LA ESCRITORA MEXICANA ELIANA MONTEMAYOR ES ANTE TODO UNA EMPRENDEDORA; DE SU NECESIDAD DE APRENDER Y BUSCAR NUEVAS SALIDAS, NACE SU LIBRO “SOLTAR PARA SANAR”, UNA OBRA QUE ESTÁ TRADUCIDA A MÁS DE VEINTICINCO IDIOMAS Y QUE CONECTA CON PERSONAS DE LAS MÁS DIVERSAS CULTURAS. EN ESTA ENTREVISTA, EXCLUSIVA PARA EL MEDIO DIGITAL NORTEENLINEA.COM.AR, ENTRE OTROS TEMAS, LA AUTORA EXPONE LAS SIMILITUDES QUE PUEDE HABER ENTRE UNA CARGA AFECTIVA Y UNA CARGA LABORAL.
-En medio de tantos estímulos, ¿por qué tu libro Soltar para sanar?
Eliana Montemayor: – Porque vivimos en una época que nos enseñó a acumular demasiado: mensajes sin responder, pendientes, heridas antiguas, capturas de pantalla, expectativas ajenas y, si nos descuidamos, hasta mates fríos al lado de la computadora. Soltar para sanar aparece como una invitación a bajar el volumen. No es una consigna liviana ni una frase bonita para repetir sin pensar… es una forma de preguntarnos qué seguimos sosteniendo por costumbre, por culpa o por miedo.
Creo que muchas veces el alivio empieza cuando dejamos de insistir en historias que ya cumplieron su ciclo. En medio de tanto ruido, este libro propone algo muy simple y a la vez muy difícil: hacer espacio para volver a escucharnos.
-¿Esta obra nace de alguna necesidad tuya o de situaciones externas?
E.M.: – Nace de las dos cosas. Nace de mis propios procesos, porque nadie escribe sobre estos temas desde una vidriera impecable. Una escribe también desde las grietas, desde las preguntas que le hicieron ruido durante mucho tiempo. Recuerdo haber empezado con notas sueltas, frases escritas en el teléfono, ideas que aparecían después de una conversación, de una pérdida o de una noche en la que algo no me dejaba dormir. Al principio no pensaba en un libro… pensaba en entender.
Pero también nació de escuchar a muchas personas atravesando dolores muy parecidos con nombres distintos: vínculos, duelos, exigencias, mandatos, miedo al cambio. Me di cuenta de que a veces no sufrimos solo por lo que pasó, sino por seguir viviendo desde una versión de nosotros que ya no tiene lugar en el presente.
El libro nace de esa necesidad: ponerle palabras al momento en que entendemos que soltar no siempre es perder; a veces es regresar a uno mismo.
-¿Somos más libres cuando soltamos?
E.M.: – Sí, pero no hablo de una libertad de película, de alguien caminando en cámara lenta por la playa después de tomar una gran decisión. Hablo de una libertad más cotidiana: poder respirar sin pedirle permiso al pasado.
Dejar ir no significa que nada haya importado. Significa que aquello que fue importante deja de dirigirnos la vida. Somos más libres cuando podemos mirar una historia sin quedarnos atrapados en ella, cuando dejamos de reaccionar desde la herida y empezamos a elegir con más conciencia. La libertad no llega con un portazo. Llega en voz baja, cuando una persona se dice: “Ya no puedo seguir cargando esto”.
-Vida afectiva, vida laboral. ¿Cuáles son las cargas más comunes en ambos sentidos?
E.M.: – En la vida afectiva pesa mucho la necesidad de ser elegidos, el miedo al abandono, la culpa por poner límites y esa idea tan instalada de que amar es aguantarlo todo. Pero amar no debería confundirse con resistir hasta romperse. En la vida laboral aparece otra exigencia: producir sin parar, demostrar valor todo el tiempo, estar disponibles incluso cuando el cuerpo ya pidió pausa. Hemos normalizado frases como “estoy a mil” o “no me da la vida”, como si el cansancio fuera una medalla. En ambos mundos hay una raíz parecida: creer que valemos por lo que damos, resolvemos o soportamos. Y ahí el aprendizaje es profundo: amar, trabajar y vivir no deberían exigirnos desaparecer.
-Soltar para sanar ha llegado a muchas culturas. ¿Cuáles dirías que son las cargas más frecuentes en culturas radicalmente diferentes?
E.M.: – Cambian los idiomas, los rituales y las formas de nombrar el dolor, pero hay experiencias muy humanas que se repiten: la culpa, el miedo a decepcionar, la necesidad de pertenecer, la dificultad para cerrar ciclos y la vergüenza de mostrarnos vulnerables. En algunas culturas pesa más la familia… en otras, el éxito individual… en otras, el deber espiritual, social o comunitario. Pero cuando una persona habla desde un lugar honesto, el cuerpo cuenta algo muy parecido: el nudo en la garganta, el cansancio, la ansiedad, el silencio. Me ha conmovido escuchar a lectores de lugares distintos decir: “Esto también me pasa a mí”. Ahí una entiende que sanar tiene acentos distintos, pero un idioma común. Todos, de alguna manera, queremos dejar de pelear con lo que fuimos para vivir mejor con lo que somos.
-¿El escepticismo es una carga?
E.M.: – Puede serlo cuando deja de ser pensamiento crítico y se convierte en armadura. Dudar es sano, nos protege de creer cualquier frase envuelta en velas aromáticas y música suave. El problema aparece cuando el escepticismo ya no pregunta, sino que cancela todo antes de permitirnos sentir. Detrás de un “yo no creo en nada” no hay tanta dureza como miedo: miedo a ilusionarse, a confiar, a volver a salir heridos. No creo que haya que vivir con ingenuidad. Sanar también requiere criterio, discernimiento, incluso desconfianza cuando hace falta. Pero una mente completamente cerrada también pesa. Tal vez necesitamos dejar una pequeña rendija abierta para que algo verdadero pueda tocarnos.
-¿Y la apatía?
E.M.: – La apatía también puede volverse una carga, aunque se disfrace de “no me importa nada”. Muchas veces no es falta de sensibilidad, sino exceso de cansancio emocional. Es como si el alma entrara en modo ahorro de energía. Después de mucho dolor, frustración o decepción, una parte nuestra baja la persiana para sobrevivir. Y eso, en algún momento, puede haber sido necesario. El problema es cuando esa persiana queda cerrada demasiado tiempo y ya no entra luz. Salir de la apatía no significa obligarse a estar feliz ni ponerse una sonrisa de catálogo. Ese regreso puede empezar con algo mínimo: contestar un mensaje, salir a caminar, cocinar algo sencillo, volver a sentir curiosidad por una cosa pequeña. La vida no siempre vuelve de golpe. A veces regresa en gestos muy simples.
-¿Cada vez creemos menos en las palabras?
E.M.: – Creo que no creemos menos en las palabras… creemos menos en las palabras vacías. Estamos saturados de discursos, promesas, frases motivacionales y títulos que gritan “cambia tu vida en tres pasos”, como si sanar fuera armar un mueble con instrucciones.
Por eso la palabra tiene que recuperar honestidad. No necesita gritar para ser poderosa. Una palabra verdadera acompaña, ordena, abre una puerta.
En este libro me interesaba no usar el lenguaje para decorar el dolor, sino para atravesarlo. Hay frases que no resuelven una vida, claro, pero pueden nombrar algo que veníamos sintiendo en silencio. Y cuando una palabra logra nombrarnos, algo descansa. Creo que por eso seguimos necesitando libros. No porque tengan todas las respuestas, sino porque nos ayudan a formular mejor nuestras preguntas.
-Si alguien te dijera que no tiene tiempo de leer tu libro, ¿tú qué le dirías?
E.M.: – Le diría que no lo lea como quien rinde un examen. Que lo lea como quien se toma un vaso de agua. No hace falta devorarlo ni terminarlo en dos días. Una página leída en el momento justo puede acompañar más que diez capítulos leídos con prisa.
Soltar para sanar no compite con la agenda de nadie, busca entrar en la vida real: en una pausa antes de dormir, en un viaje, entre pendientes, en esos minutos en los que una persona por fin se queda a solas consigo misma. Y si alguien realmente siente que no tiene tiempo para leer, quizá la pregunta empieza ahí: ¿qué lugar estoy dejando para mí en mi propia vida? No lo diría como reproche, sino como una invitación. No siempre necesitamos más tiempo, necesitamos recuperar un poco de presencia dentro del tiempo que ya tenemos.





