FRENTE AL AUMENTO DE LOS SUICIDIOS ENTRE JÓVENES, UNA DE LAS PREGUNTAS MÁS IMPORTANTES ES QUÉ PUEDEN HACER FAMILIARES, AMIGOS Y PERSONAS CERCANAS PARA DETECTAR A TIEMPO UNA SITUACIÓN DE RIESGO Y ACOMPAÑAR DE MANERA ADECUADA.
La Organización Mundial de la Salud señala que el entorno puede cumplir un papel clave: reconocer cambios de conducta, habilitar conversaciones sinceras, escuchar sin juzgar y facilitar el acceso a ayuda profesional cuando sea necesario. También desestima uno de los mitos más extendidos: preguntar directamente a una persona si está pensando en suicidarse no “instala” esa idea. Por el contrario, puede abrir un espacio de confianza y hacer que quien atraviesa una crisis se sienta escuchado y comprendido.
Lo primero que puede hacerse es acercarse y preguntar. No hace falta encontrar una frase perfecta ni transformarse en especialista. Muchas veces alcanza con describir lo que uno observa (“te noto más aislado”, “veo que estás durmiendo muy poco”, “me preocupa cómo estás”) y dar lugar a que la persona pueda hablar. Si existe la sospecha de que puede estar pensando en morir, es adecuado preguntarlo de manera directa y serena.
Lo segundo es escuchar y permanecer cerca. Escuchar no significa discutir con lo que la persona siente ni demostrarle rápidamente que “las cosas no son tan malas”. Significa tratar de comprender qué está viviendo, sin juzgar, y mostrarle que no tiene que atravesarlo solo.
Y lo tercero es ayudar a conectarlo con otras personas y con atención profesional. Esto puede implicar acompañarlo a una consulta, llamar juntos a un servicio de salud, convocar a otro familiar o adulto de confianza y, si hay un riesgo inmediato, permanecer con la persona y recurrir a una guardia.
Del otro lado, hay tres actitudes que conviene evitar. No minimizar lo que está sintiendo con frases como “ya se te va a pasar” o “tenés todo para estar bien”. No dar sermones ni discutir intentando convencerlo de que debería sentirse de otra manera. Y no prometer secreto absoluto cuando está en juego su seguridad: si existe un riesgo importante, pedir ayuda y compartir la situación con quienes pueden intervenir es una forma de cuidado.
¿Cuáles son las principales señales de alerta que familiares y amigos deberían aprender a reconocer?
No existe una señal única que permita afirmar que una persona va a intentar suicidarse. Lo importante es observar cambios y combinaciones de señales, particularmente cuando aparecen de manera reciente o se intensifican.
Entre ellas pueden encontrarse el aislamiento, una desesperanza marcada, cambios importantes en el sueño, aumento del consumo de alcohol u otras sustancias, abandono de actividades que antes eran significativas, deterioro brusco del rendimiento escolar o laboral, alejamiento del grupo de amigos, despedidas inusuales o entrega de pertenencias. También merece especial atención que una persona empiece a hablar reiteradamente de la muerte, diga que no encuentra salida o manifieste sentirse una carga para los demás.
Frases como “soy una carga”, “no hay salida”, “sería mejor no estar”, “nadie me va a extrañar”, “no tengo razones para vivir” o “quisiera desaparecer” merecen ser escuchadas y exploradas, aunque aparezcan en medio de una discusión, se digan con aparente ligereza o luego la persona intente restarles importancia.
¿Cómo acercarse a alguien cuando sospechamos que algo no está bien, incluso cuando esa persona responde que “no le pasa nada”?
Una forma útil de acercarse es hablar desde lo que observamos y desde nuestra preocupación, sin acusar ni interpretar. Por ejemplo: “Hace varios días que te noto aislado y me preocupa cómo estás”, “veo que dejaste de hacer cosas que antes disfrutabas” o simplemente “me preocupa verte así y quería saber cómo estás”.
Si la respuesta es “no me pasa nada”, no es necesario forzar inmediatamente una confesión. Podemos dejar claro que estamos disponibles y volver a acercarnos. A veces una persona necesita comprobar primero que quien pregunta realmente está dispuesto a escuchar una respuesta difícil.
¿Cómo se puede preguntar directamente si alguien está pensando en suicidarse y por qué hacerlo no aumenta el riesgo?
Puede preguntarse con palabras simples: “¿Estás pensando en morir?”, “¿Pensaste en suicidarte?” o “Cuando decís que no encontrás salida, ¿estás pensando en hacerte daño o quitarte la vida?”.
Existe un mito persistente según el cual mencionar el suicidio podría “ponerle la idea en la cabeza” a alguien. La evidencia disponible no respalda esa creencia. Tanto la OMS como el NIMH señalan que preguntar directamente no incrementa los pensamientos ni las conductas suicidas; por el contrario, puede disminuir la ansiedad, facilitar que la persona se sienta comprendida y abrir una conversación que quizá hasta ese momento estaba impedida por vergüenza o miedo.
¿Cuándo una situación deja de ser solamente preocupante y requiere buscar ayuda profesional o intervenir de manera urgente?
La consulta profesional no debería reservarse únicamente para cuando el riesgo ya parece extremo. Si existen pensamientos suicidas, un deterioro importante del funcionamiento o un sufrimiento que la persona no logra manejar, es razonable facilitar una evaluación.
La necesidad de actuar con urgencia aumenta especialmente cuando aparece un plan concreto, acceso a un medio para llevarlo adelante, intención de hacerlo próximamente, una tentativa reciente, intoxicación, agitación intensa o una incapacidad evidente para mantenerse a salvo. En esas circunstancias, la persona no debería quedar sola: conviene permanecer con ella, reducir en la medida de lo posible el acceso a medios con los que pueda hacerse daño, convocar a otro adulto responsable y recurrir a una guardia o servicio de emergencia.
Si un amigo o familiar pide que no se le cuente a nadie lo que está sintiendo, ¿cuándo es necesario romper esa confidencialidad para protegerlo?
La confianza es muy importante, pero no debería convertirse en un pacto de secreto cuando existe riesgo para la vida.
Si una persona expresa intención de suicidarse, tiene un plan, dispone de los medios para concretarlo, ha realizado recientemente una tentativa o existen otros elementos que hacen pensar que no puede mantenerse segura, es necesario involucrar a alguien capaz de ayudar: un familiar responsable, un profesional de salud, una guardia o un servicio de emergencia según la situación.
¿Qué significa acompañar concretamente a alguien que está atravesando una crisis?
Acompañar es convertir la preocupación en conductas concretas. Puede significar quedarse físicamente con la persona durante un momento crítico, llamarla nuevamente unas horas
después, ayudarla a conseguir un turno, trasladarla o acompañarla a una guardia, asegurarse de que efectivamente haya entrado en contacto con el servicio o incorporar a familiares y amigos capaces de sostener esa red.
También significa no desaparecer una vez que pasó la urgencia. El período posterior a una crisis o a una tentativa requiere continuidad. Un mensaje, una llamada o una visita pueden parecer gestos pequeños, pero transmiten que el vínculo sigue disponible.
Una idea central
Familiares, amigos, docentes y compañeros no necesitan convertirse en especialistas. Necesitan contar con algunas herramientas básicas: saber reconocer cambios, animarse a preguntar, escuchar sin juzgar, no minimizar expresiones de desesperanza, pedir ayuda cuando corresponde y sostener el vínculo.
En definitiva, preguntar, escuchar y acompañar no reemplazan el tratamiento profesional, pero pueden ser el puente que permita que una persona llegue a él a tiempo.
Rolando Salinas (MN 72241)
Jefe del Instituto de Salud Mental y Medicina Psicosomática del Hospital Alemán
Prof. de Psicología de la Salud y Epidemiología de la UCA





