Sin esperar nada a cambio

Sin esperar nada a cambio
29 Ago
2019

Las personas que siempre quieren ocupar los primeros puestos resultan repelentes. Van por la vida dando codazos y pisotones.

La soberbia es el peor de los pecados. Es el pecado que convirtió a los ángeles en demonios. Por otra parte la humildad hace agradables a las personas. La persona humilde es apreciada por todo el mundo.


Pero tengamos en cuenta que la humildad es la verdad. No es humilde el que piensa que no sirve para nada. Sino el que reconoce con verdad sus cualidades y sus defectos.


Hay que agradecer a Dios las cualidades que nos ha dado; a no creernos más de lo que somos. Y también reconocer nuestras limitaciones y defectos, porque el no reconocerlo es una ingratitud a Dios.


Es curioso que, con frecuencia, que reconozcamos que tenemos tal o cual limitación; pero si alguien nos lo dice, nos sentimos dolidos. El humilde acepta con gusto los defectos que otra persona le señala, si se trata de una persona bien informada y que quiere ayudarnos.


El humilde también valora a los demás. Se alegra de las cualidades que tienen. No siente envidia de los que son superiores.


¿Es posible vivir de manera desinteresada? ¿Se puede amar sin esperar nada a cambio? Estamos tan lejos del Espíritu de Jesús que, a veces, hasta la amistad y el amor familiar están mediatizados por el interés.


No hemos de engañarnos. El camino de la gratuidad es casi siempre duro y difícil. Es necesario aprender cosas como éstas: dar sin esperar mucho, perdonar sin apenas exigir, ser más pacientes con las personas poco agradables, ayudar pensando sólo en el bien del otro. ¿Hay algo más legítimo y natural que estrechar lazos con las personas que nos quieren bien?


Siempre es posible recortar un poco nuestros intereses, renunciar de vez en cuando a pequeñas ventajas, poner alegría en la vida del que vive necesitado, regalar algo de nuestro tiempo sin reservarlo siempre para nosotros, colaborar en pequeños servicios gratuitos.


Por: Claudio Valerio

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