EN EL MARCO DEL DÍA MUNDIAL DE LA ESQUIZOFRENIA, QUE SE CONMEMORA CADA 24 DE MAYO, ESPECIALISTAS REMARCAN LA NECESIDAD DE PROMOVER UNA MIRADA MÁS HUMANA E INTEGRAL SOBRE ESTA CONDICIÓN DE SALUD MENTAL, ENTENDIENDO QUE EL ACOMPAÑAMIENTO, LA CONTINUIDAD DEL CUIDADO Y LA INCLUSIÓN SOCIAL TAMBIÉN FORMAN PARTE DEL TRATAMIENTO.
Aunque la esquizofrenia afecta a millones de personas en el mundo, la conversación pública sobre esta condición todavía suele quedar reducida al diagnóstico, los síntomas o las crisis. Sin embargo, expertos en salud mental advierten que uno de los principales desafíos hoy no es solo clínico, sino también social: cómo construir condiciones que permitan a las personas sostener vínculos, acceder a tratamiento y desarrollar una vida con mayor bienestar y autonomía.
Según la Organización Mundial de la Salud, alrededor de 24 millones de personas viven con esquizofrenia en el mundo y la prevalencia global alcanza aproximadamente al 1% de la población a lo largo de la vida. Además del impacto clínico, muchas personas enfrentan barreras vinculadas al estigma, la discriminación y la dificultad para acceder de manera sostenida a atención en salud mental.
La esquizofrenia es un trastorno mental crónico que puede afectar la percepción de la realidad, el pensamiento, las emociones y la conducta. Generalmente aparece entre la adolescencia tardía y el inicio de la adultez, una etapa clave para el desarrollo personal, educativo y social. Por eso, el impacto puede extenderse mucho más allá del ámbito médico.
Distintos estudios internacionales muestran que cerca del 40% de las personas con esquizofrenia no recibe atención en salud mental durante un año determinado y que entre el 50% y el 92% puede experimentar recaídas a lo largo de la enfermedad. A esto se suma que hasta un 60% de las personas presenta dificultades para sostener la adherencia a tratamientos orales diarios, un factor asociado a mayor riesgo de recaídas, internaciones y deterioro funcional.
Además, las personas con enfermedades mentales graves pueden tener una expectativa de vida entre 15 y 20 años menor que la población general, muchas veces por barreras en el acceso al sistema de salud y por el impacto acumulativo de la exclusión social y la discontinuidad del cuidado.
En este contexto, especialistas destacan la importancia de abandonar miradas centradas exclusivamente en el control de síntomas para avanzar hacia modelos de atención que contemplen a la persona de manera integral.
“Hoy sabemos que el bienestar de una persona con esquizofrenia no depende únicamente del tratamiento farmacológico. La estabilidad también se construye a través de redes de apoyo, acompañamiento familiar, acceso al sistema de salud y entornos donde la persona pueda sostener rutinas, vínculos y participación social. Cuando existe continuidad en el cuidado y acompañamiento adecuado, muchas personas pueden desarrollar proyectos de vida, estudiar, trabajar y lograr una mayor autonomía”, explicó Johanna Fair (MN 136309)., Directora Médica de Teva Argentina.
La evidencia también muestra que el acompañamiento social y familiar mejora significativamente la adherencia al tratamiento y favorece mejores resultados a largo plazo. Asimismo, organismos internacionales sostienen que muchas personas con esquizofrenia pueden reinsertarse social y laboralmente cuando cuentan con programas de rehabilitación psicosocial y dispositivos de apoyo comunitario adecuados.
Aun así, el estigma sigue siendo una de las barreras menos visibles y más persistentes. Los prejuicios asociados a la enfermedad pueden generar aislamiento, dificultar la consulta temprana y limitar oportunidades de integración social, educativa y laboral.
Por lo tanto, promover información basada en evidencia y conversaciones más empáticas sobre salud mental es clave para favorecer una sociedad más inclusiva y mejorar la calidad de vida de quienes conviven con esta condición.





