qué la atrae de una persona y por qué precisamente esa persona consigue tocar una zona que otras dejaron intacta. Incluso siendo mujer, compartir género con mis protagonistas no me garantiza comprenderlas. Tengo que encontrarlas en la página de la misma manera en que intento encontrar a cualquier personaje.
Tal vez ahí exista una de las confusiones más frecuentes cuando hablamos de quién “puede” contar determinadas experiencias. La identidad del autor aporta una perspectiva, pero no funciona como garantía automática de profundidad. Haber vivido algo puede ofrecernos una intimidad difícil de reproducir desde afuera y, sin embargo, la literatura exige una segunda operación: transformar esa experiencia en lenguaje. Del mismo modo, no haberla vivido obliga a observar, escuchar e imaginar con una atención particular.
La cuestión adquiere otra dimensión cuando entra en juego el mercado editorial. Los bestsellers no nacen solamente de lo que un escritor decide contar; también dependen de qué historias reciben promoción, cuáles llegan a más países, qué nombres obtienen mayores adelantos, quiénes son traducidos, entrevistados y convertidos en acontecimientos culturales. Durante décadas, las estructuras de legitimación literaria favorecieron de manera desigual a autores y autoras, y esa historia necesariamente dejó rastros en nuestro presente.
Sin embargo, reducir el éxito de estas novelas únicamente a una cuestión de privilegios tampoco explicaría por qué millones de lectoras pueden sentirse conmovidas por un personaje femenino escrito por un hombre. Cuando una historia funciona de verdad ocurre algo más íntimo y menos mensurable: una persona encuentra una emoción propia dentro de palabras escritas por alguien que nunca conoció. En ese momento, la biografía del autor puede volverse secundaria frente a la extraña experiencia del reconocimiento.
Quizá el verdadero interrogante no sea si un hombre puede narrar el deseo femenino, porque la literatura lleva siglos demostrando que podemos intentar escribir vidas muy distintas de la nuestra. La pregunta más fértil podría ser qué clase de mujer aparece cuando lo hace y desde dónde está siendo observada.
¿Es una mujer que desea o una mujer diseñada para ser deseable? ¿Su erotismo pertenece a su propia conciencia o existe principalmente en función de la mirada ajena? ¿Puede cambiar de opinión, resultar contradictoria, querer algo que no sea conveniente, sentirse incómoda dentro de su propio deseo? ¿Tiene espacio para una sensualidad que no necesite ser hermosa para resultar legítima?
Son preguntas que también podemos hacerles a las mujeres que escribimos mujeres. Porque haber nacido dentro de un determinado cuerpo no nos libera de los imaginarios culturales que aprendimos sobre él. Una autora también puede reproducir modelos heredados, escribir protagonistas para una mirada externa o confundir emancipación con ciertas formas estandarizadas de libertad. Ninguno de nosotros escribe fuera de la cultura que nos enseñó a amar.
Y quizás por eso me interesa pensar este fenómeno como una paradoja antes que como una disputa.
Ellas lo viven, ellos lo narran, ellas también lo narran, ellos también intentan comprenderlo, y en ese movimiento la literatura continúa haciendo lo que siempre hizo: apropiarse de experiencias imposibles de poseer por completo y convertirlas en historias. A veces acierta con una precisión desconcertante. Otras veces deja ver las costuras de quien mira desde afuera.
Como escritora de romance contemporáneo, me resulta difícil imaginar un género que pudiera sobrevivir si prohibiéramos esa curiosidad por la experiencia ajena. Escribimos precisamente porque nunca terminamos de entender al otro. Intentamos entrar en su silencio, imaginar qué piensa después de cerrar una puerta, descubrir por qué besó a alguien cuando había prometido no hacerlo o por qué fue capaz de marcharse de una persona a la que todavía amaba.
Quizás escribir deseo siempre implique alguna forma de traducción, incluso cuando el cuerpo que narramos se parece al nuestro.
La literatura comienza en ese pequeño fracaso: jamás podremos saber exactamente cómo ama otra persona y, aun así, seguimos intentándolo. A veces quien consigue poner palabras a aquello que una mujer nunca había sabido explicar es otra mujer. A veces, inesperadamente, es un hombre.
Y tal vez lo más interesante no sea preguntarnos quién tenía derecho a escribir esas palabras, sino por qué, cuando finalmente las encontramos, sentimos que alguien estuvo escribiendo sobre nosotros.
Por Melisa Machuca, autora de la novela “Mide el hilo”




