JOHN BUCK O’NEIL NACIÓ EN FLORIDA EN 1911 Y MURIÓ EN KANSAS CITY EN 2006, A LOS 94 AÑOS, SIN SABER TODAVÍA QUE DIECISÉIS AÑOS DESPUÉS, DE MANERA PÓSTUMA, TERMINARÍA ENTRANDO AL SALÓN DE LA FAMA DEL BÉISBOL. ENTRE ESOS DOS AÑOS HAY TODA UNA VIDA DEDICADA A UN DEPORTE QUE, DURANTE LA PRIMERA MITAD DE ESA VIDA, NO LO DEJÓ JUGAR DONDE ÉL QUERÍA, Y QUE, DURANTE LA SEGUNDA MITAD, ÉL SE ENCARGÓ DE QUE NADIE OLVIDARA.
O’Neil llegó a las Ligas Negras como primera base de los Kansas City Monarchs, en una época en la que el béisbol organizado de Estados Unidos llevaba más de sesenta años con un acuerdo informal, nunca firmado pero respetado al pie de la letra, que mantenía a los jugadores afroamericanos fuera de las ligas blancas. La respuesta de las comunidades negras del país, mucho antes de que O’Neil naciera, había sido armar una liga propia, con sus propias estrellas, sus propios dueños y, con el tiempo, su propia economía. El nombre que encabeza esa historia es Andrew Rube Foster, exjugador y dueño de los Chicago American Giants, a quien hoy se reconoce como el padre del béisbol negro organizado. El 13 de febrero de 1920, Foster convocó a ocho propietarios de equipos independientes a una reunión en el Paseo YMCA de Kansas City, uno de los primeros YMCA del país pensados para la comunidad afroamericana, y de ese encuentro nació la Negro National League.
Los Kansas City Monarchs, propiedad de un empresario llamado J.L. Wilkinson, se convirtieron en una de las franquicias más longevas de toda esa historia, activa entre 1920 y 1965, y Wilkinson fue pionero en instalar, alrededor de 1930, un sistema portátil de luces para jugar de noche, mucho antes de que las Grandes Ligas adoptaran la misma idea. Por ese equipo pasaron Satchel Paige, considerado uno de los lanzadores más dominantes que dio este deporte en cualquier liga, y el propio O’Neil, que llegó a ser jugador y manager entre los años treinta y los años cincuenta, y que más tarde se convertiría en el primer coach afroamericano de la historia de las Grandes Ligas, contratado por los Chicago Cubs en 1962.
En 1945, los Brooklyn Dodgers reclutaron de los Monarchs a un jugador llamado Jackie Robinson, que dos años después se transformaría en el primer afroamericano de la era moderna en jugar en las Grandes Ligas. Fue un quiebre histórico para el deporte y para los derechos civiles del país, pero también fue, sin que nadie lo buscara, el principio del fin para las Ligas Negras. Los mejores jugadores empezaron a ser reclutados uno por uno por el béisbol blanco, y el público los siguió. Los últimos equipos cerraron a comienzos de los años sesenta, y O’Neil, que ya no jugaba, pasó las siguientes décadas como scout y luego como narrador incansable de una historia que el resto del país parecía dispuesto a dejar morir con sus protagonistas.
La oficina de un sólo ambiente que se convirtió en museo
No la dejó morir. En 1990, junto al exoutfielder de los Monarchs Alfred Slick Surratt, el archivista Horace Peterson, fundador de los Black Archives of Mid America, y los investigadores Larry Lester y Phil Dixon, O’Neil ayudó a fundar el Negro Leagues Baseball Museum. Abrió al público al año siguiente en una oficina diminuta de un solo ambiente, con algunas fotos colgadas y pocas cajas de objetos donados. Bob Kendrick, hoy presidente de la institución, todavía cuenta que la primera vez que fue a buscar el museo, alguien le señaló esa habitación y le dijo, con total naturalidad, que ya estaba parado adentro.
O’Neil tenía, desde el primer día, una idea clara sobre qué clase de lugar quería construir. No un Salón de la Fama paralelo, sino un museo. Si alguien había sido lo suficientemente bueno, decía, merecía estar reconocido en el verdadero Salón de la Fama de Cooperstown, no en una versión separada armada para consolarlo. En noviembre de 1997, ya bajo su presidencia honoraria, el museo se trasladó a un edificio de veinte millones de dólares en el distrito de 18th y Vine, donde hoy comparte espacio con el American Jazz Museum, y en julio de 2006 el Congreso de los Estados Unidos lo distinguió como el único museo nacional dedicado a esta historia.
El recorrido actual es autoguiado y avanza de manera cronológica, desde el béisbol comunitario del siglo diecinueve hasta la disolución de la última liga en 1962, con fotografías, paneles, proyecciones, una de ellas narrada por el actor James Earl Jones, y una sala de casilleros con uniformes y guantes de uso real, entre ellos los de Josh Gibson, el catcher al que por su poder al bate apodaban el Babe Ruth negro. El final del recorrido es el Field of Legends, trece estatuas de bronce de tamaño real, una por cada uno de los primeros jugadores de Ligas Negras incorporados al Salón de la Fama. Una alambrada separa al visitante de ese campo durante todo el recorrido y solo se abre al final, como si caminar entre esas estatuas fuera un privilegio que hay que ganarse después de conocer la historia completa. Ahí está Satchel Paige lanzando desde el montículo, Cool Papa Bell, de quien se cuenta que era tan rápido que podía apagar la luz de un interruptor y estar en la cama antes de que la habitación quedara oscura, y el propio O’Neil, dirigiendo el equipo desde la posición de manager, tal como lo hizo en la vida real con los Monarchs.
En 2006, ese mismo año en que murió, O’Neil estuvo a un solo voto de entrar al Salón de la Fama. No llegó a verlo. Kendrick, que tuvo que darle la noticia, recuerda que respondió con una frase simple, algo así como así se desmorona la galleta, y enseguida preguntó cuántos colegas sí habían sido elegidos esa vez. Cuando se enteró de que diecisiete, se alegró igual, festejando por ellos. Recién en 2022, dieciséis años después, fue incluido de manera póstuma. Kendrick suele citar el título de la autobiografía de O’Neil para explicar el momento, I Was Right On Time, llegué justo a tiempo. El edificio que hoy funciona como centro educativo del museo, instalado en el restaurado Paseo YMCA, el mismo lugar exacto donde Rube Foster fundó la liga en 1920, lleva desde entonces su nombre.
Visitar el museo, ubicado en 1616 East 18th Street, de martes a sábado de 10 a 17 y los domingos de 12 a 17, con entrada general de 20 dólares para adultos, no es solo recorrer paneles y estatuas. Es entender, de cerca, por qué un jugador al que el béisbol oficial tardó casi un siglo en reconocer del todo, terminó teniendo razón cuando decía que, tarde o temprano, todo llega a tiempo.
Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello





