Norte en Línea - UNIR

Hace un siglo nuestros mayores disfrutaban de una Argentina ilusionada, plena de promesas, apetente de grandeza colectiva y ascenso social individual. Estaba en auge su clase media y ya gozaba de las bondades de la ley 1420 de educación universal gratuita y obligatoria, promovida por Roca, en la ruta trazada por su antecesor Sarmiento.

Nuestra patria se forjó con el anhelo central de ser un país libre. La libertad que cantamos en nuestro Himno, repitiéndola tres veces, es un grandioso valor. No es la libertad únicamente del país, sino la de todos sus habitantes. Y no es una libertad acotada a los derechos individuales y políticos. Es una integralidad que incluye la libertad de trabajar, hacer negocios lícitos, prosperar materialmente. Es la libertad de nuestro espíritu y también es la que garantiza nuestro hacer y obrar.

Llegó la hora de una decisión crucial. En algún momento pasado la dirigencia política optó por la dádiva en vez de apostar a crear trabajo. Cuentan que una vez un ciudadano se acercó a Perón quien visitaba la Catedral de La Plata, en los inicios de su gobierno El presidente le preguntó qué necesitaba.

Es una paradoja que genera perplejidad. En la Argentina el llamado ‘progresismo’ es ingénitamente retrógrado. Practica con fruición el regresismo y sobre todo la más férrea oposición a los cambios.

En el debate político se la margina porque supuestamente es una abstracción. Se estima que la población está demasiado agobiada por diversas incertidumbres ‘tangibles’ como el bolsillo magro, la escasez de trabajo, la azotante inseguridad y ahora el virus como para que la política se ocupe de esta trascendente cuestión de la inseguridad jurídica ¡Qué va!

Es tan evidente que el sentido común induce a reconocer con naturalidad al mérito como una virtud que llama la atención que el primer mandatario lo haya denostado tres veces en diez días. Sufrimos una larga crisis decadente. Nadie la discute porque la experimentamos.

¿Tenemos arreglo?

El pesimismo es el óxido corrosivo social por antonomasia. La Argentina hace décadas que se caracteriza por quejosa. Que existen sobrados motivos es indudable. Y que se presentan abundantes razones para ser un poco más entusiastas también.

Poco interesa historiar al centralismo, entre otros motivos porque todos los argentinos sabemos que su data es antiquísima.

El Partido UNIR Argentina repudia y condena este nuevo intento de la narcodictadura de Nicolás Maduro Moros de seguir usurpando el poder en la República Bolivariana de Venezuela.

El presidente dijo que “tiene un plan, pero es secreto”. Triplemente inédito. El carácter arcano, la ausencia de planificación – tan cara al fundador del justicialismo, más allá de su real efectividad – y el prematuro desgaste – que despilfarra ese tiempo de ‘oro’ que son los primeros cien días de gobierno- del flamante jefe del Estado.