LA CASA AÚN RESPIRA, PERO DE COSTADO,
COMO UN CUERPO QUE SE DESPLOMA LENTAMENTE EN LA MEMORIA.
LAS PAREDES SUSURRAN EN TONOS DE CENIZA,
UN ECO ROTO DONDE NADIE QUIERE MIRAR.
El patio, un naufragio de hojas y de ausencia,
esconde el lamento afilado de las alas.
Los gallos, guardianes de un sol que ya no nace,
clavan sus ojos en la luna desierta,
esperando una señal que nunca llega.
Música irrumpe, rompe el velo,
entra sin pedir permiso,
como un pájaro de metal que grita en jaulas ajenas.
Las risas suben por las grietas del piso,
burlando el peso de una tumba sin flores.
El canto del gallo corta la medianoche,
hace sangrar la tierra con su filo.
Allí, bajo un cielo de estrellas desteñidas,
está su madre,
con un rostro que es piedra y un alma que es agua,
mirando los huesos de un pasado que ya no la oye.
Él vive allí, en las plumas que tiemblan al viento,
en el eco de los pasos que no han vuelto,
en las brasas que parpadean tras las sombras.
Pero ellos no lo sienten.
Ni el llanto detenido,
ni la espina enterrada,
ni la memoria atrapada en el barro de sus botas.
Casi dos años y el reloj se burla,
mide el tiempo con agujas de hielo.
El gallo canta por última vez al amanecer.
El círculo se cierra.
Y la casa, de pie pero herida,
se inclina sobre sí misma,
consumiendo lo poco que queda.
José Luis Troconis Barazarte (Naguanagua, Venezuela)





